Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: Donde Empieza a Importar
El problema no fue el beso.
El problema fue lo que vino después.
Porque besar al duque en un pasillo es imprudente.
Pero que el duque te mire durante toda una reunión como si estuviera conteniendo algo… es peligroso.
La segunda reunión del día fue más larga.
Más técnica.
Más aburrida.
Y aun así, cada vez que hablaba, sentía su atención sobre mí. No invasiva. No posesiva.
Concentrada.
Como si estuviera evaluando algo nuevo.
Cuando finalmente terminó, salimos sin decir nada.
Caminamos en silencio por el ala oeste.
El silencio no era incómodo.
Era… denso.
—Estás demasiado callado —comenté al fin.
—Estoy pensando.
—Eso nunca me tranquiliza.
Una esquina de su boca se movió apenas.
—Estoy reconsiderando ciertas decisiones.
Me detuve.
—Eso suena alarmante.
Se giró hacia mí.
—No estoy reconsiderándote.
Mi respiración se aflojó apenas.
—Bien. Porque iba a empezar a dramatizar.
—Lo imagino.
Continuamos caminando.
—Estoy reconsiderando cómo manejar esto —añadió.
—¿Esto?
Su mirada bajó apenas a mi mano, que rozaba la suya mientras avanzábamos.
No me aparté.
—No quiero que se convierta en un punto vulnerable.
—No lo es.
—Todo lo que importa puede serlo.
Silencio.
Ahí estaba otra vez.
No miedo a sentir.
Miedo a perder.
Me apoyé contra una de las columnas del corredor.
—Cassian.
Se detuvo frente a mí.
—No soy algo que puedan arrancarte.
—No lo permitiría.
—No puedes controlar todo.
—Lo sé.
Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa.
—¿Lo sabes?
—Sí.
Su voz fue tranquila.
Demasiado tranquila.
—Y eso es precisamente lo que me incomoda.
No era arrogancia.
Era honestidad.
—Siempre has controlado el tablero —murmuré.
—Y ahora no puedo controlar cómo reacciono cuando te atacan.
Mi pecho se tensó un poco.
—No me atacaron.
—Lo insinuaron.
—Eso no es lo mismo.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Para mí sí lo es.
Silencio.
Me acerqué un paso.
—Entonces aprende a diferenciarlo.
—¿Cómo?
—Confiando en que puedo sostenerme.
Me miró largo.
No como duque.
Como hombre.
—No quiero que tengas que hacerlo solo.
—No lo hago solo.
Mi mano subió y tomó la suya esta vez.
Con decisión.
No tímido.
No juguetón.
—Estoy contigo.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
Firme.
—Eso es exactamente lo que cambia todo.
El aire se volvió más suave.
Más íntimo.
—¿Te arrepientes de haber empezado esto? —pregunté sin rodeos.
No dudó.
—No.
—¿Ni un poco?
—No.
—¿Aunque complique tu posición?
—Mi posición ya era complicada.
—Pero ahora…
—Ahora tiene sentido.
Eso me dejó sin respuesta un segundo.
—¿Sentido?
—Sí.
Se acercó un poco más.
—Antes protegía el imperio porque era mi deber.
—¿Y ahora?
—Ahora también te protejo a ti.
No era declaración grandiosa.
No era posesiva.
Era… directa.
Y eso la hizo más intensa.
—No necesito que me protejas todo el tiempo —murmuré.
—Lo sé.
—Entonces no cargues solo con eso.
Silencio.
Sus dedos subieron lentamente hasta mi muñeca.
No fuerte.
Solo presente.
—No sé hacer esto a medias.
—No te estoy pidiendo que lo hagas a medias.
—Entonces estás pidiendo que lo haga completo.
Lo miré sin sonreír.
Sin ironía.
—Sí.
Un segundo largo.
Luego su frente rozó la mía apenas.
—Eres consciente de que eso me cambia.
—Eso espero.
Una pequeña exhalación, casi risa.
—Eres peligroso.
—Solo contigo.
Su pulgar trazó una línea lenta por mi muñeca.
—No me gusta que el consejo vea esto como debilidad.
—Que lo intenten.
—Hablas con demasiada ligereza.
—No.
Lo miré fijo.
—Hablo con confianza.
Silencio.
—En ti.
Eso lo dejó quieto un instante.
Su respiración se volvió más profunda.
—No estoy acostumbrado a que confíen en mí sin condiciones.
—Entonces acostúmbrate.
—Eso no es fácil.
—Nada contigo lo es.
Sus labios se curvaron apenas.
—Y aun así sigues aquí.
—Porque quiero estar.
Y ahí cambió algo.
No fue explosivo.
No fue dramático.
Fue sutil.
Su mano subió hasta mi mejilla.
No como posesión.
Como confirmación.
—No te voy a soltar —dijo en voz baja.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Ni siquiera si intentan usar esto contra mí.
—Entonces no dejes que lo usen.
Silencio.
—Eso depende de ti también.
Asentí.
—Lo sé.
Nos quedamos así un momento.
Sin movimiento.
Sin palabras.
Solo cercanía.
No había urgencia.
No había tensión teatral.
Había algo más sólido.
Más estable.
Más peligroso.
—Estás pensando demasiado otra vez —murmuré.
—Siempre pienso demasiado.
—Conmigo no necesitas hacerlo.
—Eso es exactamente lo que me asusta.
Sonreí apenas.
—No deberías tenerle miedo a algo que elegiste.
Sus ojos descendieron.
—No le tengo miedo.
—Entonces deja de actuar como si pudieras perderlo en cualquier momento.
Su mano bajó lentamente hasta mi cintura.
—No quiero perderte.
—No lo harás por sentir.
Silencio.
—Solo lo perderías si dejas que el miedo decida.
Eso sí lo hizo respirar más hondo.
—No suelo dejar que el miedo decida.
—Entonces no empieces ahora.
Sus dedos se tensaron apenas.
—No lo haré.
Lo besé.
No para provocarlo.
No para desafiarlo.
Solo porque quería.
Fue breve.
Suave.
Cuando me separé, su expresión ya no estaba dividida.
No había cálculo.
No había duda.
Solo decisión.
—Esto ya no es un juego —dijo.
—Nunca lo fue para mí.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Lo sé.
Y en ese momento entendí algo.
El consejo podía insinuar.
Ivar podía sonreír.
El imperio podía intentar medir cada gesto.
Pero lo que estaba creciendo entre nosotros ya no era una grieta explotable.
Era una elección compartida.
Y eso…
Eso no se rompe con rumores.
Se rompe con miedo.
Y ninguno de los dos pensaba dejar que el miedo decidiera.
No esta vez.