Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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La falsedad servida en la mesa
Mientras yo intentaba procesar el torbellino de traiciones que acababa de estallar, mi padre se acercó a mí. Con un movimiento lento y calculado, me sujetó del brazo. El apretón fue tan fuerte que me cortó la circulación, un gesto de dominio imperceptible para los invitados, pero letal para mí. Me arrastró sin miramientos hasta quedar frente a frente con mi futuro esposo.
—Ella es Daniela Stevens, mi hija menor —declaró Guillermo con firmeza, reforzando el agarre sobre mi brazo como si quisiera recordarme que él seguía siendo el dueño de mi destino.
—Es un gusto conocerlo, señor Villegas —respondí con la voz pendiendo de un hilo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no quejarme por el dolor que mi padre me estaba provocando.
El hombre frente a mí no respondió de inmediato. Se quedó en un silencio sepulcral, con sus ojos fijos en los míos. Eran dos pozos de profunda frialdad, carentes de cualquier rastro de calidez humana. Su mirada no me analizaba, me juzgaba; parecía leer a través de mi máscara de maquillaje y encontrar cada una de mis debilidades.
En ese momento, el aroma a madera y perfume caro que me había cautivado en el mirador volvió a inundar mis sentidos, pero esta vez no traía paz. Traía la confirmación de que el hombre que me había llamado "mocosa llorona" era el mismo que ahora firmaría un cheque por mi libertad.
Arturo finalmente rompió el silencio, pero no para saludarme. Su mirada bajó apenas un segundo hacia el brazo donde mi padre me asfixiaba, y luego volvió a mis ojos con una intensidad que me hizo querer retroceder.
—El gusto es relativo, señorita Stevens —dijo con esa voz grave que vibró en el aire—. Espero que sea tan dócil como su padre asegura, porque no tengo paciencia para los dramas familiares.
Sentí un terror que no sabía cómo explicar; era consciente de que estaba vendiendo mi alma al mismo diablo. Sin embargo, al pensar en mi madre, el sacrificio cobraba todo el sentido del mundo. Por su vida, valía la pena cruzar cualquier infierno.
—La docilidad también es relativa —respondí, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor en mis manos—. Cuando un animal se encuentra acorralado, siempre buscará la forma de defenderse. ¿Qué no hará, entonces, una persona?
El silencio que siguió fue electrizante. Sentí que el agarre de Guillermo se cerraba con una fuerza brutal sobre mi carne, una advertencia muda de que me callara. Pero ya era tarde. Reuní todas mis fuerzas y, con un movimiento seco, tiré de mi brazo hacia atrás, liberándome de su mano.
Guillermo se quedó desencajado, con el rostro endurecido por la sorpresa y la furia contenida; no podía creer que me hubiera atrevido a desafiarlo frente a los Villegas.
Arturo, por su parte, arqueó una ceja. Por un microsegundo, la frialdad de sus ojos fue reemplazada por una chispa de curiosidad oscura. No parecía ofendido; parecía estar evaluando si mi resistencia era real o solo un último acto de desesperación.
—Interesante —murmuró Arturo, y su voz sonó como el roce de un bisturí—. Me gustan los retos, señorita Stevens. Solo espero que su defensa sea tan inteligente como su lengua, porque en mi mundo, los animales que muerden sin motivo terminan siendo sacrificados.
—¡Daniela! —siseó mi padre, recuperando el habla— Pide disculpas ahora mismo.
—No hace falta, Guillermo —intervino Isaías Villegas con una sonrisa calculadora—. Al menos sabemos que tiene espíritu. Pasemos al comedor, los negocios se cierran mejor con una buena cena.
Pasamos al comedor, donde la disposición de los asientos parecía diseñada para maximizar mi incomodidad. Guillermo presidía la mesa; a su izquierda, Elena; a su derecha, el señor Isaías junto a su esposa, Beatriz, quien hasta el momento solo se había limitado a sonreír con cortesía gélida. Al lado de Elena estaba Erika, flanqueada por Alan. Mi futuro esposo se sentó al lado de su madre, dejándome a mí a su lado, justo frente a Alan.
Sentía la mirada de Alan quemándome la piel de vez en cuando, pero la ignoré con todas mis fuerzas. Él era un traidor que no merecía una sola de mis lágrimas, y mucho menos mi atención.
El silencio en la mesa era absoluto, interrumpido únicamente por el tintineo metálico de los cubiertos sobre la loza fina.
—Tienen una casa muy bonita —comentó Beatriz, rompiendo el hielo.
—Muchas gracias —respondió Elena, luciendo esa sonrisa ensayada que tanto odiaba.
—Sus hijas también son muy hermosas —continuó la madre de Arturo de manera casual—. Aunque, debo admitir que la relación de Alan con la mayor de sus hijas nos tomó por sorpresa.
—Mi hermosa niña lleva ya un año saliendo con Alan —soltó Elena con orgullo—. Simplemente no habían querido hacerlo público, pero parece que finalmente han decidido dar el siguiente paso.
Al escuchar aquello, sentí que la sangre se me convertía en hielo. ¿Un año? Eso significaba que todo nuestro noviazgo había sido una farsa orquestada a mis espaldas. Pude ver por el rabillo del ojo cómo Alan buscaba mi reacción, pero mantuve la compostura, llevando un trozo de carne a mi boca con una calma que no sentía.
—Al parecer, los secretos son moneda corriente en esta familia —intervino Arturo, captando de inmediato la atención de mi padre. Su voz arrastraba una nota de sospecha peligrosa.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Guillermo, dejando los cubiertos a un lado.
—Nadie sabía de la existencia de su otra hija —respondió Arturo, clavando sus ojos en los míos—. Para todos ha sido una sorpresa. De hecho, llegué a pensar que mis padres habían solicitado la mano de la "hermosa" Erika.
Lanzó una mirada cómplice a mi hermana, quien se irguió en su silla, encantada de ser el centro de atención. Fue entonces cuando decidí que ya había tenido suficiente.
—Eso se lo puedo responder yo misma —intervine, soltando mis cubiertos con un golpe seco—. Como puede ver, no soy tan agraciada como mi hermana; a mis padres les daba pena mostrarme en público. Pero como la hermosa Erika ya tiene un "novio" obviamente no era una candidata disponible —El sarcasmo volvió a salir con naturalidad de mi boca.
Guillermo palideció al instante y Elena estuvo a punto de atragantarse con su vino. El silencio que siguió fue glorioso. Retomé mis cubiertos y seguí comiendo con delicadeza, disfrutando del banquete como si nada hubiera pasado. Sabía que, en cuanto los invitados cruzaran la puerta, pagaría caro mi atrevimiento, pero ver sus rostros desencajados valía cada golpe futuro.
Al terminar la cena, la atmósfera era eléctrica. Arturo se puso de pie y, con una autoridad que no admitía réplicas, pidió una reunión a solas conmigo.
Sentí nuevamente ese escalofrío recorriendo mi columna. El terror de estar a solas con ese hombre me oprimía el pecho, pero no tenía escapatoria. Tenía que escuchar lo que el "diablo" tenía que decirme antes de cerrar nuestro pacto de sangre.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades