Isabela y João estuvieron juntos durante ocho años y comprometidos durante seis.
En cada discusión, siempre era ella quien tenía que tragarse el orgullo y dar el primer paso para hacer las paces.
Hasta que Isabela vio a João engañándola con otras mujeres, sin el menor respeto por su dignidad. Solo entonces se dio cuenta de que, para él, nunca había sido realmente respetada.
Decidida, Isabela puso fin a la relación y se casó con Thiago, heredero de una de las familias más poderosas del país.
Fue solo en ese momento que João entendió lo que había perdido: un arrepentimiento y un dolor que ni dando todo de sí podría recuperar.
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Capítulo 13
Isabela levantó la mano rápidamente, limpiando las lágrimas con el dorso de la muñeca antes de que cayeran al suelo. No quería que Thiago la viera. No quería que él pensara que ella estaba allí por pena, o por debilidad. Respiró hondo, forzó una sonrisa que él no podía ver, y cogió el violín de nuevo.
—Vamos a intentar algo más ligero —dijo ella, la voz un poco más alta, más animada de lo que realmente se sentía.
Comenzó a tocar una melodía antigua y conocida, un vals brasileño que su abuela solía tararear mientras cocinaba. Las notas salieron suaves, danzantes, como hojas bailando en el viento. Nada de drama, nada de lucha. Solo ligereza, solo movimiento.
Thiago no se movió. Pero poco a poco, los músculos de sus hombros se fueron relajando. La respiración, que antes era corta y controlada, ganó un ritmo más largo. El sudor en la frente disminuyó. Él aún mantenía los ojos cerrados, pero la línea dura de la mandíbula se suavizó.
Isabela terminó la pieza. Colocó el violín de nuevo en el estuche con cuidado. Después cogió el vaso de agua que estaba en la mesita lateral —aún tibio, como ella lo había dejado antes.
—Toma un poco —dijo ella, extendiendo el vaso.
Thiago abrió los ojos. Extendió la mano. Sus dedos se tocaron por un segundo. El aire entre ellos pareció encogerse. La respiración de ella se contuvo. La de él también, por un instante.
Él retiró la mano demasiado rápido, como si se hubiera quemado. Cogió el vaso solo, giró el rostro hacia un lado y bebió en sorbos lentos. Después colocó el vaso en la mesa con un clic seco.
Isabela sintió el pecho apretarse. La distancia que él impuso era física e invisible al mismo tiempo. Ella cogió un paquete de toallitas húmedas del bolso, lo abrió y ofreció.
—Para el sudor —murmuró.
Thiago cogió la toallita. Pero en vez de limpiar la frente, la llevó a sus propios dedos —aquellos que habían tocado los de ella segundos antes. Frotó con fuerza, como si quisiera borrar alguna marca. Después soltó una risa corta, fría.
—Puedes irte ahora.
Isabela se levantó. Caminó hasta la puerta. Pero cuando llegó al umbral, se detuvo. Miró hacia atrás.
Thiago aún estaba en el sofá. Cabeza apoyada en el respaldo, ojos abiertos ahora, fijos en algún punto vacío del techo. La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta, dibujando sombras largas en su rostro. No había rabia. No había irritación. Solo una soledad tan profunda que parecía succionar el aire de la habitación.
Ella no consiguió irse.
Volvió. Cogió una de las bolsas que había traído. Sacó de dentro uno de los rompecabezas Luban —el modelo en forma de barril, de aquellos que exigen paciencia y tacto para abrir y cerrar. Lo colocó en la palma de su mano.
—No consigo abrir este —dijo ella, voz suave, casi infantil. —¿Puedes enseñarme?
Thiago giró el rostro en dirección a ella. Sus ojos negros no veían, pero parecían ver todo.
—¿Crees que no me doy cuenta? —preguntó él, voz baja—. Este intento de agradar. De quedarte. ¿Está en el contrato también?
Isabela no desvió la mirada.
—Sí —respondió ella, sin rodeos—. Tiene más de cien cláusulas. Cuidados personales, compañía, heredero… No tengo derecho a rescindir. Solo a cumplir. Entonces cumplo. Pero… —ella hizo una pausa— también quiero que estés bien. No es solo obligación. Es… humano.
Thiago se quedó en silencio por largos segundos. Después soltó un suspiro corto.
—El médico me dio tres meses más de tratamiento conservador —dijo él, casi casual—. Si no mejora, van a intentar algo más invasivo. O… no van a intentar nada. Entonces, si quieres cumplir, puedes quedarte. Pero no esperes que finja que esto es normal.
Isabela sintió un frío en la nuca. Pero no lo dejó traslucir.
—No espero nada —dijo ella—. Solo quiero intentarlo.
Thiago no respondió. Pero tampoco la mandó irse de nuevo.
Ella cogió la silla de ruedas que estaba apoyada en la pared y la empujó hasta cerca del sofá.
—¿Vamos al pasillo? Allí hay más luz.
Thiago miró la silla. Después a ella.
—Puedo solo.
Ella retrocedió un paso. Se quedó mirando mientras él se apoyaba en los brazos del sofá, los músculos de los antebrazos contrayéndose con esfuerzo. La pierna izquierda no obedecía bien; él la arrastró con la ayuda de la mano. Su rostro se contrajo por un segundo de dolor. Después, con un movimiento lento y orgulloso, se sentó en la silla. La respiración salió pesada.
Isabela no ofreció ayuda. Solo esperó.
Cuando él terminó, Thiago levantó la mirada.
—Lo siento —dijo él, voz baja—. No quería gritar.
Ella sacudió la cabeza.
—Lo entiendo.
Empujó la silla despacio por el pasillo. Llegaron al área común del segundo piso. Allí, al lado de la escalera, había un piano de cola bajo la luz de la luna llena. Las teclas brillaban como marfil.
Isabela se detuvo.
—¿Vamos a jugar a algo? —preguntó ella.
Thiago arqueó una ceja.
—No te gustan los juegos.
—Este es simple. Tienes cinco minutos para abrir un Luban lock. Si lo consigues, puedes hacerme una pregunta. Cualquier pregunta.
Él rió levemente. Sonido seco, casi incrédulo.
—No tengo interés en tu privacidad.
—Entonces no vas a perder nada si fallas.
Ella colocó el barril de madera en su palma. Thiago cogió el objeto con sus dedos largos, explorando las piezas con el tacto. Movió una pieza aquí, giró otra allí. No demoró ni dos minutos. Se oyó un clic suave.
El barril se abrió.
Thiago levantó la mirada. Después, sin decir nada, cogió la mano de ella —con delicadeza, pero firme— y guio sus dedos hasta las piezas internas. Las colocó de nuevo en su lugar, una a una. Cuando la última encajó, el barril se cerró de nuevo.
—Entró —dijo él, voz baja, casi susurrada.
Isabela sintió el rostro arder. El corazón se disparó. Por un segundo pensó que era una provocación. Que él estaba bromeando con ella a propósito. Después percibió que era solo literal. Solo la pieza entrando en el encaje.
Ella rió nerviosamente.
digo si de una 🤣🤣🤣🤣
y le pido a Dios que el muchacho sea un mangazo jajajaaj así aprovecho y Melo como también 🤭🤣🤣🤣
Entonces la mamá de Isabella la alejo por su enfermedad o la encontró y no es su madre verdadera y quiso sacar provecho de ella... Hay que misterio, casi resuelto 🤔☺️