Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 21. corazón roto
Capítulo . 21 corazón roto
La energía en el balcón de las estrellas se volvió insoportable. Sariel se sentía traicionado por Miguel, El rayo púrpura, que siempre había sido una fuerza de transmutación y equilibrio, comenzó a emitir chasquidos de una electricidad oscura y errática.
Sariel temblaba, no de miedo, sino de una furia que nacía de la decepción más profunda.
- ¡Me mirabas a los ojos, Miguel! Sabiendo lo que sentía por ella, rugió Sariel, ignorando las manos de Zadquiel que intentaban sujetarlo
- ¡Me dabas órdenes de combate y me hablabas de honor, mientras en tu silencio me robabas la única luz que me mantenía en pie! ¡Me trataste como a un subordinado, no como a tu hermano!, gritó Sariel
Miguel, rompiendo por primera vez su postura de mando, se lanzó contra la barrera de luz que lo separaba de Sariel. El impacto del cuerpo del comandante de los cielos, contra el muro traslúcido hizo que todo el balcón vibrara.
- ¡Sariel, escúchame! Gritó Miguel, con una desesperación que desgarraba su voz. ¡No fue por rango, fue por amor! ¡Prefería que me odiaras por mi silencio que destruirte con mi verdad! ¡Mírame! Miguel golpeó la barrera una vez más, y esta vez, el cristal cedió.
No por la fuerza física de Miguel, sino porque la agonía de los hermanos era tan potente que ninguna ley de los arcángeles podía contenerla. Miguel cruzó el umbral y, antes de que Sariel pudiera invocar su arma, lo rodeó con sus brazos en un abrazo férreo, casi violento por la necesidad de contenerlo.
- ¡Suéltame! , forcejeó Sariel, aunque sus alas perdieron fuerza al sentir el calor de la esencia dorada de su hermano
- ¡No quiero tu piedad! Gritó Sariel
-¡No es piedad, es dolor! , le susurró Miguel al oído, apretándolo más fuerte
- Me voy, Sariel. El consejo me ha exiliado y acepto mi castigo. Pero tú no te vas a ir a los confines por despecho. No permitiré que mi error apague tu luz. Quédate… quédate y protege a Alanis como yo no supe hacerlo sin mentir. Dijo Miguel
Sariel se quedó rígido. Las lágrimas de luz pura finalmente brotaron de sus ojos, mojando la hombrera de la armadura de Miguel. La rabia comenzó a transformarse en un vacío desolador.
- No puedo quedarme, Miguel , dijo Sariel con la voz rota, dejando de luchar. Cada rincón de estos jardines me recordará que ella te eligió a ti… y que tú, mi héroe, me consideraste demasiado débil para saberlo.
Sariel se soltó del abrazo con una lentitud dolorosa. Miró a Alanis una última vez, ella estaba colapsada contra el suelo, llorando en silencio. Luego miró a Zadquiel, quien sentía el desgarro de la conexión gemela como si le estuvieran arrancando un ala.
- Cumpliré mi palabra , sentenció Sariel, desplegando sus alas que ahora tenían vetas de un gris ceniza. Me voy a las fronteras. Pero no me voy por el cielo, ni por el deber, ni por ti, Miguel. Me voy porque aquí ya no reconozco a nadie.
Sin una palabra más, Sariel se lanzó al vacío del balcón, dejándose caer hacia las sombras de los confines. Zadquiel soltó un grito de agonía, cayendo de rodillas al sentir cómo la mitad de su alma se alejaba a una velocidad vertiginosa, dejando el rayo púrpura mutilado y frío.
El silencio que descendió sobre el Balcón de las Estrellas fue más devastador que cualquier estruendo de batalla. Sariel ya no era más que un punto amatista perdiéndose en el abismo de los confines, dejando tras de sí una estela de energía herida que hacía vibrar el aire con un lamento eléctrico.
Miguel permaneció de pie, con los brazos aún extendidos hacia el vacío, sintiendo el frío del metal de su armadura como nunca antes. Sus ojos dorados, siempre cargados de una determinación inquebrantable, se apagaron, volviéndose opacos como el oro viejo.
- Se ha ido… susurró Miguel, y la palabra pesó más que todo el firmamento. Mi hermano se ha llevado la mitad de mi espíritu a las sombras, y yo soy el arquitecto de su exilio.
Gabriel se acercó, pero no hubo consuelo en su rostro, solo la ejecución implacable de la ley que Miguel mismo había jurado proteger.
- Tu tiempo en este balcón ha terminado, Miguel , sentenció Gabriel, señalando hacia el portal opuesto, aquel que conducía a las fronteras del primer círculo.
El consejo no revocará la sentencia. Debes partir ahora. Tu presencia aquí solo profundiza la herida de los Jardines.
Miguel no luchó. No miró atrás. Con un movimiento mecánico, desplegó sus alas, que antes brillaban como el sol y ahora arrastraban sombras de culpa. Cruzó el portal sin despedirse de Alanis aceptando su destierro como la única forma de purgar la traición que, aunque nacida del amor, había fragmentado a su familia.
En el centro del balcón, Alanis quedó de rodillas, rodeada por los restos de la barrera de luz que se había desintegrado. Sus manos acariciaban el suelo de cristal, buscando el rastro de calor de un amor que ahora estaba a mundos de distancia.
Zadquiel, colapsado a unos metros de ella, se abrazaba a sí mismo, temblando mientras el rayo púrpura emitía pulsos débiles y agonizantes en su pecho, clamando por la mitad gemela que ya no estaba.
Los arcángeles se retiraron uno a uno, dejando a Alanis en una soledad absoluta. La luz de los jardines comenzó a palidecer, tornándose de un gris melancólico. Ella levantó la mirada hacia las estrellas, pero ya no veía en ellas guía ni esperanza.
-Tres corazones rotos para salvar un equilibrio que ya no siento , murmuró Alanis, y su voz se perdió en el viento frío. Miguel en el destierro, Sariel en la oscuridad… y yo, habitando un paraíso que ahora no es más que una jaula de cristal vacía.
El cielo se cerró, dejando a cada uno en su propio infierno de silencio, mientras el rayo púrpura, herido de muerte, dejaba de brillar en la noche eterna del firmamento.
Los tres habían quedado aislados por sus propias decisiones y por las leyes de los arcángeles así él tiempo siguió fluyendo pero ya no en armonía... Continuará