Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #16: LO QUE SE DICE AL AMANECER.
Cuando Dorius volvió a la casa de acogida, el sol ya estaba arriba.
Entró por la ventana de su habitación justo cuando escuchó los primeros ruidos del despertar de los niños. Se transformó rápidamente, se puso la ropa del día anterior y bajó a la cocina con el corazón latiendo aún un poco acelerado.
Sonia estaba sola, preparando el desayuno. Los niños aún no habían bajado.
—Buenos días —dijo ella, sin mirarlo.
—Buenos días.
El silencio se instaló entre ellos. Sonia puso dos tazas de café en la mesa y se sentó. Dorius hizo lo mismo.
—¿Quieres hablar de anoche? —preguntó ella.
—No sé.
—Está bien. Podemos no hablar. Pero quiero que sepas una cosa.
Dorius la miró.
—Lo de anoche no fue un anuncio cualquiera. Fue importante para los niños. Para mí. Y tú saliste corriendo.
—Lo sé.
—No te estoy reclamando. Solo quiero entender.
Dorius bajó la vista a su taza.
—No sé qué sentí —dijo—. Algo raro. Como si me quedara fuera.
—¿Fuera de qué?
—De la familia. De lo que van a tener ellos. Un apellido. Una madre de verdad. Un lugar fijo.
Sonia lo miró con atención.
—¿Tú crees que no tienes eso?
—No lo sé. Tengo esto. Esta casa. A ti. Pero no es lo mismo. No es legal.
—¿Y eso te importa?
Dorius tardó en responder.
—No debería. Pero sí. Un poco.
Sonia asintió lentamente.
—Puedo entenderlo. Los papeles dan seguridad. Dicen que perteneces. Pero, Dorius, los papeles no crean el cariño. Lo certifican después.
—Lo sé.
—Tú llevas aquí tres años. Has visto llegar e irse a otros chicos. Has ayudado a criar a esos niños. Les has enseñado a leer, a no tener miedo, a confiar. Eso no lo hace un papel. Eso lo haces tú.
Dorius sintió un nudo en la garganta.
—Cuando llegaste —continuó Sonia—, tenías catorce años y mirabas como si el mundo te debiera algo pero no fueras a reclamarlo. Y aprendiste a quedarte. A confiar. A querer. Los pequeños lo tienen fácil porque te tienen a ti. Porque tú les enseñaste que aquí se puede ser feliz.
—Sonia...
—Déjame terminar. Esto es importante.
Hizo una pausa.
—Cuando adoptemos a los niños, legalmente, tú seguirás siendo Dorius Isolde. Seguirás en acogimiento hasta los dieciocho. Pero quiero que entiendas una cosa: para mí no hay diferencia. Entre ellos y tú. Eres mi hijo desde el día que llegaste. Los papeles no cambian eso.
Dorius parpadeó. Sentía los ojos húmedos.
—¿Y cuando cumpla dieciocho?
—Entonces el acogimiento termina legalmente. Pero esta casa seguirá siendo tu casa. Yo seguiré siendo yo. Tú seguirás siendo tú. Nada cambia.
—¿Y si quiero irme?
—Entonces te irás. Y volverás cuando quieras. Y esta será siempre tu casa.
Dorius tragó saliva.
—Sonia —dijo, con la voz rara.
—Dime.
—¿De verdad crees que puedo ser parte de esto? ¿De una familia?
Sonia sonrió. Esa sonrisa cansada pero cálida que él conocía tan bien.
—Tonto —dijo—. Ya lo eres. Desde hace tres años.
Se levantó y lo abrazó. Dorius se quedó rígido un segundo. Luego, despacio, apoyó la cabeza en su hombro.
Arriba, se escucharon los primeros pasos de los niños bajando.
—Dorius —dijo Sonia en voz baja—. Una cosa más.
—¿Qué?
—Si algún día quieres el papel, si algún día quieres que sea legal, existe la adopción de mayores de edad. Cuando tengas dieciocho, si quieres, podemos hacerlo.
Dorius levantó la cabeza.
—¿Se puede?
—Sí. Si hemos vivido juntos todo este tiempo, sí. No es lo mismo que adoptar a un niño pequeño, pero se puede. Si tú quieres.
Dorius la miró. Por un momento, no supo qué decir.
—No hace falta que decidas ahora. Pero quiero que sepas que la opción está. Que para mí no hay prisa. Que vas a ser mi hijo de una forma o de otra, con papeles o sin ellos.
—Sonia...
—Ya. Ya sé. No soy tu madre. Pero podría serlo. Si tú quieres.
Los niños irrumpieron en la cocina como un huracán. Lucas con Pipo, Martina quejándose de algo, Tomás pidiendo desayuno, Sofía intentando poner orden.
Dorius se apartó, se secó los ojos disimuladamente y ayudó a servir la leche.
Pero durante todo el desayuno, las palabras de Sonia resonaron en su cabeza.
"Podría serlo. Si tú quieres."
Y por primera vez en mucho tiempo, Dorius pensó que quizá, solo quizá, merecía tener algo así.
Esa tarde, en el instituto, Elena lo notó diferente.
—Pasa algo —dijo, nada más verlo en el recreo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque tienes cara de haber llorado. Pero no de tristeza. De otra cosa.
Dorius dudó un momento. Luego, sin saber muy bien por qué, le contó.
Le contó lo de Sonia. Lo de la adopción. Lo de los niños. Lo de su conversación de esa mañana.
Elena escuchó sin interrumpir.
—Qué suerte tienes —dijo cuando terminó.
—¿Suerte?
—Sí. Tener a alguien que te quiere así. Que te dice que puedes ser su hijo si quieres. Eso no lo tiene todo el mundo.
Dorius lo pensó.
—Supongo que sí.
—No supongas. Es así. Yo cambiaría muchas cosas por tener a alguien así.
Dorius la miró.
—¿Tú no tienes a tu madre?
—Sí, la tengo. Y la quiero. Pero no es lo mismo. Siempre estamos mudándonos. Siempre empezando de cero. No hay... no hay esa sensación de hogar.
Se hizo un silencio.
—Bueno —dijo Elena, sonriendo—. Por eso tengo vecinos como ustedes. Y un amigo que me escucha.
—Y yo.
—Y tú.
El timbre sonó. Volvieron a clase.
Pero esa noche, cuando Dorius volvió a casa y vio la luz encendida en la ventana de Elena, pensó en lo que había dicho.
Suerte.
Quizá sí la tenía.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻