Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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El peso de las ruinas
La furia de Miranda se transformó instantáneamente en un instinto protector, ciego y feroz. A pesar de la traición de Lissandro, a pesar del abismo que acababa de abrirse entre ellos, la amenaza contra Alexa y la seguridad de su hija eran prioridades que no podían esperar. No había espacio para las lágrimas cuando el lobo estaba a la puerta.
Miranda miró a Lissandro con un desprecio absoluto, pero con la mente fría, una que él mismo había ayudado a forjar durante años de entrenamiento implacable.
—Esto no ha terminado, Lissandro —sentenció ella, caminando hacia su hija para abrazarla con una urgencia que intentó ocultar—. Vamos a salvar a Alexa y vamos a terminar con Helios. Pero cuando el humo se disipe, no esperes que siga aquí. Me reconstruiste tan bien que ya no necesito a mi creador. Especialmente a uno que me ve como un trofeo de guerra.
Lissandro la vio salir del despacho con Lía, sintiendo que el aire se escapaba de sus pulmones. Había ganado mil batallas financieras, había destruido imperios con una firma, pero en ese pasillo de mármol, bajo la luz tenue de los candelabros, sintió que acababa de perder lo único por lo que valía la pena haber luchado. No se quedó esperando; la siguió, alcanzándola justo antes de que entraran en el ala de las habitaciones.
Miranda envió a su hija a su cuarto con un beso rápido en la frente y una orden silenciosa. No quería que la niña siguiera presenciando la desintegración de sus padres, ni que viera las grietas en la armadura del hombre que ella creía invencible. Una vez que la puerta de Lía se cerró, el silencio en el pasillo se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía doler la piel.
—Yo te amo, Miranda. Eres el amor de mi vida. Tú y mi hija son lo más importante para mí —confesó Lissandro, su voz rompiéndose en una vulnerabilidad que nunca antes se había permitido.
Miranda guardó silencio. La revelación no la quebró; la endureció, convirtiéndola en algo parecido al diamante: hermoso pero cortante. El dolor del pasado ahora tenía un rostro claro y una razón de ser. No era solo una mujer despechada buscando venganza; ahora comprendía que era una pieza en una guerra generacional que ella no había elegido, pero que estaba destinada a terminar.
—Me ocultaste que mi dolor era un daño colateral de tu guerra —dijo Miranda, su voz ahora peligrosamente tranquila, despojada de toda emoción—. Me hiciste creer que el destino nos había unido, cuando tú mismo fuiste quien movió los hilos para que yo terminara en tus brazos. Me rescataste de un monstruo solo para convertirme en el arma con la que atacarías a otro.
—Te oculté la verdad para que pudieras sanar sin sentir que tu vida era una consecuencia de la mía —respondió él, acercándose con lentitud, intentando tomar sus manos como si eso pudiera borrar los años de secretos—. Pero ahora que lo sabes... ahora que la Sombra de Helios está aquí, tienes que entender que no me detendré ante nada para proteger este hogar.
—Yo tampoco —lo cortó ella, retirando sus manos con un movimiento seco—. Pero de ahora en adelante, Lissandro, no hay más secretos. Si vamos a quemar a Helios y a los Lara, lo haremos con toda la verdad sobre la mesa. Porque la próxima vez que alguien intente tocar a Lía, no quiero una explicación, quiero una cabeza.
En ese momento, el sistema de alerta de la mansión rompió la tensión con un sonido persistente. Ambos corrieron hacia la sala de vigilancia. En las pantallas, la imagen de Lía en el garaje los dejó sin aliento. La niña, con una intuición que superaba cualquier dispositivo, les dio la ubicación que cambiaría el curso de la noche: el edificio antiguo de la familia De La Vega.
El impacto de la noticia golpeó a Miranda como un golpe físico. Andrés no estaba simplemente escondido; estaba en la casa de su infancia, en el lugar donde descansaban los recuerdos de sus padres, profanando el único santuario que ella aún consideraba sagrado.
—Él cree que volver allí me hará débil —susurró Miranda, sus ojos fijos en la imagen de su hija—. Cree que las sombras de mis recuerdos me asustarán.
—Miranda, es una trampa —advirtió Lissandro, recuperando su tono de mando—. Helios lo puso allí para atraerte. Conocen el valor emocional de ese lugar. Si vas, entrarás directamente en su terreno.
—Te equivocas —replicó ella, girándose hacia él con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—. Ese edificio fue construido por mi abuelo. Conozco cada crujido de la madera, cada rincón oscuro y los pasadizos que mi padre usaba para esconderse cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso. Si Andrés está allí, no está en su refugio... está en mi celda. Y yo tengo las llaves.
Lissandro quiso protestar, quiso recordarle que Helios era una organización de hombres que no conocían la piedad, pero vio algo en el rostro de su esposa que lo detuvo. Era la misma mirada que él veía en el espejo cuando estaba dispuesto a todo. Ya no era Elena, la víctima; era Miranda, la ejecutora.
—Prepárate entonces —dijo Lissandro con resignación—. Yo me encargaré de Alexa. Víctor está tratando de mover sus influencias, pero Helios ha bloqueado las salidas principales. Si nos dividimos, tenemos una oportunidad de desorientarlos.
Miranda asintió. El pacto estaba sellado, no por amor, sino por una necesidad de supervivencia mutua. Mientras ella se dirigía al vestidor para cambiarse su ropa de seda por algo que le permitiera moverse entre las sombras de su pasado, Lissandro se quedó solo en la sala, mirando el punto rojo en el mapa que marcaba la residencia De La Vega.
Él sabía algo que Miranda ignoraba. Sabía que en el sótano de ese edificio, oculto tras una pared de ladrillos falsos, su propio padre había dejado algo hace décadas. Un secreto que vinculaba a los Saavedra con los De La Vega mucho antes de que él y Miranda nacieran. Una deuda que, según Helios, solo podía pagarse con la sangre de los inocentes.
Miranda bajó al garaje, donde Lía la esperaba en silencio. La niña se acercó y le entregó un pequeño amuleto que siempre llevaba consigo.
—Mami, no dejes que el hombre malo se quede con mis juguetes de madera que dejé en el ático —dijo Lía con una seriedad que rompió el corazón de Miranda por un instante.
—Nadie tocará nada de lo que es tuyo, pequeña —prometió Miranda, besando su frente—. Papá se quedará contigo. No tengas miedo.
—No tengo miedo por mí, mami. Tengo miedo por él —respondió la niña, señalando hacia el monitor—. Porque cuando te enojas, te pareces mucho al mar antes de una tormenta.
Miranda subió al coche blindado, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Mientras conducía por las calles desiertas de Nueva York hacia el barrio donde nació, cada semáforo en rojo parecía un recordatorio de los años perdidos. Al llegar frente al edificio De La Vega, lo vio: una construcción imponente de piedra gris que ahora lucía como un fantasma en medio de la modernidad.
Había una luz encendida en el segundo piso. La habitación de sus padres.
Miranda apagó el motor y se quedó un momento en silencio, escuchando los latidos de su propio corazón. Andrés estaba allí arriba, probablemente bebiendo del vino que quedaba en la bodega, creyendo que tenía el control. No sabía que la verdadera Sombra de Helios no era la organización que le pagaba, sino la mujer que estaba a punto de entrar por la puerta trasera.
Con un movimiento fluido, Miranda bajó del auto y se fundió con la oscuridad del callejón. La cacería había comenzado, y en los pasillos de su infancia, los recuerdos pronto se teñirían de un nuevo y definitivo color: el de la justicia.