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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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se rompio y techo y se rompió la paz

Todo comenzó una tarde de viento fresco, cuando Don Pancracio alzó la vista y vio que una teja del techo de su casa se había descolgado y colgaba amenazante, como si estuviera a punto de lanzarse al vacío. Se ajustó el sombrero, se golpeó la rodilla con la mano y exclamó con la seguridad que siempre lo caracterizaba —aunque rara vez le hacía justicia—:

—¡Esto se arregla en un dos por tres! No necesito a nadie. ¡Yo mismo lo dejo como nuevo!

Doña candelaria , que estaba pelando papas en la cocina, lo escuchó y salió a la puerta limpiándose las manos en el delantal.

—Pancracio, ni se te ocurra subirte allá. Ya sabes que las escaleras no son tus mejores amigas. Llama a don Chico, que él sabe de esas cosas.

—¡Bah! —replicó él, buscando una escalera que parecía tan vieja como él mismo—. ¡Si yo soy más alto que esa pared! En cinco minutos estoy de vuelta tomando café.

Lo que Don Pancracio no sabía era que, aquella misma mañana, había llegado al pueblo Doña Loli , una antigua vecina de ojos vivarachos y lengua muy suelta, que siempre había dicho que Don Pancracio era "el hombre más apuesto y de mejor corazón en treinta kilómetros a la redonda". Al enterarse de que él estaba subiendo al techo, salió corriendo de su casa con una canasta en el brazo, decidida a "ayudarlo con sus propias manos".

Don Pancracio consiguió subir a duras penas, pero apenas se puso de pie, la escalera se deslizó y quedó apoyada de una manera tan inestable que él no se atrevía ni a mover un dedo. Se quedó encogido en la cornisa, agarrado de una viga, mientras debajo Doña candelaria salía furiosa y se encontraba cara a cara con Doña Candelaria, que ya había llegado y miraba hacia arriba con una sonrisa que dejaba ver intenciones muy claras.

—¡Ay, mi pobre Pancracio, tan valiente y tan solo! —exclamó Doña Loli con voz melosa, abanicándose con una hoja de plátano—. ¡Déjeme usted, doña candelaria, que yo lo cuido! Yo sí sé tratar a los hombres de bien.

Doña candelaria se puso de brazos cruzados y le clavó una mirada capaz de secar las plantas del jardín.

—¿Tratarlo? —respondió candelaria , elevando la voz—. ¡Yo llevo treinta años tratándolo, alimentándolo y aguantándolo! ¡Ese es mi marido, doña loli , y no necesito que nadie venga a cuidarlo!

—¡Ay, querida, no se ponga así! —replicó la otra, sin apartar la vista de Don Pancracio—. Uno se da cuenta de que a veces los hombres necesitan alguien que los comprenda de verdad. ¡Mire qué lástima, allá arriba, sin nadie que le ofrezca una palabra dulce!

—¡Palabra dulce le doy yo en la mesa todos los días! —gritó Doña candelaria dando un paso adelante—. ¡Y si se cae, yo lo recojo, que para eso soy su esposa! ¡Lárguese de aquí antes de que me enfade de verdad!

—¡No me iré a ninguna parte! —respondió Doña loli , poniéndose también de brazos cruzados—. ¡Si él necesita ayuda, yo se la doy! A lo mejor él prefiere una compañía más alegre y menos regañona.

—¡¿Menos regañona dice?! —Doña candelaria ya estaba echando chispas—. ¡Pues sepa usted que yo lo regaño porque lo quiero! ¡Y si alguien se lo va a llevar, será sobre mi cadáver!

Y así, las dos mujeres comenzaron una discusión que pronto atrajo a media aldea. Se decían de todo, sin llegar a las manos, pero con palabras que dejaban claro que Don Pancracio tenía problemas mucho más graves que el techo roto. Mientras tanto, él, agarrado de la viga, temblaba más que hoja al viento, sin saber a quién dirigir la palabra ni qué decir para calmar las aguas.

—¡Señoras, por favor! —gritaba desde lo alto con voz temblorosa—. ¡No se peleen por mí! ¡Bájeme primero y luego discutan lo que quieran!

—¡Ah, no! —le gritó Doña Candelaria—. ¡Si me prefiere a mí, yo le tiendo una cuerda y lo bajo con mucho cuidado!

—¡Ni se le ocurra aceptar! —le advirtió Doña candelaria —. ¡Si acepta su ayuda, no lo dejo entrar más a la casa!

Don Pancracio sintió que la cabeza le daba vueltas. Allá arriba, con el viento empujándolo, el techo crujiendo debajo de sus pies y esas dos mujeres peleando por él como si fuera el mejor partido del reino, pensó que lo más sensato sería... desaparecer.

En ese momento, vio pasar por el patio a Doña Cleotilde, su gallina favorita: de plumas rojas y doradas, paso elegante y mirada inteligente, la única que siempre lo escuchaba sin contradecirlo ni exigirle nada. Y se le ocurrió la idea más brillante de su vida.

—¡Señoras! —gritó con tono decidido—. ¡Ya me han cansado! ¡Si tanto se pelean por mí, que se queden con el techo y con las discusiones! ¡Yo me voy! ¡Me voy lejos! ¡Y me llevo a quien de verdad me quiere!

—¡¿Que te vas?! —gritaron ambas al unísono, dejando de pelear un instante.

—¡Así es! —respondió Don Pancracio, y con un valor que no sabía que tenía, se deslizó por una cuerda vieja que había encontrado, cayó de golpe sobre unos arbustos, se levantó de un salto, tomó a Doña Cleotilde en brazos y echó a correr—. ¡Vámonos, Cleotilde! ¡Aquí nadie nos valora! ¡Vamos a ver mundo!

—¡Pancracio, vuelve aquí! —gritó Doña Loli, saliendo tras él.

—¡No se vaya, que yo lo perdono todo! —gritó también Doña candelaria, corriendo detrás.

Pero Don Pancracio no se detuvo. Corrió calle abajo, abrazando a su gallina, que no entendía nada pero se dejaba llevar tranquila, como si fuera la reina de las gallinas viajeras. Al llegar al camino real, se detuvo un instante, se ajustó el sombrero ladeado, respiró hondo y miró hacia atrás. Vio a las dos mujeres que ya no corrían, que se habían quedado paradas mirándolo, y que de pronto parecían arrepentidas y preocupadas.

—¡No se preocupen! —les gritó Don Pancracio llevándose una mano al pecho—. ¡Voy a recorrer el mundo con mi compañera más leal! ¡Cuando aprendan a tratarme bien, volveré! ¡Adiós, San Pancracio del Valle! ¡Adiós, techo roto! ¡Adiós, peleas de señoras!

Y diciendo esto, se dio media vuelta y siguió su camino, caminando despacio, con la cabeza en alto y a Doña Cleotilde acurrucada en sus brazos, mientras la gallina soltaba un "¡Cocorocó!" que sonaba exactamente como si estuviera diciendo: "¡Vaya, Don Pancracio! ¡A ver en qué lío nos metemos ahora!".

por el camino de tierra que se perdía entre los árboles, sin rumbo fijo, sin provisiones, sin saber adónde iban... pero por primera vez en mucho tiempo, Don Pancracio se sentía libre. Libre de techos rotos, libre de regaños y, sobre todo, libre de dos damas que, ahora que él se alejaba, habían dejado de pelear y se miraban la una a la otra, preguntándose al mismo tiempo:

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