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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:643
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: La escalera apasionada

Beatrice Montclair había decidido devolver el libro azul sin la nota.

Ese era el plan.

Era un buen plan.

Era, en teoría, un plan sencillo.

El problema era que la nota seguía dentro del libro.

Aquella mañana, al revisar la cubierta azul antes de salir hacia casa de los Ashford, Beatrice abrió el volumen con la intención de retirar el papel doblado que había dejado entre las páginas. Solo que Lady Agatha entró en ese preciso momento para preguntarle si pensaba llevar guantes claros o guantes oscuros, Clara apareció con un alfiler extraviado, y un carruaje pasó frente a la casa haciendo un ruido suficiente para interrumpir cualquier acto de sensatez.

Después, Beatrice olvidó la nota.

No completamente.

Nadie olvidaba una nota que decía: Hay palabras que efectivamente parecen más fáciles cuando no tienen que cruzar una habitación.

Pero la olvidó lo bastante para entregar el libro azul a Lady Ashford con una sonrisa civilizada y una frase perfectamente normal.

—Gracias por prestármelo. Fue una lectura muy interesante.

Lady Ashford recibió el libro con una calidez sospechosa.

—Me alegra que lo hayas disfrutado.

Nathaniel estaba en el salón.

Sebastián también.

Beatrice recordó la nota exactamente en ese instante.

No antes.

Naturalmente no.

En ese instante.

Sintió cómo el alma intentaba abandonar su cuerpo con discreción.

—¿Se encuentra bien, señorita Montclair? —preguntó Nathaniel.

—Perfectamente.

—Parece haber visto un fantasma.

—No. Solo una idea.

Sebastián se inclinó hacia Nathaniel.

—En la señorita Montclair, eso puede ser más peligroso.

Beatrice lo miró.

—Señor Ashford, si alguna vez una idea mía lo amenaza, le aseguro que será con justa causa.

—No lo dudo. Por eso mantengo distancia respetuosa.

Lady Ashford dejó el libro azul sobre una mesita.

Sobre una mesita.

A la vista de todos.

Con la nota dentro.

Beatrice miró el libro.

El libro, infame, no hizo nada.

Lady Ashford continuó hablando de la lectura con Lady Agatha. Nathaniel respondió algo sobre una próxima cena. Sebastián comentó que los libros prestados eran “mensajeros con lomo”. Nadie abrió el libro.

Todavía.

Beatrice necesitaba recuperarlo.

No el libro, exactamente.

La nota.

La nota provisional.

La imprudencia reversible.

La promesa sin nombre.

—¿Puedo ver la biblioteca? —preguntó de pronto.

Todos la miraron.

Demasiado rápido.

Beatrice sostuvo la expresión de una dama que no estaba desesperada por rescatar un papel comprometedor.

—Lady Ashford mencionó la última vez que tenían una edición antigua de cartas francesas —añadió—. Me interesaría verla.

Lady Ashford sonrió.

—Por supuesto. Nathaniel, ¿podrías acompañarla? Está en la biblioteca.

Beatrice sintió que el destino, como siempre, tenía pésimo sentido del humor.

—No es necesario —dijo.

Nathaniel ya se había puesto de pie.

—No me molesta.

—A mí tampoco —dijo Sebastián, levantándose también.

Nathaniel lo miró.

—A ti sí debería molestarte.

—No lo hace.

—Sebastián.

—Muy bien. Me quedaré aquí, abandonado, con té y testigos inocentes.

Lady Agatha murmuró:

—Nada en usted es completamente inocente, señor Ashford.

Sebastián se llevó una mano al pecho.

—Lady Agatha, me honra.

Beatrice salió del salón con Nathaniel, intentando no caminar demasiado rápido.

La biblioteca Ashford era más grande que la de los Montclair y mucho más ordenada. Naturalmente. Los libros parecían alineados con tanta disciplina que Beatrice sospechó que Nathaniel los saludaba por categorías.

—Qué biblioteca tan intimidante —dijo.

—¿Intimidante?

—Sí. Parece que, si una devuelve un libro mal puesto, otros tres la juzgan.

Nathaniel miró los estantes.

—Intentaré que no ocurra.

—¿Tiene autoridad sobre ellos?

—Moderada.

Beatrice casi sonrió, pero recordó la nota y perdió toda inclinación a la alegría.

El libro azul.

Necesitaba el libro azul.

Y no estaba en sus manos.

—¿Dónde deja Lady Ashford los libros devueltos? —preguntó, intentando parecer casual.

Nathaniel la miró con atención.

Demasiada.

—Depende del libro.

—Qué respuesta menos útil.

—El libro azul suele ir en aquel estante.

Señaló una repisa alta, cerca de la ventana.

Beatrice siguió la dirección de su dedo.

Ahí estaba.

El libro azul.

Ya colocado.

Muy alto.

Como si la casa Ashford entera hubiera decidido participar en su humillación.

—Ah —dijo.

Nathaniel la observó.

—¿Desea verlo de nuevo?

—No.

Una pausa.

—Sí.

Otra pausa.

—Quizá.

La boca de Nathaniel amenazó con sonreír.

—Qué respuesta tan clara.

—Estoy practicando ambigüedad.

—Con éxito.

Beatrice miró la escalera de biblioteca apoyada contra el estante cercano.

—Puedo alcanzarlo.

Nathaniel dio un paso.

—Permítame.

—No.

El “no” salió demasiado rápido.

Nathaniel se detuvo.

—Como quiera.

Eso la irritó.

Porque obedecía.

Porque no discutía.

Porque la dejaba subir a una escalera cuando lo razonable habría sido admitir que necesitaba ayuda.

Beatrice tomó la escalera y la colocó frente al estante.

—He subido escaleras antes.

—No lo dudo.

—No todas han sido derrotas.

—Eso me tranquiliza.

—No use ese tono.

—¿Cuál?

—El de caballero preparado para atrapar una catástrofe.

Nathaniel miró la escalera.

—Intentaba usar el tono de hombre que observa una escalera con respeto.

—Peor.

Beatrice subió dos peldaños.

Luego tres.

El libro azul estaba un poco más lejos de lo esperado.

Claro.

Naturalmente.

Extendió la mano.

No llegó.

Subió otro peldaño.

—Señorita Montclair —dijo Nathaniel.

—No.

—No he dicho nada.

—Pensaba decir cautela.

—En efecto.

—Queda prohibida.

—Muy bien.

Beatrice estiró el brazo.

Sus dedos rozaron el lomo azul.

Un poco más.

Solo un poco más.

El pie de la escalera cedió apenas.

No fue una caída.

Todavía.

Fue una advertencia.

Una pequeña traición de madera.

Beatrice soltó un sonido indecorosamente breve.

La escalera se movió.

Y Nathaniel reaccionó.

La tomó por la cintura antes de que ella pudiera decidir si caer con dignidad o llevarse media biblioteca consigo.

(todas las imágenes son creadas por IA)

La sujetó con firmeza.

Demasiada firmeza para fingir que el contacto era irrelevante.

Beatrice quedó inclinada hacia atrás, una mano aún aferrada al estante, la otra cerrada alrededor del libro azul que, por milagro o terquedad, había logrado arrancar de su lugar.

Nathaniel estaba detrás de ella.

Muy cerca.

Una mano en su cintura.

La otra cerca de su brazo, sin tocar más de lo necesario.

Durante un segundo, ninguno respiró bien.

—¿Está bien? —preguntó él.

Su voz sonó más baja de lo habitual.

Beatrice miró al frente.

El libro azul estaba contra su pecho.

Su nota, probablemente, seguía dentro.

Pero la nota dejó de ser el problema más urgente.

—Sí —dijo.

—No se mueva.

—No pensaba hacerlo. La escalera y yo estamos renegociando nuestra relación.

—Parece una negociación delicada.

—La escalera ha perdido mi confianza.

Nathaniel no respondió.

Su mano seguía en la cintura de ella.

No como en el primer vals.

No como accidente público.

No como gesto social malinterpretado.

Esta vez no había salón lleno de damas.

No había música.

No había Lady Harcourt.

Solo la biblioteca, la escalera, el libro azul y el hecho insoportable de que Beatrice era muy consciente de la mano que la sostenía.

—Voy a ayudarla a bajar —dijo Nathaniel.

—Eso sería sensato.

—¿Lo permitirá?

Beatrice cerró los ojos un instante.

Maldito hombre.

Incluso sosteniéndola de la cintura sobre una escalera inestable, preguntaba.

—Sí.

Nathaniel la guio con cuidado. Beatrice bajó un peldaño. Luego otro. Al tocar el suelo, debería haber dado un paso atrás.

No lo hizo de inmediato.

Nathaniel tampoco la soltó de inmediato.

No demasiado tarde.

No indecorosamente.

Solo ese segundo suspendido en que ambos entendieron que el accidente había terminado, pero la cercanía no había desaparecido.

Beatrice bajó la mirada al libro.

—Lo recuperé.

—Eso veo.

—Con gran eficacia.

—Con cierto riesgo.

—Los libros difíciles exigen sacrificios.

—¿Y ese libro lo merecía?

Beatrice sintió que sus dedos apretaban la cubierta azul.

—No lo sé todavía.

Nathaniel la miró.

No preguntó.

Eso fue peor.

Porque ella supo que él sabía que había algo más.

—Beatrice —dijo.

El nombre llegó suave.

Sin título.

Sin protección.

Ella levantó la vista.

—Nathaniel.

La mano de él seguía cerca de su cintura, aunque ya no la sujetaba. Esa distancia mínima era casi peor que el contacto. Beatrice tenía la absurda impresión de que podía sentir el lugar exacto donde él había estado.

—No habría dejado que cayera —dijo él.

—Lo sé.

—No lo digo para reclamar mérito.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué parece molesta?

Beatrice tomó aire.

—Porque saberlo no me molesta.

Nathaniel se quedó completamente quieto.

Ella bajó la mirada al libro azul.

—Ese es el problema.

La biblioteca se volvió demasiado silenciosa.

El tipo de silencio que no era vacío, sino lleno de cosas que ambos no estaban diciendo.

Nathaniel dio medio paso atrás.

No por rechazo.

Por cuidado.

Beatrice lo entendió y, por alguna razón, eso le dolió un poco.

—No vuelva a esconderse demasiado detrás de la prudencia —dijo ella.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—Estoy aquí.

—Sí.

—Y quiero acercarme.

Beatrice dejó de respirar.

Él no avanzó.

—Pero no quiero que una caída decida por usted.

Beatrice sintió que la frase le alcanzaba la garganta.

No era decepción.

O quizá sí.

Pero también era alivio.

Siempre esas dos cosas con él.

—Qué irritante —murmuró.

—¿La prudencia?

—La decencia.

Nathaniel casi sonrió.

—Lo siento.

—No lo siente.

—No del todo.

Beatrice abrió el libro azul con manos que pretendían ser firmes. La nota seguía allí.

La tomó antes de que Nathaniel pudiera verla.

Naturalmente, él vio que había tomado algo.

Naturalmente, no preguntó.

—Era una nota —dijo ella, porque no soportó la ausencia de pregunta.

—Entiendo.

—No debía encontrarla.

—Entonces me alegra no haberla buscado.

—Eso es muy noble.

—No siempre.

—No me contradiga cuando intento acusarlo.

Nathaniel bajó la mirada.

—Como quiera.

Beatrice guardó la nota en su guante.

Un lugar pésimo para una nota.

Pero muy práctico para una retirada emocional.

—Puedo explicar —dijo.

—No tiene que hacerlo.

—Eso lo vuelve más difícil.

—Lo sé.

—Es una nota provisional.

—Ya veo.

—No una confesión.

—Por supuesto.

—Ni una promesa.

—No.

—Ni una declaración.

—No lo habría supuesto.

Beatrice lo miró.

—Mentiroso.

Nathaniel sonrió apenas.

—Moderadamente.

Contra toda prudencia, Beatrice sonrió también.

Y entonces la puerta de la biblioteca se abrió.

—Debo decir —anunció Sebastián Ashford desde la entrada— que, en mi experiencia, cuando dos personas tardan tanto en buscar un libro, o están leyendo muy despacio o haciendo historia.

Beatrice cerró el libro azul de golpe.

Nathaniel cerró los ojos.

—Sebastián.

Sebastián entró y se detuvo al ver la escalera, el libro en manos de Beatrice, el color en el rostro de ambos y la distancia cuidadosamente reconstruida entre ellos.

Su expresión se iluminó.

—Oh.

—No —dijo Beatrice.

—No he dicho nada.

—Ese “oh” llevaba subtítulo.

Sebastián miró la escalera.

Luego a Nathaniel.

Luego a Beatrice.

—Permítanme adivinar.

—No —dijo Nathaniel.

—La señorita Montclair subió por un libro.

—No.

—La escalera traicionó su dignidad.

—Sebastián.

—Nathaniel la atrapó.

Beatrice levantó el libro.

—Señor Ashford, este volumen puede convertirse en proyectil.

Sebastián llevó una mano al pecho.

—Qué escena. Qué estructura. Qué uso de mobiliario vertical.

—No fue una escena —dijo Beatrice.

Sebastián miró la escalera con reverencia.

—Fue una escalera apasionada.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nathaniel abrió los ojos lentamente.

—No.

Beatrice apretó el libro contra su pecho.

—Definitivamente no.

Sebastián asintió, satisfecho.

—Entonces queda decidido. La escalera apasionada.

—No queda decidido nada —dijo Beatrice.

—Demasiado tarde. Algunas frases nacen con destino.

Nathaniel avanzó hacia su hermano con una calma peligrosa.

—Sebastián.

—Me retiro. No quiero interrumpir el momento posterior a la escalera apasionada.

—Si lo repite —dijo Beatrice—, escribiré una nota al margen de su vida.

Sebastián sonrió.

—Temo que eso la haría más interesante.

—No lo tiente —dijo Nathaniel.

Sebastián retrocedió hacia la puerta.

—Lady Ashford pregunta si encontraron el libro.

Beatrice levantó el volumen.

—Sí.

—¿Y algo más?

Nathaniel lo miró.

Sebastián levantó ambas manos.

—Pregunta inocente. Me voy antes de ser retirado físicamente.

Salió.

La puerta quedó abierta.

Muy abierta.

Beatrice miró a Nathaniel.

—Su hermano es una desgracia con piernas.

—Sí.

—Y ahora hay una escalera apasionada.

—No si nos negamos a reconocerla.

—Sebastián la reconocerá por ambos.

Nathaniel suspiró.

—Probablemente.

Beatrice bajó la mirada al libro azul.

Luego a la escalera.

Luego al guante donde escondía la nota.

—Esto es culpa suya.

—¿Mía?

—Usted me prestó una biblioteca con estantes altos.

—Mi madre prestó el libro.

—Usted pertenece a la casa. Comparta responsabilidad.

—Acepto una parte moderada.

—Qué valiente.

Nathaniel la miró.

—¿Está segura de que está bien?

Beatrice sintió que la pregunta ya no la molestaba como antes.

Tal vez porque ahora entendía que, en él, cuidado no significaba dueño.

—Sí.

—Bien.

—Y no se ponga satisfecho por haberme atrapado.

—No lo haré.

—Se nota que quiere.

—Sí.

—Entonces fracasa.

—¿Moderadamente?

Beatrice sonrió.

—Cada vez menos.

Tomó el libro azul y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Nathaniel.

—Sí.

Sacó la nota del guante.

La sostuvo un momento.

Luego volvió a guardarla.

—No está lista.

Él la miró con una calma que dolió un poco.

—Entonces esperará.

—¿La nota?

—Usted.

Beatrice sintió que el corazón hacía algo muy poco educado.

—Eso fue demasiado.

—Lo sé.

—No se disculpe.

—No iba a hacerlo.

Ella asintió.

Salieron juntos de la biblioteca, dejando atrás la escalera.

En el salón, Sebastián los esperaba con una expresión demasiado inocente para ser tolerada.

—¿Encontraron todo?

Beatrice lo miró.

—Encontré una nueva razón para desconfiar de los muebles altos.

—Y yo he encontrado un título.

—No lo diga.

Sebastián sonrió.

—Jamás.

Lady Agatha, sentada junto a Lady Ashford, lo observó con sospecha.

—Señor Ashford.

—Lady Agatha.

—¿Qué hizo?

—Nada.

Beatrice se sentó con el libro azul sobre el regazo.

—Eso, en él, significa demasiado.

Nathaniel tomó asiento cerca, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.

Beatrice fue consciente de la nota escondida en su guante y del lugar exacto donde la mano de Nathaniel la había sostenido.

La escalera, decidió, había sido una traidora.

Pero también una mensajera.

Porque, en algún punto entre el susto, la cintura y la risa de Sebastián, Beatrice había comprendido algo terrible.

La cercanía con Nathaniel ya no parecía un accidente que debía corregirse.

Parecía algo que ambos estaban aprendiendo a sostener.

Sin rumor.

Sin obligación.

Sin que nadie los empujara.

Aunque, por desgracia, con Sebastián poniéndole títulos.

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