Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 1
Si alguien me hubiera pedido, en aquel entonces, que describiera un día cualquiera de mi vida con Alan, no habría sabido por dónde empezar sin sonreír como una tonta. Ahora, mirando atrás, me doy cuenta de que esa sonrisa era casi un acto de fe.
Siempre despertaba antes que él.
El despertador sonaba a las cinco cuarenta y yo lo apagaba al primer timbre para regalarle unos minutos más de sueño. Alan casi nunca descansaba lo suficiente. Podía acostarse de madrugada después de pasar horas frente a la computadora y, aun así, levantarse convencido de que aquel sería el día en que alguien por fin respondería uno de sus correos.
Mientras él dormía, yo preparaba café.
Era malo. Terriblemente malo.
Durante los primeros meses comprábamos el más barato que encontrábamos y algunas mañanas recalentaba el del día anterior porque desperdiciar cualquier cosa me parecía un lujo que no podíamos permitirnos.
Ese tipo de pensamientos eran nuevos para mí.
Había crecido en una casa donde nunca tuve que preguntarme cuánto costaba la comida, si una factura podía esperar o si comprar algo significaba renunciar a otra cosa. Todo estaba ahí antes de que yo pudiera necesitarlo.
Con Alan aprendí lo contrario.
Aprendí a mirar precios, a esperar ofertas, a estirar el dinero hasta fin de mes y a distinguir entre lo que quería y lo que realmente necesitaba.
También aprendí a cocinar.
No bien, al principio.
Quemé más comidas de las que me gustaría admitir. Arruiné ropa intentando lavarla y hubo días en que terminé llorando de frustración por cosas que, desde fuera, parecían insignificantes.
Nunca se lo contaba a Alan.
No porque me avergonzara, sino porque no quería que pensara que me arrepentía.
No lo hacía.
Extrañaba a mi familia. Extrañaba a mi madre. Extrañaba a Samantha. Extrañaba la sensación de entrar a una casa que había sido mía desde siempre.
Pero no quería volver.
Aquella vida era difícil, sí, aunque también era la primera que había elegido completamente por mí misma.
Nuestro departamento era pequeño. Una sola habitación, una cocina estrecha y paredes tan delgadas que terminamos conociendo demasiado bien los hábitos de los vecinos. Algunas noches se escuchaban discusiones, televisores a todo volumen y otras cosas bastante menos discretas que conseguían hacernos reír bajo las sábanas.
Con el tiempo, incluso terminé tomando cariño a esas paredes.
Eran feas.
Mal aisladas.
Y completamente nuestras.
No teníamos oficina.
La sala era suficiente.
La mesa de centro estaba siempre cubierta de hojas, diagramas, tazas vacías, cargadores y presentaciones impresas que Alan corregía una y otra vez.
Al principio yo solo ayudaba con cosas pequeñas.
Revisaba la ortografía de sus correos, corregía frases demasiado largas y buscaba información que pudiera servirle.
Después empecé a involucrarme más.
Mucho más.
Alan tenía buenas ideas, pero algunas veces se quedaba atrapado dentro de ellas. Daba por sentado que todo el mundo veía lo que él veía y, cuando intentaba explicarlo, terminaba complicándolo demasiado.
Yo aprendí a ordenar.
A simplificar.
A mirar las propuestas como las miraría alguien que no había pasado meses pensando en ellas.
Empecé a investigar mercados, revisar cifras, comparar modelos de negocio y reorganizar presentaciones enteras.
Sin darme cuenta, también descubrí que era buena en eso.
No había imaginado que lo sería.
Durante toda mi vida me habían preparado para ser una mujer educada, competente, agradable, capaz de moverse en cualquier salón sin cometer errores. Pero nadie me había enseñado lo mucho que podía disfrutar resolver un problema difícil a las dos de la madrugada o encontrar la forma exacta de explicar una idea para que alguien finalmente quisiera escucharla.
Alan había creado la empresa.
Pero yo también estaba construyendo algo.
Aunque mi nombre no apareciera en ninguna parte.
Eso nunca me molestó entonces.
La empresa era su sueño.
Yo solo quería ayudarlo a convertirlo en realidad.
El primer año fue el más duro.
Las negativas llegaban una tras otra.
Algunos inversionistas ni siquiera respondían.
Otros aceptaban una reunión, escuchaban durante una hora y luego desaparecían.
Hubo meses en que parecía que estábamos atrapados en el mismo punto.
Alan se frustraba.
Yo también.
Pero nunca al mismo tiempo.
Cuando él quería rendirse, yo encontraba una razón para seguir.
Cuando era yo quien empezaba a perder la paciencia, bastaba con verlo volver a intentarlo para recordar por qué estábamos haciendo todo aquello.
Vivíamos cansados.
Comíamos mal.
Dormíamos poco.
Y, aun así, había algo emocionante en esos días.
Algo que nunca volví a sentir de la misma manera.
Cada pequeña victoria parecía enorme.
Una respuesta positiva.
Una segunda reunión.
Un posible contacto.
Cualquier señal de que alguien, en algún lugar, empezaba a tomarnos en serio.
Recuerdo especialmente la primera vez que un inversionista mostró interés real.
No era una gran cantidad.
Ni siquiera suficiente para resolver todos nuestros problemas.
Pero esa noche celebramos como si hubiéramos conquistado el mundo.
Compramos una botella de vino barato y cenamos sentados en el suelo porque todavía no teníamos una mesa decente.
Yo llevaba una camiseta de Alan y el cabello recogido de cualquier manera.
Él parecía agotado.
Y yo no podía dejar de sonreír.
Estaba a unos meses de cumplir veintitrés años.
Mi familia no sabía de mí.
Mi cuenta bancaria estaba casi vacía.
Y, aun así, me sentía orgullosa.
No solo de Alan.
También de mí.
Porque había sobrevivido.
Había aprendido.
Había dejado de ser la muchacha que no sabía ni cuánto costaba llenar una despensa.
Me había convertido en alguien capaz de resolver cosas sola.
Y eso, aunque entonces no lo entendiera del todo, iba a terminar siendo uno de los mayores regalos de aquellos años.
Nunca me detuve a preguntarme cuánto de mí estaba dejando en el camino.
Nunca me lo pregunté hasta que fue demasiado tarde para hacerlo con calma. Porque ahora, con la distancia que solo dan el tiempo y el dolor, entiendo algo que entonces me habría parecido imposible: yo amaba lo suficiente por los dos, y confundí esa suficiencia con reciprocidad. Un amor que una sola persona sostiene, por más real y grande que se sienta desde dentro, en realidad nunca fue tan fuerte como yo quise creer.
Que paso por fin con Alan Reed 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Isabella no captas todavía que ese hombre llamado Alexander Blackwood te conoce creo que más de lo que imaginamos hasta el gusto con la casa.
La hermana si es otra persona más emotiva es la única que se alegra de verla de vuelta.
Estás a punto de enfrentar a tus padres algo que temias pero ya es un hecho veremos cómo te reciben.