Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Pasteles
Al día siguiente, apenas el sol comenzó a caer y la luz tibia de la tarde entró por los ventanales de la tienda, Lavender lo vio llegar.
No necesitó girarse del todo para saber que era él.
El aire parecía cambiar cuando cruzó la puerta. Caminó despacio, como si no quisiera interrumpir nada, y se detuvo frente a los estantes de flores… aunque sus ojos, traicioneros, regresaban una y otra vez hacia ella.
Lavender fingió ordenar unos frascos, observándolo de reojo.
No había duda.. la miraba más a ella que a las flores.
Era el mismo nervio contenido, la misma torpeza dulce del día anterior. Tomaba una rama, la observaba con excesiva atención, la dejaba de vuelta… solo para volver a alzar la vista cuando creía que ella no lo notaba.
Lavender sonrió para sí.
Esta vez fue ella quien se acercó.
—¿Qué necesitas hoy? —preguntó con suavidad, colocándose a su lado.
El hombre se sobresaltó apenas, como si no la hubiera visto llegar, y tardó un segundo en responder.
—Yo… Busco algo para una madre. Pronto nacerán dos bebés.
Lavender abrió los ojos, sorprendida.
—¡Oh! Entonces felicidades.. Ser padre de gemelos debe ser una gran alegría.
Él negó de inmediato, casi con urgencia.
—No, no… No soy yo. Seré tío. Otra vez.
Lavender rió bajito, una risa suave que llenó la tienda como música.
—Entonces felicidades igual ¿Buscas algo especial? ¿Para fortalecerla, para el descanso, para después del parto?
El hombre asintió, pero no respondió de inmediato.
Se había quedado mirando sus manos.
Lavender tomó con cuidado unas flores secas, explicándole sus propiedades, y él observaba cada gesto como si fuera algo digno de memorizar.. la forma delicada en que ella sostenía los tallos, cómo inclinaba un poco la cabeza al hablar, cómo su voz se volvía más cálida cuando explicaba algo que amaba.
—Estas ayudan a recuperar fuerzas.. Y estas otras son buenas para dormir mejor…
Él extendió la mano para tomar una flor, y por un instante sus dedos casi se tocaron. Se detuvo, como si temiera romper algo invisible, y retiró la mano lentamente.
—Tomas las flores como si… te escucharan —dijo sin pensar.
Lavender alzó la mirada, sorprendida.
—Lo hacen.. Las plantas sienten cuando las tratan con cuidado.
Él la miró entonces, de verdad, sin esconderse, con una expresión tan abierta y sincera que a Lavender le faltó el aire por un segundo.
—Eso explica por qué aquí todo se ve… vivo..
Lavender sintió un calor suave en el pecho.
Le preparó el pequeño paquete con esmero y se lo entregó.
—Esto le hará bien.. Y si necesita algo más, puedes volver.
Él tomó las hierbas, pero no se movió de inmediato.
—Volveré.. Aunque no necesite nada.
Lavender sostuvo su mirada, el corazón latiéndole demasiado rápido para una simple tarde en la tienda.
—Te estaré esperando —respondió, sin darse cuenta de lo mucho que significaban esas palabras.
Cuando él salió, la tienda quedó en silencio… pero el aire seguía vibrando, como si algo nuevo y delicado hubiera comenzado a crecer entre ambos.
Al día siguiente, el sonido de la campanilla volvió a anunciar una visita conocida.
Lavender alzó la vista desde el mostrador… y ahí estaba él otra vez.
Esta vez no venía con las manos vacías. Llevaba una bolsa elegante, de esas de confitería fina, bien doblada, como si la hubiera sostenido con excesivo cuidado durante todo el camino. Desde lejos parecía firme, seguro, caminando con paso recto… pero bastó que sus ojos se encontraran con los de Lavender para que esa seguridad se desarmara.
Se detuvo frente a ella y respiró hondo.
—Buenos días —saludó Lavender, con la misma calma amable de siempre, aunque el corazón le dio un pequeño salto al verlo.
—B-buenos días —respondió él, aclarando un poco la garganta—. Yo… eh…
Sus dedos apretaron la bolsa un instante, como si temiera soltarla.
—Te traje algo.. —dijo al fin, extendiéndola hacia ella—. Pasteles.
Lavender parpadeó, sorprendida.
—¿Pasteles?
Él asintió rápidamente.
—Sí. No sabía qué sabor te gusta… así que compré de varios. —Hizo una pequeña pausa, incómoda—. Pensé que… así no me equivocaba.
Lavender sintió una ternura profunda, casi dolorosa.
Tomó la bolsa con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Es muy considerado de tu parte —dijo con una sonrisa luminosa—. Muchas gracias.
Él la miró como si ese simple agradecimiento fuera una recompensa inmensa. Sus orejas se enrojecieron apenas.
—No es nada —respondió, bajando la mirada—. Solo… quería traerlos.
Lavender abrió un poco la bolsa y dejó escapar una risa suave al ver la variedad.
—Elegiste bien.. Me gustan todos.
Él alzó la vista entonces, sorprendido, y por un segundo su expresión se iluminó de una forma tan sincera que parecía olvidarse del mundo alrededor.
—¿De verdad?
—De verdad.. Los compartiré con mi abuela. Le encantarán.
El hombre asintió, visiblemente aliviado.
—Me alegra.. Eso… me alegra mucho.
Hubo un breve silencio, de esos que no incomodan, sino que envuelven. Lavender apoyó la bolsa detrás del mostrador y volvió a mirarlo.
—¿Puedo ayudarte con algo hoy? —preguntó con suavidad.
Él abrió la boca, como si fuera a pedir alguna raíz o flor… pero se quedó mirándola un segundo de más.
—Creo que… no.. Solo quería verte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Lavender sintió cómo el calor le subía a las mejillas, pero no apartó la mirada.
—Entonces —dijo, con una sonrisa aún más dulce—. Me alegra que hayas venido.
Él sonrió también, tímido, y por primera vez no pareció apurado en marcharse.
Se quedó allí unos minutos más, hablando de cosas simples, del clima, de las flores nuevas… pero en cada palabra, en cada mirada que se cruzaban sin querer, era evidente que algo estaba naciendo con la misma delicadeza y fuerza que las plantas que Lavender cuidaba cada día.