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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12 - Más Allá del Abismo. Entre sombras y dolor.

Volteó. La incubadora seguía ahí. Inmóvil. Transparente. Inofensiva.

Quiso acercarse a ella. Tal vez para evadir la verdad que estaba a punto de descubrir.

Pero no. Se llenó de coraje. Se sentó. Agarró la primera carpeta. Luego otra. Y otra más.

Las hojas crujían entre sus dedos.

Si antes creyó que eran terribles, se había equivocado. Esto sí eran horrores. No teorías. No sospechas. Pruebas. Frías. Innegables.

Madres con los vientres abiertos, los cuerpos aún atados a camillas manchadas. Padres mutilados, convertidos en restos sin identidad. Niños con los ojos vendados, la piel perforada por tubos, bocas abiertas en un grito sin sonido.

Las imágenes eran atroces. No había espacio para la duda. Desgarrados. Separados. A veces juntos, solo para morir al mismo tiempo.

Torturas documentadas con precisión escalofriante. Textos clínicos que describían lo indescriptible. Bebés monstruosos, deformados por la ambición. Criaturas que nunca debieron existir.

La cabeza le latía con fuerza. Cada palabra, cada foto, un golpe en el cráneo. El estómago se le revolvía.

¿Qué demonios era esto? ¿Quién permitió esto?

Familias enteras perseguidas, arrancadas de sus hogares, sacrificadas en laboratorios que no tenían nombre, solo números. Sin piedad. Sin rastro de humanidad. Algunos, ni siquiera tuvieron la oportunidad de llorar.

Quería detenerse. Pero no, no podía.

Las últimas dos carpetas. Frías. Pesadas. Por fuera unos números. Abrió la primera. Su rostro la miró desde la página como un espectro. La cerró de golpe. El daño ya estaba hecho. Respiró entrecortada. La segunda… La abrió con más cuidado.

Una imagen.

Un bebé.

Unos ojitos claros, pestañas finas y doradas. Piel tersa, blanca como la leche. Cabellitos diminutos, dorados apenas visibles. Mejillas redondas muy rositas.

Se parecía a sus otros hijos, pero su piel era más clara. Mucho más hermoso que cualquier otro.

Pasaba las hojas sin leer de verdad, apenas un vistazo, un roce fugaz de tinta y papel. Hasta que vio el número de su archivo. Creía que se había equivocado. Colocó ambos documentos sobre la mesa, comparó los números. Eran los mismos. Pero solo los había visto una vez. ¿Cómo era posible? Otra habilidad, pensó.

Era su hijo.

Siguió revisando. Y entonces, la imagen le destrozó el corazón. Su estómago cayó en un abismo. Un vértigo oscuro.

Aquel pequeño, atrapado en esa incubadora era suyo.

La presión en su pecho se ensanchó, algo fue arrancado de lo más profundo de su ser, un lugar del que ni siquiera sabía que existía.

Su pequeño.

El que se formó en su vientre.

Algo frágil. Algo inocente. Pero la imagen se desmoronó ante sus ojos, arrastrada por las sombras de un futuro que nunca llegó.

El sentimiento estaba ahí. Lo único claro en medio del caos.

Sus dedos temblorosos acariciaron el papel. Su mirada se volvió borrosa. Se acercó a la cuna donde el pequeño descansaba. Apoyó la mano en el vidrio, destrozada, pidiéndole perdón, por todo lo que debía haber soportado en ese lugar detestable. Abrió la incubadora. Lo acarició con miedo, con amor, con todo lo que le quedaba.

Luego salió de la habitación. Sin mirar atrás

Caminó lentamente, sujetándose de las paredes. Las carpetas en sus manos, el corazón hecho pedazos. Llegó a su refugio, ese rincón desde donde lo observaba todo.

Lloró. Gritó hasta quedar vacía. Hasta que el sueño la arrastró.

Al día siguiente, revisó la carpeta con más atención. Toda su información estaba ahí, sus hijos, padres, hermanos, toda su vida en esos papeles. Muchas imágenes de su pequeño el que nunca había visto, era tan hermoso, un color rosita en sus mejillas, unos ojos vivaces, iguales a los de sus hermanos.

Seis meses. Seis. Un latido, un aliento, una vida. Alguien tan pequeño e indefenso. Lo tomaron. Lo destrozaron. Todo en nombre de su ciencia podrida. Crueldad vestida de progreso. Sangre en sus manos. Sangre en su conciencia. Y ella… ella gritaba por dentro, desgarrada, rota, consumida por un dolor que la ahogaba.

Leyó. Y siguió leyendo. Demasiado. Demasiado horror. Si hubieran tenido más tiempo… Tal vez habrían buscado a su familia. Y los hubieran masacrados. Pero ahora solo había miedo. Uno denso, asfixiante. No podía permitir que les pasara lo mismo. No a los demás. Debía protegerlos. Y para eso, tenía que salir de la isla. Sobrevivir. Seguir. Aunque esos recuerdos nunca la soltarían.

Nada quedaba. Solo su pasaporte. Un puñado de papeles: bienes, cuentas con demasiados ceros, tarjetas de residencia en países que nunca pisó.

Encendió la computadora. No había internet. ¿Cómo haberlo? Era un sitio remoto.

Iliana fijó la vista en la pantalla. Día tras día, planeó.

Trazó en el plano con cada pasillo recorrido. Memorizó cada esquina. Mientras aquel miserable hombre, seguía atado sobré la cama. Gritaba sin parar, debilitado por el hambre y la sed, pero ese sería su castigo. Lo dejaría morir en ese lugar.

Cada vez que escuchaba la voz del miserable hombre, su rostro y manos se tensaban, sus ojos se volvían bastante rojos, una irá, se apoderaba de ella, y el deseó de venganza se intensificaba.

Morir sería un descanso. Y él no merecía descanso.

Aún con su corazón destrozado, no se daría por vencida hasta saber lo que ese hombre le estaba ocultando. Encontraría la forma de salir.

Su plan se puso en pie, cazaba a esas cosas ambulantes, acabo con cada uno que se encontraba por los pasillos, no fue en un día fueron varios.

Subió piso tras piso hasta llegar a la azotea, observando todo a su alrededor, no habían botes ni nada parecido por ningún lugar, pero si había un muelle necesitaba llegar hasta allí pero habían muchos muertos en los alrededores de la isla.

Analizaba cada parte del lugar, dibujar un plano, cuando ya no quedaba mucho por hacer ni revisar dentro de las habitaciones vacías, subió a la azotea lanzaba granadas a los grupos de muertos, para calmar la impotencia que sentía .

Disparaba sin cesar, con armas de largo alcance para contener su enojo y mantenerse ocupada.

Siguió. Habitación tras habitación. Puerta tras puerta. Mató esas cosas andantes, cuerpos desplomados en el suelo, sobre charcos espesos y oscuros. El aire apestaba a óxido, a podredumbre, a muerte rancia.

Busca. Insiste. Sus manos arrancan cajones, vuelcan muebles, lanzaba todo. No hay cuidado, no hay paciencia, solo la necesidad feroz de encontrar algo. Pero el silencio responde con su burla cruel.

Día tras día, planeó.

Noche tras noche, mató.

Y el hombre… seguía gritando.

Revisó cada rincón. Nada.

Nada útil. Nada para huir. Solo salvavidas. Botes de plástico. Inútiles. No llegaría lejos con ellos.

Se estaba quedando sin opciones. Pero no estaba dispuesta a perder.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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