Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Eres mi omega… No llores
La mañana siguiente llegó sin luz. Johan despertó solo, el cuerpo aún marcado, las sábanas frías y desordenadas. Se sentó despacio, abrazándose a sí mismo, y sin querer, las lágrimas empezaron a caer. Silenciosas, pesadas, por todo lo que había perdido, por la esperanza que se rompió, por el hombre que lo tomaba todo y no le daba nada.
No escuchó la puerta abrirse. Solo supo que no estaba solo cuando sintió la presencia pesada de Adrián en la habitación. Se giró de golpe, intentando secarse las mejillas rápido, avergonzado de que lo viera así. Pero ya era tarde. Adrián estaba de pie al borde de la cama, mirándolo, sin expresión, sin prisa.
—¿Por qué lloras? —preguntó, su voz baja, sin suavidad, solo una pregunta directa.
Johan bajó la mirada, apretando las manos contra la sábana.
—No es nada.
Adrián se acercó, se sentó al borde del colchón, lo tomó por la barbilla y lo obligó a levantar la cara. Sus dedos no eran tiernos, pero tampoco bruscos. Firmes. Exigentes.
—Mírame. Y contesta. ¿Por qué lloras?
—Porque… —Johan tragó saliva, la voz temblorosa—. Porque me siento vacío. Porque no sé quién soy fuera de ti. Porque tengo todo lo que me diste y a la vez no tengo nada.
Adrián lo miró largo rato, como si estuviera analizando cada palabra, cada temblor de su rostro. No había compasión en sus ojos oscuros. Pero tampoco había indiferencia. Algo se movió ahí, rápido, inaprensible.
—No llores —dijo, despacio, marcando cada palabra—. No sirve de nada. Y no te queda bien. Eres mi omega. Los míos no se rompen por nada.
—¿Tuyo? —repitió Johan, con amargura—. ¿Y eso qué significa? ¿Que me tomas cuando quieres y me dejas solo cuando no? ¿Que soy un objeto que usas y guardas?
Adrián lo soltó de golpe, como si le hubiera quemado. Se levantó, caminó unos pasos por la habitación, las manos apretadas en puños a los costados.
—No eres un objeto. Eres mío. Hay una diferencia. Un objeto se reemplaza. Se rompe y se tira. Tú… —se giró hacia él, con una intensidad que le golpeó en el pecho— tú no te reemplazas. Nadie más ocupa tu lugar. Nadie más tiene tu olor. Nadie más responde así a mí.
—¿Y eso es suficiente para ti? —preguntó Johan, con los ojos brillantes de lágrimas que no caían—. ¿Que yo te pertenezca para que te importe si estoy bien o mal?
Adrián volvió a acercarse, se detuvo tan cerca que Johan pudo sentir el calor de su cuerpo. Bajó la cabeza hasta que su boca quedó junto a su oído, y su voz, baja y grave, sonó como una sentencia que no admitía apelación:
—Eres mi omega. Eso es todo lo que necesitas saber. Tu bienestar me incumbe porque eres mío. Tu cuerpo me incumbe. Tu vida me incumbe. No llores porque sí. Llora porque te duele. Pero no llores porque creas que no te veo. Te veo. Cada parte de ti. Y nadie más lo hace. Nadie más puede hacerlo.
Le pasó una mano por la mejilla, secando una lágrima con el pulgar, un gesto extrañamente suave que contrastaba con la dureza de sus palabras.
—No te permito que te destruyas —murmuró—. Porque te destruyes a ti mismo… y me destruyes una parte de lo que es mío. No llores. No mientras yo esté aquí.
Johan cerró los ojos ante ese roce contradictorio, ante la posesión que se disfrazaba de cuidado, ante la ausencia de amor que se sentía tan parecida a él.
—No sé cómo no hacerlo —susurró.
—Aprende —respondió Adrián, tajante—. Porque yo no voy a cambiar. Y tú no vas a dejar de ser mío. Así que aprende a estar conmigo sin romperte.
Se apartó, se dirigió al armario y sacó ropa limpia: una camisa blanca, pantalones oscuros, todo de buena calidad, todo elegido por él. Lo dejó sobre la cama.
—Vístete. Hoy salimos. No te escondas. No te bajes la mirada. Si vas a estar conmigo, te comportas como lo que eres: mi omega. Mi compañero. No mi secreto sucio.
Johan abrió los ojos, sorprendido.
—¿Tu compañero?
Adrián lo miró desde la puerta, con esa frialdad que nunca se iba del todo, pero con algo nuevo: una certeza absoluta.
—No te pongo al lado de nadie porque seas menos que nadie. Te pongo a mi lado porque eres mío. Y lo mío no se esconde. Ahora vístete. No me haces esperar.
Salió. Johan se quedó mirando la ropa, la puerta cerrada, la lágrima que aún le ardía en la mejilla. No era amor. No era ternura. Pero era presencia. Era reconocimiento. Era algo que no esperaba recibir: no ser un secreto.
Se vistió despacio. El vínculo en su pecho latía, cálido y constante.
[⚠️ OBSERVACIÓN — Cambio de comportamiento detectado: ya no te oculta. Te reclama públicamente como suyo. No hay afecto explícito, pero la prioridad ha cambiado.]
[El lazo no se romperá. El camino es incierto. No confundas posesión con cariño… pero tampoco lo ignores.]
Johan se miró en el espejo. La marca en su cuello brillaba visible. Ya no la cubriría. Ya no tendría que hacerlo.
—Eres mi omega —repitió en voz baja, probando las palabras—. No llores.
Suspiró, se enderezó la camisa y caminó hacia la puerta. No sabía qué lo esperaba. No sabía si algún día escucharía las palabras que de verdad quería oír. Pero hoy… hoy no era invisible. Y eso era un comienzo.