Todo comenzó con un amor adolescente. Ella tenía 18 años y Adonis, 19. Estaban convencidos de que su relación era verdadera y soñaban con permanecer juntos. Sin embargo, sus vidas cambiaron cuando ella descubrió que estaba embarazada. Adonis, asustado por su juventud y por la responsabilidad que se acercaba, aseguró que no quería ser padre y terminó rechazándola. Al enterarse, los padres de la joven decidieron hablar con la familia de Adonis. Después de una difícil conversación, ambas familias acordaron un matrimonio arreglado para que asumieran juntos la responsabilidad. Al principio, ninguno estaba preparado, pero con el tiempo nació una inesperada cercanía entre ellos.
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Capítulo 22 — Empezar a pensar
Hacía cinco meses le había pedido a Kiara que fuera mi novia.
En ese momento quería intentar algo con ella. No sabía si iba a funcionar, pero al menos quería conocerla mejor y ver qué podía pasar entre nosotros.
Pero mis padres habían decidido otra cosa.
Nos habían hecho casarnos.
Y ahora, después de cinco meses de matrimonio, empezaba a darme cuenta de algo que quizá había ignorado durante demasiado tiempo.
Kiara se estaba esforzando.
A pesar de nuestras peleas, a pesar de mis malas respuestas y de todas las veces que había llegado borracho, ella seguía intentando hacerme feliz.
Incluso había empezado a aprender a cocinar.
La última vez había intentado preparar arroz.
No estaba perfecto, pero al menos ya no estaba completamente quemado.
Y yo...
Yo seguía comportándome como un idiota.
Aquella tarde decidí salir.
Pero esta vez no quería ir con mis amigos.
Tampoco quería tomar.
Solo necesitaba pensar.
Tomé las llaves de mi auto y salí de la casa.
Mi papá no me había castigado tan fuerte como pensé después de enterarse de nuestras peleas.
Incluso me había dejado conservar mi auto.
Eso me sorprendía.
Me subí, encendí el motor y comencé a manejar.
La ciudad pasaba frente a mis ojos mientras conducía sin un destino específico.
Puse música, pero después de unos minutos la apagué.
Necesitaba silencio.
Apoyé las manos sobre el volante.
—¿Qué estoy haciendo con mi vida, parce?
Tenía dieciocho años.
Estaba casado.
Iba a ser papá.
Y cada día parecía estar alejándome más de Kiara.
Recordé la noche anterior.
Recordé lo que le había dicho sobre su cuerpo.
Sentí vergüenza.
—Qué embarrada...
Ella no tenía la culpa de estar embarazada.
No tenía la culpa de que nuestros padres hubieran decidido casarnos.
Y mucho menos tenía la culpa de que yo no supiera manejar lo que estaba pasando.
Pensé en los primeros meses.
Cuando apenas empezábamos a conocernos.
Cuando todavía podía hacerla reír.
Cuando no discutíamos por todo.
Cuando ella me miraba de una manera diferente.
Yo mismo había sido quien le había pedido que fuera mi novia.
Entonces, ¿en qué momento había empezado a tratarla como una enemiga?
Seguí manejando.
Pasé por varias calles hasta llegar a un lugar tranquilo.
Estacioné el auto y me quedé mirando por la ventana.
—Tengo que cambiar.
Lo dije en voz alta.
Esta vez no quería que fuera una promesa vacía.
Quería hacerlo de verdad.
No quería volver a llegar borracho.
No quería insultarla.
No quería hacerla sentir mal.
Y tampoco quería que nuestro hijo creciera viendo a sus padres peleando todos los días.
Saqué mi celular.
Tenía varios mensajes de Kiara.
Kiara:
¿Dónde estás?
Kiara:
Avísame cuando llegues.
Me quedé mirando la pantalla.
Antes, probablemente habría ignorado los mensajes.
Pero esta vez respondí.
Yo:
Estoy bien. Salí a pensar un rato. No estoy tomando.
La respuesta llegó unos minutos después.
Kiara:
Está bien. Cuídate.
Sonreí ligeramente.
Dos palabras.
Pero después de tantos problemas, significaban mucho.
Guardé el celular.
Miré nuevamente el volante.
Mi papá me había dado el auto.
Tenía trabajo.
Tenía una casa.
Tenía una esposa.
Y pronto tendría un hijo.
Quizá no había elegido cómo empezó todo.
Pero sí podía elegir qué hacer a partir de ahora.
Encendí nuevamente el auto.
Antes de arrancar, respiré profundamente.
—Voy a hacerlo bien, parce.
Esta vez no quería escapar.
Quería regresar a casa.
Quería hablar con Kiara.
Y, por primera vez en mucho tiempo, quería intentar salvar nuestro matrimonio.
No porque nuestros padres nos hubieran obligado.
Sino porque quizá todavía había algo entre nosotros que valía la pena descubrir.