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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5 La marca

El sol ya estaba alto en el cielo cuando Ali salió del cibercafé, pero no le daba nada de calor. Enero en París era frío, húmedo, un frío que se colaba por los agujeros de la chaqueta vieja, por los calcetines finos, por los huesos, y se quedaba ahí, pegado a la médula, sin irse nunca. Caminó sin rumbo por las calles de Belleville, con la capucha bien puesta, la cabeza baja, las manos metidas en los bolsillos apretando la navaja hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Todavía le temblaban las piernas.

Todo lo que había leído daba vueltas en su cabeza a toda velocidad, una y otra vez, sin parar: Despertados. Némesis. Lumen. Niveles de poder. NIVEL 0. La leyenda que nadie creía que existiera… y que era él. Crear vida y absorber poder al mismo tiempo. Nadie más lo había tenido nunca. Nadie.

Y el mensaje de Vespera.

Sé quién eres, Ali Varela.

¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo sabía que estaba ahí? ¿Llevaba ella siguiéndole desde aquella noche en el callejón del Canal Saint‑Martin, cuando la vio por primera vez en el tejado? ¿O llevaba más tiempo, años incluso, vigilándolo desde las sombras, esperando a que su poder despertara del todo?

No lo sabía. Y lo peor era que no tenía a quién preguntarle.

Llegó a la plaza del pueblo, donde los puestos del mercado empezaban ya a recoger. Las vendedoras gritaban las últimas ofertas de fruta y verdura, el olor a queso curado y a pan recién horneado le golpeó el estómago de golpe. Ali se dio cuenta de que tenía muchísima hambre. No había comido nada desde la noche anterior, una sopa aguada que apenas le había quitado el hambre. Sacó del bolsillo todo el dinero que le quedaba: ochenta centimos de euro. Ni para un pan. Ni para un caramelo grande.

Se acercó a un puesto de chucherías que estaba cerrando. El dueño, un hombre árabe mayor con barba blanca, lo miró de arriba abajo, vio sus ropas rotas, su cara pálida, los moretones que empezaban a asomarse por el borde de la capucha. Sin decir nada, le cogió un paquete pequeño de caramelos duros de menta y se lo dio por los ochenta céntimos.

—Toma, chico. Y vete a casa antes de que haga más frío —le dijo, con voz suave.

Ali cogió el paquete con la mano temblorosa. Quiso darle las gracias, pero la garganta se le cerró. Solo asintió muy bajo, se dio la vuelta y se fue rápido antes de que el hombre viera las lágrimas que se le habían salido a los ojos sin querer. Nadie era amable con él. Nadie. Casi nunca.

Se sentó en un banco frío del parque desierto, el mismo donde había estado llorando dos días antes después de lo del instituto. Abrió el paquete, se metió un caramelo en la boca. El sabor fuerte y frío de la menta le ayudó un poco a despejar la cabeza. Miró a su alrededor: una madre perseguía a su hijo pequeño que corría riendo con un globo rojo, un anciano alimentaba a las palomas, dos estudiantes estudiaban en una mesa de madera con sus libros abiertos. Gente normal. Vida normal. Cosas que él nunca tendría.

Porque ya no era normal.

Era un Despertado. Nivel 0. Una anomalía que todo el mundo querría cazar.

Pasó el resto de la tarde ahí, sentado en el mismo banco, sin moverse. Los caramelos se le acabaron uno a uno. El sol fue bajando poco a poco, tiñendo el cielo de rosa oscuro y luego de azul profundo. La gente se fue. El parque se vació. Empezó a hacer todavía más frío. Ali tenía los pies congelados, las manos entumecidas, el estómago le dolía ya de hambre. Pero no se movía. No sabía a dónde ir.

No podía volver al instituto. Marcos habría llamado ya para decir que no volviera nunca más. No podía ir a la policía: si contaba lo de Marcos, lo meterían en una familia de acogida, y tarde o temprano descubrirían lo que era. Y si contaba lo de sus poderes… directamente se lo llevarían los de Némesis antes de que terminara de hablar. No podía ir a ningún albergue: pedían documentos, preguntaban demasiadas cosas. No tenía amigos. No tenía familia fuera de aquella casa maldita.

Solo tenía a su madre.

La pensó. La imaginó sola en casa con Marcos. Él se había escapado por la ventana del baño esa mañana. Marcos se habría dado cuenta al volver. Habría visto la puerta cerrada por fuera, la ventana abierta. Y habría sabido que se había ido. Y como no podía desquitarse con él… se desquitaría con ella.

La imagen le dolió en el pecho más fuerte que cualquier golpe.

No podía dejarla sola. No importaba que ella le hubiera dado la espalda cuando vio la flor. No importaba que tuviera miedo de él. Era su madre. La única persona que le había querido alguna vez en la vida. No podía abandonarla a su suerte con ese animal.

Se levantó del banco de un salto, con el corazón latiéndole desbocado. Había decidido.

Volvería a casa.

Iría de noche, cuando Marcos estuviera ya borracho y dormido. Entraría por la misma ventana del baño, sin hacer ruido. Iría a la habitación de su madre para ver que estaba bien, sin despertarla. Cogería un poco de ropa limpia, los veinte euros que ella guardaba siempre debajo del colchón para emergencias, y se iría otra vez, para siempre. Se iría muy lejos. A otra ciudad. A otro país. Donde nadie le conociera. Donde Marcos nunca pudiera encontrarles.

Solo tenía que tener cuidado. Solo tenía que no hacer ruido.

Eran las diez y media de la noche cuando volvió al edificio de la calle de Belleville. Estaba todo oscuro. Las luces de la mayoría de los pisos ya estaban apagadas. La luna estaba oculta tras nubes grises y gruesas, así que casi no había luz. Perfecto.

Miró a ambos lados de la calle para asegurarse de que no había nadie mirando. Se metió por el pasadizo lateral que llevaba al patio trasero. El frío le cortaba la cara como navajas. Se acercó a la parte de atrás del edificio, miró hacia arriba: la ventana del baño, quinto piso, estaba entreabierta, tal como la había dejado esa mañana. La escalera de incendios de metal seguía ahí, negra, brillante por la lluvia fina que había empezado a caer de nuevo.

Empezó a subir.

Era más difícil de noche. No veía bien los escalones. El metal estaba helado y resbaladizo. Varias veces casi se cae. Pero subía, paso a paso, agarrado con todas sus fuerzas, sin mirar hacia abajo. Cuando por fin llegó al alféizar del baño, tenía las manos rojas y cortadas por el óxido, el corazón a punto de reventarle del pecho. Entró despacio, sin hacer ruido, cerró la ventana detrás de sí con un movimiento casi imperceptible.

Silencio.

Todo el departamento estaba a oscuras. Solo se oía el ruido lejano del tráfico de la calle principal, y el ronquido fuerte y pesado de Marcos que venía de la habitación del fondo. Ali sonrió con amargura por dentro. Estaba dormido. Como había pensado. Borracho y dormido. Fácil.

Quitó los zapatos para no hacer ruido, los llevó en la mano. Salió al pasillo descalzo. El suelo de madera estaba helado bajo sus pies. Caminó paso a paso, muy despacio, evitando las tablas que sabía que crujían. Iba a pasar de largo por el salón para ir directo a la habitación de su madre…

…cuando encendieron la luz de golpe.

Ali se quedó cegado un segundo. Parpadeó. Y cuando recuperó la vista, el corazón se le detuvo en el pecho.

Marcos estaba ahí.

De pie en medio del salón. No estaba dormido. No estaba borracho. Estaba sobrio. Vestido. Con la cara roja de rabia contenida. Y en la mano derecha, un bate de béisbol de madera viejo, oscuro, que Ali nunca había visto antes.

—Te estaba esperando, mocoso —dijo Marcos. Su voz era baja, peligrosa, como el trueno antes de una tormenta—. Sabía que volverías. Siempre vuelves. Eres una rata cobarde que no puede estar lejos de su madre ni un día entero.

Ali retrocedió un paso, pegándose a la pared del pasillo. El miedo le heló la sangre en las venas. Había caído en una trampa. Marcos lo había sabido. Había fingido irse esa mañana, había dejado que se escapara, había vuelto, había esperado horas en la oscuridad para cazarlo como a un animal.

—¿Dónde has estado todo el día, eh? —Marcos dio un paso hacia él. Ali dio otro hacia atrás. El bate de madera chocó suavemente contra la palma de la otra mano del tío, una y otra vez, con un sonido rítmico y terrible—. ¿Has ido a contarle a la policía tus cositas raras? ¿Has ido a ver a tus amiguitos los que hacen trucos con las manos?

—No… —balbuceó Ali. La garganta se le había cerrado del todo. No podía respirar bien—. Solo he estado… caminando.

—¡Mientes! —gritó Marcos de repente, y dio un salto hacia él.

Ali intentó correr hacia la puerta principal, pero el tío fue más rápido. Le dio un golpe fuerte con el bate en la parte de atrás de las rodillas. Ali sintió un dolor blanco y cegador, las piernas le fallaron, se cayó de bruces al suelo de madera con un golpe sordo. Intentó levantarse, gatear, pero Marcos le pisó fuerte la espalda con toda su fuerza, dejándolo sin aire.

—No vas a correr nunca más —le gruñó al oído, pesado encima de él—. Te voy a romper las piernas si hace falta. No me importa. Los hombres que vienen mañana por la tarde me pagan por lo que llevas DENTRO, mocoso. No por cómo andes. Me dan igual tus piernas. Me dan igual tus gritos. Me das igual TÚ. Solo me importa el dinero que vales.

Empezaron los golpes.

Primero los puños, en la cabeza, en las costillas, en la espalda. Luego el bate, suave al principio, luego más fuerte, golpeando las piernas, los brazos, cualquier sitio que no fuera la cara ni el torso: Marcos no quería matarlo. Solo quería dejarlo inútil, roto, sumiso, para que no se atreviera a volver a escapar nunca más. Ali no gritaba. Se mordía el labio hasta sangrar para no soltar ni un sonido. No le daría el placer de oírlo llorar. No. Nunca.

Pero dentro de él, las dos llamas estaban fuera de control.

La roja gritaba por protegerse, por salir, por hacer que todo el dolor desapareciera. La violeta rugía por matar, por absorberle toda la vida a Marcos con un solo toque, por dejarlo seco y muerto en el suelo. Ali luchaba contra ellas con todas sus fuerzas, apretando los dientes, clavándose las uñas en las palmas de las manos hasta sangrar. No. No podía. Si usaba el poder ahora, Marcos lo vería todo. Sabría con seguridad lo que era. Y se lo vendería a los de Némesis todavía más caro. O se asustaría tanto que le pegaría hasta matarlo antes de que llegaran. Tenía que aguantar. Tenía que tragarse todo el dolor. Tenía que ocultarlas.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó Marcos, agarrándolo del pelo para levantarle la cabeza del suelo.

La cara de Ali estaba llena de sangre que le bajaba de un corte en la frente. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Miró a Marcos a los ojos. Y por un segundo, solo un segundo, Marcos vio algo en la mirada del chico que le hizo retroceder un paso, asustado a pesar de sí mismo. Algo que no era humano. Algo antiguo y terrible que se estaba despertando detrás de esos ojos marrones.

—Eres un monstruo —susurró el tío, con la voz temblando un poco de repente—. Eres un maldito monstruo.

Y entonces le agarró del cuello con AMBAS manos.

Lo levantó del suelo así, sin esfuerzo, agarrándolo fuerte, los dedos hundiéndose en la carne blanda justo encima de la clavícula, cortándole el aire del todo. Ali pataleó en el vacío. Sus manos arañaron las de Marcos sin fuerza. Veía puntos negros delante de los ojos. Se estaba muriendo. De verdad. Marcos le iba a matar ahí mismo, ahorcándolo, antes de que pudiera hacer nada.

Y entonces… ya no pudo aguantar más.

Las dos llamas salieron.

No todo el poder. No lo suficiente para matar. Ali lo contuvo con lo último que le quedaba de voluntad. Pero una parte, una pequeña parte de energía roja y violeta, se disparó desde dentro de su pecho hacia el cuello, hacia donde las manos de Marcos le apretaban con fuerza.

Marcos soltó un grito de dolor agudo y terrible.

Soltó a Ali de golpe, como si le hubieran quemado las manos con hierro candente. Cayó hacia atrás, sentado en el suelo, mirando sus palmas horrorizado: tenía las marcas rojas y quemadas de sus propios dedos, como si hubiera agarrado una estufa encendida.

—¡¡ME HAS QUEMADO!! ¡¡HIJO DE PUTA, ME HAS QUEMADO!! —gritaba, llorando de rabia y dolor, arrastrándose hacia atrás alejándose de Ali como si fuera el diablo mismo.

Ali cayó al suelo de rodillas, tosiendo, jadeando, tragando aire a pulmones abiertos como si nunca más fuera a volver a respirar. Se tocó el cuello con las manos temblorosas.

Y se quedó helado.

En la piel, justo donde Marcos le había apretado, había una marca.

No era un moretón. No era un corte. Era algo grabado A FUEGO en su carne, brillante, viva, latiendo al compás de su corazón. Dos llamas entrelazadas. La IZQUIERDA, de un ROJO CARMESÍ brillante, igual que sus flores. La DERECHA, de un VIOLETA OSCURO profundo, igual que la llama que le quitaba la fuerza a la gente. No dolía ya. Solo ardía, una calor suave y constante que no se iba.

Entró corriendo al baño, sin hacer caso de los gritos de Marcos que seguían detrás de él. Encendió la luz. Se miró al espejo.

La marca estaba ahí.

Clara. Perfecta. Imposible de ignorar.

Frotó fuerte con una toalla mojada. No se borró. Frotó con jabón, con un estropajo de metal, hasta que la piel alrededor se le puso roja y sangró. La marca seguía ahí. Igual de brillante. Igual de viva. Metió el cuello debajo del chorro de agua helada de la ducha. Nada. Nada la quitaba.

Era PERMANENTE.

Salió del baño tambaleándose. La luz del salón estaba encendida. Marcos seguía en el suelo, chupándose las quemaduras de las manos, mirándolo con una mezcla de odio y terror absoluto. Y en el marco de la puerta de la habitación del fondo, pálida, con los ojos muy abiertos, estaba su madre.

Había oído todo. Había visto todo.

Ali se detuvo. Le dolía todo el cuerpo. Sangraba por varios sitios. Tenía las piernas rotas por dentro, apenas podía sostenerse en pie. Pero lo único que le importaba en ese momento era ella. Extendió una mano hacia ella, temblorosa, ensangrentada.

—Mamá… —susurró, con la voz rota—. Por favor… ayúdame.

Ella dio un paso hacia atrás.

Solo uno. Pero fue suficiente.

No corrió a abrazarlo. No le curó las heridas. No le dijo que todo estaría bien. Se quedó quieta en la puerta, agarrada con fuerza al marco, mirando la marca brillante en el cuello de su hijo… y en sus ojos no había amor. No había lástima.

Solo había MIEDO.

Miedo puro y absoluto. El mismo miedo que habría tenido si hubiera visto un monstruo salir de debajo de su cama. El mismo miedo que todo el mundo tendría a partir de ahora cuando lo miraran.

Ali bajó la mano despacio. Sintió cómo algo dentro de él se rompía en mil pedazos, mucho más fuerte que cualquier hueso que Marcos le hubiera roto a golpes. Su propia madre le tenía miedo. La única persona que le quedaba. La única por la que había vuelto.

Marcos se levantó del suelo, todavía temblando, pero la rabia era más fuerte que el dolor ahora. Señaló a Ali con un dedo tembloroso.

—Mañana a las seis de la tarde vienen los hombres —le dijo, con la voz ronca y llena de odio—. Vienen por ti. Y si intentas volver a escaparte… si haces una sola de tus cosas raras otra vez… le hago lo mismo que me has hecho a mí a ella. Pero peor. Mucho peor. Hasta que no quede nada. ¿Me has oído?

Ali no contestó. No miraba a Marcos. Seguía mirando a su madre. Ella bajó la vista. No le dijo nada. No lo defendió. No hizo nada.

Marcos escupió al suelo con asco, se volvió y entró en su habitación, cerrando la puerta con llave y tres cerrojos. Un segundo después se oyó el ruido de un armario que empujaba contra la puerta por dentro. No quería que Ali se acercara. Le tenía miedo también.

Luego, la madre de Ali también se volvió. Entró en su habitación. Cerró la puerta. Y también le echó el cerrojo.

Se quedó solo.

Todo el departamento en silencio otra vez. Solo se oía su respiración entrecortada y el ruido de la lluvia contra los cristales. Ali caminó despacio, cojeando, hasta el sofá cama. Se dejó caer encima sin fuerzas. No podía ni moverse. Le dolía todo. Todo estaba roto. Su cuerpo. Su vida. Su familia. Todo.

Se tocó la marca del cuello otra vez. Seguía brillando, roja y violeta, suavemente, en la oscuridad del salón. Era suya. Para siempre. Nadie se la quitaría nunca. Nadie podría ocultarla del todo. A partir de ahora, todo el mundo que lo mirara sabría que no era normal. Sabría que era un monstruo.

Se giró hacia la ventana del salón, que daba a la calle.

Y se quedó sin respiración.

Allí, de pie encima del tejado de la casa de enfrente, a cinco pisos de altura, en el borde mismo, sin ninguna protección, había una mujer. Llevaba el abrigo negro largo que llegaba hasta los tobillos. El pelo negro y revuelto le volaba con el viento frío de la noche. Sus ojos brillaban, incluso a esa distancia, de un color violeta oscuro y profundo. IGUAL QUE LA MARCA.

Lo estaba mirando.

Llevaba todo el rato mirando. Había visto la paliza. Había visto nacer la marca. Había visto cómo su propia madre le había dado la espalda.

Ali intentó levantarse. Intentó gritar. Pero no tuvo fuerzas.

La mujer sonrió. Una sonrisa triste, sabia, un poco cruel. Levantó una mano y le hizo un pequeño gesto con los dedos, como diciendo: hasta mañana.

Y luego… desapareció.

No se fue andando. No saltó. Simplemente se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado ahí. Solo quedó la lluvia cayendo sobre el tejado vacío.

Ali cerró los ojos. Una lágrima caliente se escapó por la comisura y se perdió en su pelo.

Mañana a las seis de la tarde.

Eso era lo que le quedaba.

Menos de veinticuatro horas.

Veinticuatro horas antes de que los hombres de Némesis vinieran por él. Veinticuatro horas antes de que su propio tío lo entregara como una mercancía. Veinticuatro horas antes de que todo lo que conociera desapareciera para siempre.

Apretó la navaja en el bolsillo. La marca del cuello ardió un poco más fuerte, como respondiendo.

En el fondo, muy lejos, sonó una sirena de policía.

París seguía durmiendo.

Pero Ali Varela ya no volvería a dormir nunca más.

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