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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Sangre en la Hoja y el Vació del Trono

El olor de los barracones reales no se quitaba con agua ni con aceite de pino; se metía debajo de las uñas, se impregnaba en las fibras de la lana y se quedaba a vivir en el fondo de la garganta. Era una mezcla densa de sudor seco, cuero curtido, grasa de cerdo para pulir las corazas y el vapor rancio que exhalaban ochenta reclutas apiñados en literas de madera carcomida, esperando el toque de queda.

Kassandra creció oliendo ese aire. No recordaba un rostro al que llamar madre, ni una mano suave que le apartara el cabello de la frente cuando la fiebre de las malas cosechas la derribaba en los rincones del campamento de infantería. Su padre, un sargento con una cicatriz en forma de ancla que le cruzaba la mandíbula y le deformaba la comisura de los labios, no le dio una infancia; le dio un método de supervivencia.

—Si lloras, el dolor dura el doble porque te ganas un latigazo por debilidad —le soltaba el viejo a gritos cada vez que la niña, con apenas seis años, tropezaba en el fango durante las marchas forzadas del amanecer—. En este mundo o aprendes a cargar tu propio peso, o te conviertes en la paja que pisan las botas de los señores. El reino no alimenta estómagos vacíos por caridad; alimenta herramientas útiles.

A los diez años, las manos de Kassandra ya no eran las de una niña. Tenían la piel gruesa, cuarteada por el frío de las madrugadas en vela haciendo guardia en las murallas exteriores, y los nudillos permanentemente amoratados de golpear los maniquíes de entrenamiento. No jugaba con muñecas; su juguete era una espada de madera de roble desbalanceada que su padre le había tallado a cuchillo, con la que pasaba horas repitiendo los mismos cortes básicos hasta que los músculos de los hombros le temblaban de fatiga.

El mundo exterior, el que se extendía más allá de las altas murallas de piedra de la capital, era para ella un rumor lejano, un territorio abstracto donde vivían los campesinos sucios que pagaban los impuestos y los bandidos que los caballeros salían a cazar como a perros rabiosos. Ella no cuestionaba el orden de las cosas. Para una niña criada en la disciplina militar, la corona era una entidad casi divina, la cúspide perfecta de una pirámide que garantizaba que el caos no devorara a los débiles. Creía firmemente que el rey y sus barones eran los protectores del reino, la muralla invisible que contenía la barbarie.

A los catorce años, su padre murió de una pulmonía mal curada que lo devoró en menos de una semana, tosiendo sangre negra sobre la paja del suelo. No hubo funerales con honores ni lágrimas de la aristocracia. Su cuerpo fue arrojado a una fosa común junto a otros tres infantes rasos. Esa misma tarde, el capitán de la compañía mandó a llamar a Kassandra a la tienda de mando.

—Tu viejo servía bien a la corona, muchacha —le dijo el oficial sin mirarla a los ojos, mientras firmaba unos rollos de pergamino con pluma de ganso—. Tienes su temperamento y su altura. Desde mañana dejas el barracón de infantería general. Te asignamos como escudera de cuarta clase bajo el mando del barón de Vane. Gánate el acero que llevas en la cintura o termina en la fosa con tu padre. Esa es tu única opción.

El día que se puso por primera vez la cota de malla real —una pesada malla de hierro anillado que le apretaba los hombros y le rozaba el cuello—, Kassandra sintió que por fin había cruzado la frontera invisible que separaba a las alimañas de los elegidos. Su reflejo en el espejo de metal pulido del armero mostraba a una joven de mirada dura, mandíbula firme y un casco que le quedaba ligeramente grande. Se prometió a sí misma que nunca volvería a pasar hambre, que nunca volvería a dormir en el lodo sin un techo, y que su espada siempre respondería con lealtad absoluta a la mano que le daba de comer.

Los primeros años como caballero itinerante reforzaron esa ilusión de hierro. Recorrer los caminos polvorientos del reino a lomos de un caballo de guerra robusto, vistiendo el estandarte real y sintiendo el respeto temeroso de los aldeanos al ver pasar el brillo del acero, era una embriaguez constante. Cuando una revuelta campesina estallaba en los pueblos del sur por los abusos de los recaudadores de impuestos, ella era de las primeras en desenvainar para restablecer el orden.

—La ley es la ley —les repetía a los aldeanos que se arrodillaban a su paso, suplicando clemencia con las manos vacías—. Si el diezmo no se paga, los graneros del reino caen, y sin graneros no hay ejércitos que los defiendan de los clanes del norte. Ustedes pagan con grano; nosotros pagamos con sangre.

Estaba convencida de que esa lógica áspera era el precio de la civilización. No veía la maldad en los latigazos a los ladrones de caminos, ni en el cobro implacable de los impuestos a las viudas. Era el engranaje funcionando. Si una pieza fallaba, todo lo demás se derrumbaba.

Hasta que llegó el otoño del tercer año de su nombramiento.

La orden de marcha llegó en un pliego sellado con cera roja: el feudo de Oakhaven, en las tierras bajas del oeste, llevaba tres años sufriendo una sequía implacable. Los pozos estaban secos, el ganado había muerto por falta de pasto y las familias se alimentaban de raíces y corteza de árbol. A pesar de la hambruna generalizada, el conde local había ordenado confiscar el cien por ciento de las escasas reservas de grano que los campesinos guardaban celosamente para la siembra del año siguiente, destinándolas a llenar las bodegas del castillo central para un banquete que duraría un mes.

Los aldeanos, empujados al límite absoluto de la desesperación, no tomaron las armas para una rebelión organizada; simplemente se arrodillaron frente a las puertas macizas de la fortaleza, con los rostros demacrados, los ojos hundidos y los niños llorando en brazos, pidiendo una mínima ración para no morir congelados durante el invierno que se avecinaba.

Cuando Kassandra llegó al frente de su escuadrón, montada en su corcel y con la visera levantada, esperaba encontrarse con una turba violenta de forajidos. En su lugar, vio a hombres y mujeres ancianos, con la ropa hecha girones, cantando letanías silenciosas y sosteniendo pedazos de pan duro cubiertos de tierra.

El comandante de la operación, un veterano de rostro curtido y mirada fría llamado lord Vane, no se dignó a desmontar. Se limitó a mirar a la masa de hambrientos desde lo alto de su silla de montar, con una mueca de absoluta repulsión, como si tuviera enfrente a una plaga de insectos dañinos.

—Llevan tres días bloqueando el acceso de las mercancías del conde —escupió Vane, con una voz rasposa que cortaba el aire helado de la mañana—. El edicto real es claro: la propiedad del señor es sagrada. Todo aquel que obstruya el suministro real comete alta traición.

Kassandra dio un paso al frente con su caballo, sintiendo una punzada de incomodidad que intentó disimular bajo su postura militar.

—Mi señor, son solo campesinos hambrientos —dijo ella, con cautela, midiendo cada palabra frente al superior—. No tienen armas de acero ni estandartes. Si les permitimos conservar una parte de la reserva, volverán a sus chozas y el orden quedará restablecido sin derramar sangre innecesaria.

Vane giró lentamente la cabeza hacia ella, y sus ojos —pequeños, oscuros, llenos de una apatía cínica— la atravesaron como si fuera una recluta impertinente.

—¿Desde cuándo una perra de los barracones de infantería se pone a opinar sobre la contabilidad de la nobleza, Kassandra? —respondió el comandante con una sonrisa torcida—. Si les das un grano hoy, mañana querrán el granero entero. Y si el resto de los feudos ve que en Oakhaven se negocia con la chusma, el sistema entero se viene abajo. La debilidad se paga con sangre, no con caridad. Ordena la carga. Limpien la plaza.

Las palabras cayeron sobre el aire gélido como un mazo de hierro contra un yunque. Kassandra sintió que el corazón se le congelaba en el pecho. Miró a los campesinos arrodillados, a una madre que apretaba contra su pecho a un bebé de pocos meses, y luego miró a sus propios compañeros de armas: hombres con los que había compartido fogatas, risas y cicatrices, que ya estaban desenvainando las espadas largas con una naturalidad mecánica, sin el menor atisbo de duda en los rostros.

—¿Mi señor...? —intentó objetar ella, con la voz quebrándose por primera vez en su vida militar.

—Una orden es una orden, caballero —escupió Vane, desenvainando su propia hoja con un zumbido metálico—. O ejecutas la carga, o te unidas a la chusma en la fosa común. Tú decides de qué lado de la espada quieres estar.

El tiempo se detuvo. El sonido del viento entre los árboles secos pareció apagarse, reemplazado por el zumbido furioso en sus propios oídos. En ese segundo exacto, toda la estructura mental que había construido desde que era una niña —la idea de que el reino protegía algo sagrado, de que el honor militar significaba algo más que obedecer a un tirano con corona— se derrumbó como un castillo de naipes podrido. Comprendió, con una claridad dolorosa y visceral, que el honor por el que había sangrado durante una década no era más que una coartada elegante para proteger a los carniceros.

Y entonces, el infierno se desató.

—¡Carga! —gritó Vane.

Los caballos arrancaron al galope. El sonido de los cascos aplastando la tierra y el grito colectivo de los soldados rasos rompieron el silencio de la mañana. Kassandra, arrastrada por el impulso automático de la disciplina y el terror a ser ejecutada en el acto, picó espuelas a su montura y avanzó con el escuadrón.

Lo que vio en los minutos siguientes se grabó a fuego vivo en su memoria, convirtiéndose en una pesadilla recurrente que la perseguiría durante el resto de sus días.

Los soldados no cumplieron con una misión táctica; ejecutaron una masacre sistemática. Las chozas de paja fueron incendiadas con antorchas de brea mientras las familias intentaban escapar por las puertas traseras. Vio a un sargento al que consideraba su amigo clavar su lanza sin vacilar en el abdomen de una anciana que suplicaba clemencia en el suelo. Vio a niños pequeños corriendo despavoridos entre el humo negro, solo para ser derribados por flechas de ballesta lanzadas desde la retaguardia por puro divertimento de la soldadesca ebria de sangre.

Kassandra cabalgaba en medio del caos con la espada en la mano, sintiendo que el aire le quemaba los pulmones. Intentó apartarse del foco principal de la carnicería, buscando un rincón donde el horror fuera menos denso, cuando un joven aldeano —apenas un muchacho de quince años, con los ojos inyectados en sangre y una horca de madera en las manos— emergió de entre las llamas de una choza derruida, arremetiendo directamente contra su caballo con un grito gutural de pura rabia ciega.

Por puro reflejo muscular, condicionado por diez años de entrenamiento militar implacable, el brazo de Kassandra se movió solo.

El filo de acero cruzó el aire con precisión letal, atravesando el pecho del muchacho antes de que este pudiera siquiera levantar la punta de la horca. El cuerpo del joven se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par, llenos de una sorpresa inocente, antes de desplomarse pesadamente en el lodo rojizo a los pies del caballo. La sangre caliente salpicó la bota de hierro de Kassandra, manchando la placa de metal con un tono oscuro e indeleble.

Kassandra se quedó helada sobre la silla de montar. Su respiración se detuvo por completo. Miró la espada ensangrentada en su mano, luego el cuerpo inerte del muchacho que no había hecho más que intentar defender su hogar, y finalmente a su alrededor: soldados riendo, carpas ardiendo, niños muertos y un reino entero construido sobre los huesos de los inocentes.

Nadie la felicitó por la baja. Para sus compañeros, aquello no era más que el trabajo diario de limpiar la escoria.

Esa misma noche, mientras el campamento entero celebraba la victoria con barriles de vino robado y cánticos obscenos alrededor de las hogueras que aún iluminaban las ruinas humeantes de Oakhaven, Kassandra tomó su decisión.

No fue una decisión heroica, ni un discurso lleno de ideales elevados. Fue el resultado inevitable de una mente que había dejado de creer en la mentira.

Aprovechando el cambio de guardia a medianoche, cuando el cansancio y el alcohol mantenían a los centinelas medio adormecidos, entró a su tienda de campaña por última vez. Se despojó del pesado yelmo de hierro y lo arrojó al suelo con desprecio. Tomó su daga de combate y, con movimientos firmes y fríos, comenzó a rasgar el emblema real de su capa de viaje, arrancando los hilos dorados de la corona hasta dejar la tela convertida en un trapo oscuro y anónimo.

Salió de la tienda a pie, sin despertar a su caballo de guerra —demasiado pesado y fácil de rastrear, prefiriendo uno más ligero de los corrales secundarios—, y se adentró en la espesura del bosque que bordeaba los límites del feudo.

Cuando cruzó la línea invisible de los árboles y dejó atrás el resplandor de las hogueras del campamento, el frío de la noche le golpeó el rostro con fuerza. No tenía oro, no tenía un plan definido de hacia dónde ir, y sabía perfectamente que si la capturaban, su castigo sería la horca por alta traición. Pero por primera vez en su vida, mientras el peso del estandarte real caía al suelo hecho jirones, sintió que sus manos, aunque manchadas de sangre, le pertenecían única y exclusivamente a ella.

El silencio de los días posteriores a su huida no trajo alivio, sino un frío diferente. Dejar atrás el campamento de Oakhaven y los restos humeantes de la aldea fue apenas el primer paso; lo verdaderamente insoportable fue el vacío que quedó cuando el ruido de la bota militar dejó de dictarle cada hora del día.

Durante sus primeras semanas como prófuga, Kassandra experimentó el terror físico del desarraigo. Ya no pertenecía a ninguna unidad, no tenía un estandarte que la respaldara ante un tabernero ni una cantimplora asegurada por la intendencia real. Cada vez que escuchaba el galope lejano de un caballo en el camino, los músculos se le tensaban por puro reflejo defensivo, esperando ver la silueta de los sabuesos de lord Vane con las órdenes de ejecución firmadas.

Para sobrevivir, tuvo que aprender a desaprender. El ejército le había enseñado a marchar en formación cuadrada, a atacar a la orden y a confiar ciegamente en la línea de escudos que tenía al lado. En la clandestinidad, esas tácticas eran una sentencia de muerte. Tuvo que despojarse de la armadura pesada que tanto le había costado ganar —pieza por pieza, vendiendo las hombreras de acero en un mercado clandestino a cambio de pan duro y vendas limpias—, hasta quedarse únicamente con una cota ligera y su espada de acero, la única compañera que no le exigía lealtad ciega.

En esos meses de soledad en los caminos secundarios, la culpa no la soltó. Cada vez que cerraba los ojos junto a una hoguera improvisada en el lodo, revivía el rostro del muchacho de la horca cayendo en el barro. Se preguntaba si su rebelión había llegado demasiado tarde, si su silencio cómplice durante los primeros años en el ejército la convertía en algo peor que los monstruos que mandaban a quemar pueblos enteros.

Fue en esa travesía a la deriva, esquivando patrullas y alimentándose de lo que encontraba en los márgenes de los feudos, donde entendió que la verdadera crueldad del reino no estaba en las espadas de los caballeros, sino en la absoluta indiferencia con la que el sistema descartaba a los suyos cuando ya no servían para reprimir.

Por eso, cuando meses después observó desde la maleza a aquel joven esquelético, descalzo y famélico construyendo una ballesta con ramas y tendones, vio algo que le devolvió un atisbo de claridad en medio de la niebla: una mente fría, rota por el mismo mundo cínico que a ella la había expulsado, pero lo suficientemente terca como para negarse a morir de rodillas.

Devuelta en el presente, El sonido de sus pasos crujiendo sobre la grava suelta de los Valles Muertos era el único compás que marcaba el ritmo de la marcha. La neblina matutina se aferraba a los matorrales secos como jirones de lana sucia, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros a la redonda.

Kassandra caminaba con la vista fija en el sendero, el mentón hundido en el cuello alto de su capa y la mano derecha descansando de manera inconsciente sobre el pomo de su espada. Había permanecido en silencio durante gran parte de la mañana, con la mandíbula tensa, procesando todavía el peso de los recuerdos que acababa de desenterrar.

Leo avanzaba a su lado, manteniendo un paso constante pero ahorrando energía. Sus ojos analizaban el terreno de manera metódica, calculando pendientes, puntos ciegos y posibles rutas de escape si la niebla decidía cerrarse por completo. A pesar de la rigidez de su compañero, la atmósfera entre ambos había cambiado de forma sutil; ya no era el cruce de amenazas de dos animales acorralados, sino la tregua tensa de dos desertores que sabían que dependían el uno del otro.

—Diez años cargando con esa mierda de armadura y obedeciendo ciegamente a imbéciles que jamás han empuñado un acero por convicción —rompió el silencio Leo, sin mirarla, con la voz seca y monótona—. Es un desperdicio de talento biológico impresionante.

Kassandra giró ligeramente el rostro hacia él, sorprendida por la franqueza quirúrgica del comentario.

—No lo llamaría talento —respondió ella con una amargura sutil en la voz, ajustando la correa de su mochila al hombro—. Es adiestramiento. Te enseñan a apagar el cerebro para que no tengas que cargar con la culpa de lo que tus manos hacen por orden de otro. Cuando te quitas el casco y te das cuenta de que la corona por la que sangraste solo es un negocio de sanguijuelas, ya es tarde; tienes las manos demasiado manchadas para volver a empezar.

—El pasado no se borra lavándose las manos en un arroyo, Kassandra —replicó Leo con total frialdad, deteniéndose un segundo para medir la altura del peñasco a su izquierda antes de continuar la marcha—. Las manchas de óxido no salen con agua; hay que pulir el metal o cambiar la pieza por completo. Tú decidiste cambiar la pieza al desertar. Ahora el problema no es lo que hiciste ayer, sino si vas a flaquear cuando nos crucemos con la primera patrulla que venga a cobrarse tu cabeza.

Kassandra soltó una exhalación corta, un sonido áspero que estuvo a punto de convertirse en una sonrisa torcida. Aceleró el paso para emparejarse mejor con él, esquivando una roca puntiaguda con la agilidad innata de quien lleva media vida en el lodo.

—No te preocupes por mi pulso cuando toque pelear, ingeniero —le espetó con un destello de desafío en los ojos oscuros—. Me preocupa más que tu mente brillante se congele la primera vez que la realidad de este mundo te pida algo más sucio que armar ballestas de madera.

—No te equivoques —dijo Leo, girando la cabeza para mirarla directamente a los ojos con una intensidad glacial—. En mi mundo aprendí algo muy claro: cuando el sistema está diseñado para destruirte, la única moral que sirve es la efectividad. Si tenemos que ensuciarnos las manos para cruzar esa cordillera, seré el primero en sostener el cuchillo.

Kassandra asintió lentamente, sin apartar la vista de él. La brisa helada del valle sacudió sus cabellos oscuros, pero ninguna palabra más rompió el silencio. Con el paso firme y la mente alerta, ambos continuaron adentrándose en la niebla, dejando atrás los fantasmas del reino y avanzando hacia lo desconocido.

La gravilla crujía bajo las botas acompasadamente, marcando un ritmo monótono que invitaba a la introspección o al desvarío. Leo dio unos pasos más, esquivando una raíz semipodrida que sobresalía del sendero, antes de decidirse a romper el silencio que se había instalado entre ellos.

—Oye, Kassandra —empezó, con el tono neutro de quien lanza una pregunta al aire sin darle demasiada importancia—. Antes de que te asignaran al feudo de Oakhaven y te convirtieras en el perro guardián de lord Vane, debiste estar en otros frentes. ¿Dónde fue tu primer bautismo de sangre? ¿Contra qué clase de escoria te mandaban cuando todavía creías en los cuentos de hadas de la corona?

Kassandra no se detuvo, pero la nuca se le puso rígida al instante. El compás de su marcha cambió por una fracción de segundo, un traspié imperceptible para cualquiera que no estuviera acostumbrado a leer los movimientos de un soldado. Sus dedos se cerraron con un poco más de fuerza sobre la empuñadura de la espada, y su mandíbula se trabó, marcando un ángulo afilado en su mejilla.

—Las órdenes de los primeros años no se discuten ni se memorizan, Leo —respondió ella, con la voz cortante como el filo de un hacha, sin girar la cabeza para mirarlo—. Se cumplen, se tiran al fuego y se olvidan. Ese es el primer requisito para sobrevivir en el escalafón bajo.

—No te pedí el manual de instrucción militar —replicó Leo, insistiendo con la persistencia mecánica de una máquina mal calibrada—. Solo quiero entender qué clase de carnicería moldea a alguien para que tarde diez años en darse cuenta de que le están usando las manos como herramientas de matanza. ¿Fue en las fronteras del norte contra los clanes nómadas? ¿O en las revueltas del sur?

Kassandra frenó en seco.

El alto fue tan abrupto que Leo casi choca contra su espalda. La mujer giró sobre sus talones con una velocidad felina, plantándose frente a él a menos de medio metro de distancia. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, ardían con una furia oscura y contenida, y la mano izquierda se le había crispado en un puño cerrado a lo largo del muslo.

—No tienes ni la más remota idea de lo que hablas, muchacho —siseó ella entre dientes, con un tono bajo, peligroso y tembloroso por la rabia—. Crees que puedes diseccionar la vida de los demás como si fueran piezas de una de tus malditas máquinas, abriendo compartimentos para ver qué hay dentro. Hay cosas que se pudren en el fondo de la memoria por una buena razón. No se abren, no se analizan y, sobre todo, no se le cuentan a un extraño en medio de un puto páramo helado.

Leo la sostuvo la mirada sin parpadear. Su rostro no mostró sorpresa ni miedo, solo la frialdad analítica de quien registra que ha presionado un botón equivocado.

—Solo intentaba trazar el perfil de la persona que cubre mi espalda —respondió Leo sin alterarse, manteniendo la voz plana.

—Pues ahórrate el perfil —escupió Kassandra, dándose la vuelta de un tirón y retomando la marcha a zancadas mucho más rápidas y pesadas que antes—. Si vuelves a meter las narices donde no te llaman, la próxima vez que escuchemos un ruido en la maleza te dejaré averiguarlo solo con tu ballesta de madera.

Leo guardó silencio, ajustando el paso para no quedarse atrás. Su intento de hurgar en el pasado blindado de la ex-caballero había chocado contra un muro de piedra más duro que el propio peñasco del valle. Había fallado miserablemente, y el aire entre ambos volvió a enfriarse, cargado de una hostilidad latente que les recordaba que, a pesar de la alianza, seguían siendo dos completos extraños huyendo del mismo infierno.

El silencio entre ambos era tan espeso que parecía cortarse con el filo de un cuchillo. Caminaban a paso firme, abriéndose paso entre los helechos marchitos y la neblina gris de los Valles Muertos, pero la tensión había cambiado de bando. El estallido de Kassandra unos minutos antes se había evaporado, dejando atrás un residuo amargo de incomodidad y, sobre todo, una fría y punzante incertidumbre.

Kassandra ajustó la correa de su mochila, frunciendo el ceño mientras miraba de reojo al muchacho que avanzaba a su lado.

Había aceptado marchar con él bajo un impulso de pragmatismo desesperado, pero ahora, con la mente más fría, la realidad comenzó a golpearla con la fuerza de una bofetada. ¿Qué demonios estaba haciendo? Apenas lo conocía. Había pasado un par de días observándolo desde la maleza, espiando sus movimientos nocturnos como a una alimaña astuta, y esa misma mañana habían cruzado sus primeras palabras de tregua.

No sabía su nombre real —si es que Leo era su verdadero nombre—, no sabía de dónde venía, ni qué clase de demonios lo habían arrastrado a terminar convertido en un esqueleto famélico comiendo ratas crudas en un tronco podrido.

—Oye —dijo Kassandra de repente, rompiendo la marcha con voz seca, sin detenerse del todo pero bajando el ritmo lo suficiente para mirarlo de frente.

Leo paró en seco, girando el torso hacia ella con la misma neutralidad inexpresiva de siempre, esperando el golpe.

—Me exigiste respuestas sobre mi pasado, me abriste los compartimentos de la cabeza como si fueras un cirujano examinando un cadáver —continuó Kassandra, cruzándose de brazos y clavando sus ojos oscuros en los de él—. Pero hagamos cuentas, ingeniero. Llevo exactamente dos días observándote a la distancia, y hoy es nuestro primer día caminando a la par. No sé de qué infierno escapaste, no sé quién te enseñó a tallar ballestas con tendones, y ni siquiera tengo la más puta idea de qué significa esa palabra rara con la que te defines.

Leo la sostuvo la mirada, sin inmutarse ante la dureza de su tono. Sabía perfectamente a qué iba. La lógica militar y humana exigía simetría en la desconfianza; ella le había entregado sus cicatrices más oscuras, y ahora exigía saber qué clase de monstruo tenía como compañero de ruta.

—En mi tierra —comenzó Leo con voz baja, pausada, eligiendo las palabras con la precisión de quien mide los milímetros de un engranaje—, las personas como yo construían puentes que atravesaban ríos imposibles, máquinas que levantaban toneladas de peso sin usar magia, y armas capaces de borrar ejércitos enteros a kilómetros de distancia con solo presionar una pieza de metal. No éramos magos. Éramos ingenieros. Estudiábamos la física, las matemáticas y la materia para obligar al mundo a obedecer nuestras reglas.

Kassandra escuchó el discurso con el ceño fruncido, procesando términos que sonaban a herejía o a la fantasía febril de algún erudito loco encerrado en una torre de marfil. Nada de lo que decía encajaba con el mundo medieval que ella conocía, un lugar donde el hierro se forjaba a golpes de martillo y el conocimiento se guardaba bajo siete llaves en los monasterios.

—Eso suena a cuentos de hadas para entretener a los nobles en los banquetes —escupió Kassandra, con una mezcla de incredulidad y desdén—. Aquí no hay torres de cristal ni máquinas que levanten montañas. Aquí hay barro, espadas oxidadas y hambre. Así que ahórrate los discursos de sabio. ¿Quién eres realmente, Leo? ¿Por qué terminaste tirado en la miseria absoluta de este reino antes de empezar a cazar en la frontera?

Leo desvió la vista un segundo hacia el horizonte brumoso, donde las siluetas de los picos montañosos se recortaban contra el cielo plomizo. No había nostalgia en sus ojos, solo un destello de fría y absoluta desconexión con el lugar que lo había expulsado.

—Vine de un sitio donde las reglas de este maldito lugar no aplican —respondió Leo con una franqueza cortante, volviendo a clavar sus ojos en ella—. Y en cuanto a por qué terminé como un esqueleto en el lodo... digamos que confié en el sistema equivocado, en la empresa equivocada y en la gente equivocada. Exactamente igual que tú, Kassandra. La única diferencia es que a mí me mataron antes de dejarme una espada en la mano.

Kassandra lo analizó en silencio, midiendo cada músculo de su rostro, buscando la mentira, el titubeo o el temblor en la voz. Pero no encontró nada. Solo halló el mismo reflejo de supervivencia cínica y endurecida que ella misma cargaba en el pecho.

Dio media vuelta sin añadir una sola palabra, retomando el paso hacia el este, aunque esta vez, el peso de la incertidumbre compartida se sentía un poco más equilibrado entre los dos.

El polvo gris del sendero se levantaba con cada paso, pegándose al sudor de sus frentes. Llevaban apenas unas cuantas horas caminando juntos desde el amanecer, cortando a través de los desfiladeros de los Valles Muertos, pero la total falta de un rumbo claro comenzaba a impacientar a la mente analítica de Leo.

Hasta ese momento, se había limitado a seguirla por simple pragmatismo: ella tenía el acero, la experiencia en los caminos y una ruta de escape. Pero el instinto de supervivencia de un ingeniero no tolera operar a ciegas sin conocer los parámetros del trayecto.

Leo se detuvo de golpe junto a una roca saliente, cruzando los brazos sobre el pecho con gesto fastidiado.

—Oye, detente un segundo —soltó Leo, con la voz seca cortando el zumbido del viento.

Kassandra frenó la marcha unos metros más adelante. Giró sobre sus talones con una ceja alzada, mirándolo con fastidio ante la interrupción.

—¿Qué pasa ahora? ¿Te duelen las pantorrillas, ingeniero? —escupió ella con ironía, apoyando una mano en la empuñadura de su espada—. Estamos perdiendo luz y el sendero no va a recorrerse solo.

—No me duelen las piernas, lo que me molesta es caminar a ciegas con fe ciega —replicó Leo, dando un paso al frente sin intimidarse por su postura militar—. Llevamos horas metidos en este puto valle de rocas muertas y lo único que he hecho es seguirte porque ibas al frente. ¿Cuál es el plan exacto, Kassandra? ¿A dónde demonios nos dirigimos y cuál es nuestro objetivo actual? ¿O acaso solo estás huyendo en círculos para calmar tu conciencia de desertora?

Kassandra endureció la mirada. Su mandíbula se tensó, pero en lugar de estallar en una de sus habituales respuestas cortantes, exhaló un suspiro pesado, dejando caer los hombros un par de centímetros. Sabía que el muchacho tenía razón; hasta ese momento, la había estado siguiendo por pura urgencia de huir de los dominios del conde, sin detenerse a trazar un mapa real.

—No estoy corriendo en círculos —respondió ella con la voz más calmada, aunque con un matiz de cansancio evidente—. Si seguimos este sendero hacia el norte bordeando la cresta del abismo, cruzaremos el paso de Piedra Quebrada antes de que caiga la primera nevada fuerte. Al otro lado de la cordillera están las Tierras Libres de la Frontera Occidental. Los señores de este reino no tienen jurisdicción allá, y las patrullas del ejército rara vez se arriesgan a cruzar el paso por miedo a los bandidos y a los desfiladeros. Ese es el destino.

Leo la analizó en silencio, procesando la información y evaluando mentalmente la viabilidad de la ruta con los pocos datos geográficos que había recopilado en sus incursiones a los campamentos.

—¿Y una vez que crucemos el maldito paso? —insistió Leo—. ¿Viviremos de aire y buenas intenciones en una tierra sin ley, o tienes planeado algo más productivo que convertirnos en forajidos muertos de hambre?

—Una vez al otro lado, hay asentamientos mineros y puestos de comercio independientes que no le rinden tributo a la corona —dijo Kassandra, clavándole los ojos con firmeza—. Y si lo que buscas es empezar a fabricar tus "máquinas" sin que un barón te corte las manos por herejía o brujería, necesitas hierro, carbón y talleres donde nadie te pida un apellido noble. Ese es el objetivo. ¿Te sirve el plan, o prefieres dar media vuelta y volver a tu árbol a comer ratas?

Leo la sostuvo la mirada unos segundos más, midiendo el peso de sus palabras. No había promesas de gloria ni ideales elevados; era pura y dura supervivencia práctica.

—El plan es aceptable —concedió Leo con frialdad, ajustando la correa de su ballesta al hombro—. Más te vale que tu mapa sea más preciso que tu paciencia. Muéstranos el camino.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
total 1 replies
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