SIN ESPOILER
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PARA ELLOS, LIA ERA UNA MERCANCÍA
Mientras Lia permanecía encerrada en aquella vieja casa, en otro lugar de la ciudad una noticia comenzaba a causar problemas.
—¿Cómo que desapareció?
El hombre golpeó la mesa con tanta fuerza que varios objetos se movieron.
Era el tío de Lia.
Durante años había tratado a la joven como una carga. Nunca la había visto como parte de su familia y jamás se había preocupado realmente por lo que pudiera sucederle.
Pero aquella mañana había descubierto algo que sí le importaba.
Lia ya no estaba.
—No sabemos dónde está —respondió una persona frente a él.
—¡¿Y cómo d3møn1øs permitieron que se fuera?!
Su rostro estaba lleno de furia.
No porque estuviera preocupado.
No porque temiera que algo le hubiera ocurrido.
Sino porque sus planes acababan de complicarse.
El hombre tenía un acuerdo prácticamente cerrado.
Había encontrado a alguien dispuesto a pagar una cantidad considerable de dinero por Lia.
Era un hombre de cincuenta años relacionado con el mundo criminal.
Para su tío, aquello no era un problema moral.
Era un negocio.
Y Lia acababa de desaparecer antes de que pudiera concretarlo.
—¡La tenían que estar vigilando!
—Ella esperó hasta encontrar una oportunidad.
—¡Entonces encuéntrenla!
El silencio llenó la habitación.
El tío de Lia respiró profundamente.
—No puede haberse ido muy lejos.
Uno de los hombres presentes dudó.
—¿Y si ya salió de la ciudad?
—Entonces búsquenla fuera.
Su tono fue frío.
—La necesito de regreso.
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En la misma casa, Mateo y Leo estaban sentados en la sala.
Los dos habían escuchado la discusión.
Pero ninguno parecía preocupado.
Mateo estaba mirando su teléfono.
Leo permanecía recostado en un sillón.
—¿Entonces Lia desapareció? —preguntó Leo.
—Eso parece.
Mateo se encogió de hombros.
—Mejor.
Leo soltó una pequeña risa.
—Sí.
Ninguno preguntó si estaba bien.
Ninguno quiso saber dónde podía encontrarse.
Ni siquiera parecían recordar cuándo había sido la última vez que habían hablado con ella.
Para ellos, su desaparición simplemente significaba que la casa estaría más tranquila.
—¿Crees que vuelva? —preguntó Leo.
Mateo negó con la cabeza.
—Ojalá que no.
Y volvieron a sus teléfonos.
Como si estuvieran hablando de alguien completamente ajeno.
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En otra habitación estaba la tía de Lia.
Una mujer que había pasado años ignorando su existencia.
El tío entró furioso.
—¿Tú sabías que quería irse?
La mujer levantó la mirada.
—¿Quién?
Él la observó con incredulidad.
—Lia.
La mujer permaneció callada durante unos segundos.
Parecía intentar recordar.
—Ah...
Finalmente lo recordó.
—La niña.
El hombre apretó los dientes.
—Tiene dieciocho años.
—Sí.
—¡Y desapareció!
La mujer se encogió de hombros.
—Quizá se cansó.
Aquella respuesta hizo que él se enfureciera todavía más.
—¡Tenía planes para ella!
Su esposa lo miró.
—¿Qué planes?
El hombre guardó silencio.
Ella tampoco insistió.
En realidad, no parecía importarle.
Después de unos segundos volvió a preguntar:
—¿Ya comiste?
Él la miró sin poder creerlo.
Mientras tanto, la vida de Lia estaba desmoronándose en algún lugar desconocido.
Y allí, dentro de aquella casa, nadie parecía extrañarla.
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El tío caminó hasta una ventana.
Sacó su teléfono y realizó una llamada.
—Necesito que encuentren a una chica.
Escuchó la respuesta al otro lado.
—Tiene dieciocho años. Se llama Lia.
Hizo una pausa.
—Quiero saber dónde está.
La llamada terminó.
El hombre apretó el teléfono entre sus dedos.
Había perdido una oportunidad de ganar dinero.
Y no estaba dispuesto a aceptarlo.
—No vas a escaparte tan fácilmente —murmuró.
Pero no sabía algo.
Lia ya estaba muy lejos de aquella casa.
Y, aunque todavía no podía imaginarlo, pronto aparecería una persona que cambiaría completamente el rumbo de su vida.
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Aquella noche, Lia permanecía sentada junto a una ventana de la vieja casa.
No sabía que la estaban buscando.
No sabía que su tío estaba furioso.
Tampoco sabía que había sido vista como una mercancía durante años.
Solo sabía que tenía miedo.
Miró la fotografía de sus padres.
La sostuvo contra su pecho.
—Quiero una vida diferente...
Susurró.
Pero su voz se quebró.
—Solo quiero que alguien me quiera de verdad.
Lia cerró los ojos.
No sabía que, en algún lugar de la misma ciudad, su destino comenzaba a acercarse.
Un destino.
Y cuando ambos se encontraran, nada volvería a ser igual.