Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 7: El control disfrazado de amor
Camila notó el cambio en Darío incluso antes de que él mismo pudiera nombrarlo. No fue algo brusco ni evidente para cualquiera, pero para ella resultó imposible ignorarlo. Ya no respondía de inmediato a sus mensajes, ya no pedía disculpas automáticas cuando llegaba tarde, ya no explicaba cada movimiento con el mismo tono sumiso de antes. Pequeños detalles, insignificantes para otros, pero alarmantes para alguien acostumbrada a controlar cada aspecto de la relación.
—¿Por qué tardaste tanto en llegar? —preguntó Camila apenas Darío cruzó la puerta del departamento.
Él dejó las llaves sobre la mesa con un gesto cansado.
—Salí a caminar.
Camila levantó la vista lentamente, como si esa respuesta mereciera ser analizada con cuidado.
—¿Caminar? —repitió—. ¿Desde cuándo necesitas caminar solo?
Darío respiró hondo. Durante semanas había ensayado mentalmente respuestas que no sonaran a provocación, pero esa noche algo dentro de él estaba agotado.
—Desde ahora —respondió, sin dureza, pero sin retroceder.
El silencio que siguió fue denso. Camila se acercó despacio, observándolo con atención, como quien estudia una grieta recién formada en una pared que siempre creyó sólida.
—Estás distinto —dijo finalmente—. Y no me gusta.
Darío apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Estoy cansado de sentir que tengo que justificar cada paso que doy.
Camila soltó una risa breve, suave, casi cariñosa.
—Eso es porque no entiendes cuánto me preocupo por ti.
Esa frase había funcionado antes. Siempre. Pero esta vez algo se movió en Darío.
—Preocuparse no es controlar —dijo, sorprendiéndose a sí mismo por la firmeza de su voz.
Camila parpadeó, apenas un segundo.
—¿Eso te lo dijo ella?
—No —respondió Darío—. Eso lo siento yo.
La tensión se volvió palpable. Camila cambió de estrategia con rapidez. Sus hombros se relajaron, su expresión se suavizó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después de todo lo que he hecho por ti… —murmuró—. ¿Así me pagas?
La culpa apareció de inmediato, como un reflejo aprendido. Darío dio un paso atrás.
—No quise decir eso.
—Claro que sí —susurró ella—. Ya no me necesitas. Y eso te asusta.
Darío no respondió. Se dio la vuelta y fue al dormitorio, dejando a Camila sola en la sala. Cerró la puerta con cuidado, como si incluso ese gesto pudiera ser interpretado como una agresión. Se sentó en la cama y se pasó las manos por el rostro. Sentía una presión constante en el pecho, una mezcla de miedo, cansancio y algo nuevo que todavía no sabía nombrar.
Esa noche durmió mal. Soñó con discusiones interminables, con frases que se repetían una y otra vez, con la sensación de estar atrapado en un lugar sin salida.
A la mañana siguiente, Camila actuó como si nada hubiera pasado. Preparó café, habló de planes futuros, le sonrió con una dulzura que resultaba desconcertante. Esa dualidad lo confundía más que cualquier pelea.
—Hoy saldré temprano del trabajo —dijo ella, mientras servía el café—. Podríamos cenar juntos.
—No sé si pueda —respondió Darío—. Tengo cosas que pensar.
Camila lo miró con atención, evaluándolo.
—No te encierres tanto en tu cabeza —dijo—. Eso nunca te ha hecho bien.
Darío no contestó. Se fue al trabajo con la sensación de que algo invisible lo seguía de cerca.
Durante el día, apenas pudo concentrarse. Cada vez que miraba su teléfono, sentía una mezcla de ansiedad y alivio. Al mediodía, decidió escribirle a Abril.
—“¿Podemos hablar luego?”
La respuesta no tardó.
—“Claro. Cuando quieras.”
Ese simple mensaje le dio una calma extraña.
Mientras tanto, Camila no estaba tranquila. La imagen de Darío alejándose, de sus respuestas firmes, de su silencio selectivo, no dejaba de girar en su mente. Algo estaba cambiando, y ella no estaba dispuesta a perder el control.
Esa misma tarde, mientras Darío estaba fuera, Camila tomó su teléfono. Conocía la contraseña; siempre la había conocido. Revisó mensajes, horarios, llamadas perdidas. Y ahí estaba: Abril. Conversaciones aparentemente inofensivas, pero suficientes para confirmar lo que temía.
No era una distracción pasajera.
Era una amenaza.
Camila dejó el teléfono en su lugar y respiró hondo. No iba a confrontarlo todavía. Primero necesitaba información. Control.
Decidió buscar a Victoria.
La citó con una excusa educada, casi cordial. Cuando se encontraron, Camila sonrió con esa amabilidad que sabía usar tan bien.
—Sé que su hijo anda un poco confundido —dijo—. Tal vez debería recordarle lo afortunado que es.
Victoria la observó en silencio.
—Mi hijo no necesita recordatorios —respondió finalmente—. Necesita respeto.
La sonrisa de Camila se tensó apenas.
—El respeto se gana.
Victoria sostuvo su mirada sin retroceder.
—Y el amor no se impone.
Camila se levantó con elegancia.
—Solo quiero lo mejor para él —dijo antes de irse.
Pero en su interior, ya estaba planeando su siguiente movimiento.
Esa noche, Darío se encontró con Abril en un parque tranquilo. El aire era fresco y el lugar estaba casi vacío. Caminaron en silencio durante unos minutos antes de que él hablara.
—Siento que estoy despertando —dijo al fin—. Y eso me da miedo.
Abril lo miró con atención.
—Despertar siempre da miedo —respondió—. Porque obliga a ver cosas que antes evitábamos.
Darío asintió lentamente.
—Camila dice que exagero. Que todo esto es culpa mía.
Abril respiró hondo.
—Eso es parte del control —dijo con cuidado—. Hacerte dudar de lo que sientes.
Darío cerró los ojos un instante.
—Ya no puedo fingir que no lo veo.
Esa frase resonó en Abril como una advertencia. Sabía lo que venía después. El momento más peligroso de todos: cuando alguien empieza a cuestionar la jaula en la que vive.
Y cuando eso ocurre, quienes controlan…
nunca se quedan quietos.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas