Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 3: Miradas que desnudan el alma
Mi cumpleaños llegó sin grandes despliegues. A solo unas semanas de mis exámenes finales y con una guardia médica programada para el día siguiente, opté por una reunión íntima en casa. Hubo pastel, risas y la compañía de mis dos mejores amigas, mi cuñado y, por supuesto, Verónica. Fue una noche cargada de un afecto genuino que me hizo olvidar, por unas horas, la presión del hospital. Como es natural hoy en día, las fotos del festejo terminaron en Instagram, etiquetadas y compartidas por mis invitados.
A las seis de la mañana del día siguiente, mientras caminaba hacia el hospital bajo la luz gris del amanecer, la pantalla de mi teléfono se iluminó con una notificación que me detuvo en seco:
Ricardo Videla quiere ser tu amigo.
Mensaje nuevo: "Hola, doctora. Quiero desearte un feliz cumpleaños. Espero que hayas pasado un día increíble".
Mi mente se quedó en blanco. No era solo el mensaje; era la confirmación de que esa "corriente eléctrica" de la parrillada no había sido producto de mi imaginación. ¿Era simplemente un hombre extremadamente social o había sentido lo mismo que yo? Mis principios eran claros y los márgenes de su vida familiar eran una línea roja que no pensaba cruzar. Sin embargo, la cortesía se impuso.
"Muchas gracias", respondí secamente, antes de aceptar su solicitud.
Más tarde, en un respiro entre pacientes, me refugié en la cafetería con Roxana, mi mejor amiga y confidente. Necesitaba sacar de mi sistema la extraña vibración que ese mensaje me había provocado.
—Amiga, no seas ingenua —me soltó Roxana tras escuchar mi relato—. Si un hombre como él te escribe de la nada, es porque busca algo. Pero no olvides el "detalle": tiene familia. No te metas en ese laberinto.
—¡Estás loca! Eso no va a ocurrir —protesté, aunque mi voz carecía de la firmeza habitual—. Solo necesitaba contárselo a alguien. Cuando lo conocí, sentí algo... una descarga que nunca había experimentado. No sé cómo describirlo.
—Lo que yo digo es que, si das pie a lo más mínimo, estarás iniciando un error —sentenció ella con gravedad—. Y tú, con lo poco que has vivido en el amor, no mereces ser "la otra".
Tenía razón. El tema quedó zanjado, o eso creía yo. Pero Ricardo no parecía conocer la palabra "rendición". Durante las dos semanas siguientes, su presencia en mi teléfono se volvió una constante. Escribía a diario para preguntarme cómo estaba, qué había hecho o simplemente para dejar constancia de que pensaba en mí. Mis respuestas eran breves, casi gélidas, intentando cortar cualquier hilo de conversación, pero él ignoraba mi frialdad.
Incluso después de un "no" rotundo a una invitación a almorzar, el asedio cambió de forma. Un mediodía, recibí en el hospital un envío de un restaurante exclusivo: un plato de pasta boloñesa humeante, acompañado de un ramillete de flores frescas y una caja de chocolates. No había tarjeta ni firma. No hacía falta. Me pregunté cómo diablos sabía dónde trabajaba exactamente, pero supuse que, para alguien con su poder y recursos, encontrar a una estudiante de medicina no era un reto. Me mantuve al margen, guardando los detalles en el fondo de mi casillero, sintiendo cómo mis muros empezaban a agrietarse ante tanta persistencia.
Al llegar el sábado, la tensión se trasladó de mi teléfono a mi casa.
—Acompáñame a donde Damián y luego vamos de compras —me pidió Verónica mientras se retocaba el maquillaje.
—Prefiero no ir, Vero. Te vas a demorar con él y no quiero ser el mal tercio. Tengo mucho que estudiar.
—Te juro que será un momento, no te dejaremos sola —insistió.
—No quiero ir. Ve tú y te alcanzo después para las compras.
La negativa desató una tormenta inesperada. Verónica, cuya extroversión a veces mutaba en una intensidad hiriente, estalló.
—¡Definitivamente nunca puedo contar contigo! —gritó, y sus palabras cayeron como cuchillas—. Prefieres a todo el mundo antes que a tu hermana. Te pido una tontería y nunca puedes. ¡No sé para qué existe una hermana así!
Me quedé callada, sintiendo cómo sus reproches me destrozaban por dentro. Verónica siempre sabía qué fibras tocar para hacerme sentir culpable. Al final, decidió no salir, y el ambiente en el apartamento se volvió irrespirable. Su mirada de desprecio me fusilaba desde el otro lado de la sala. En ese momento, atrapada entre el acoso silencioso de un hombre prohibido y la furia de mi única familia, solo sentí ganas de salir corriendo hacia cualquier lugar donde no tuviera que ser la "buena hermana" ni la "doctora perfecta".
Mi cumpleaños llegó sin grandes despliegues. A solo unas semanas de mis exámenes finales y con una guardia médica programada para el día siguiente, opté por una reunión íntima en casa. Hubo pastel, risas y la compañía de mis dos mejores amigas, mi cuñado y, por supuesto, Verónica. Fue una noche cargada de un afecto genuino que me hizo olvidar, por unas horas, la presión del hospital. Como es natural hoy en día, las fotos del festejo terminaron en Instagram, etiquetadas y compartidas por mis invitados.
A las seis de la mañana del día siguiente, mientras caminaba hacia el hospital bajo la luz gris del amanecer, la pantalla de mi teléfono se iluminó con una notificación que me detuvo en seco:
Ricardo Videla quiere ser tu amigo.
Mensaje nuevo: "Hola, doctora. Quiero desearte un feliz cumpleaños. Espero que hayas pasado un día increíble".
Mi mente se quedó en blanco. No era solo el mensaje; era la confirmación de que esa "corriente eléctrica" de la parrillada no había sido producto de mi imaginación. ¿Era simplemente un hombre extremadamente social o había sentido lo mismo que yo? Mis principios eran claros y los márgenes de su vida familiar eran una línea roja que no pensaba cruzar. Sin embargo, la cortesía se impuso.
"Muchas gracias", respondí secamente, antes de aceptar su solicitud.
Más tarde, en un respiro entre pacientes, me refugié en la cafetería con Roxana, mi mejor amiga y confidente. Necesitaba sacar de mi sistema la extraña vibración que ese mensaje me había provocado.
—Amiga, no seas ingenua —me soltó Roxana tras escuchar mi relato—. Si un hombre como él te escribe de la nada, es porque busca algo. Pero no olvides el "detalle": tiene familia. No te metas en ese laberinto.
—¡Estás loca! Eso no va a ocurrir —protesté, aunque mi voz carecía de la firmeza habitual—. Solo necesitaba contárselo a alguien. Cuando lo conocí, sentí algo... una descarga que nunca había experimentado. No sé cómo describirlo.
—Lo que yo digo es que, si das pie a lo más mínimo, estarás iniciando un error —sentenció ella con gravedad—. Y tú, con lo poco que has vivido en el amor, no mereces ser "la otra".