Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Baile para dos veteranas
Eric se encogió de hombros, divertido, y buscó el teléfono en el bolsillo. Puso un tema de reggaetón cualquiera desde el altavoz de la barra —algo con mucho bajo, que hizo temblar levemente los vasos colgados— y empezó a moverse en el medio del salón vacío con la misma naturalidad de siempre, como si no le costara absolutamente nada, como si el mundo entero fuera su escenario natural y no un bar de barrio a las seis de la mañana.
Empezó por las zapatillas. Se agachó con un movimiento lento, apoyando una mano en la rodilla mientras con la otra se desataba los cordones sin apuro. Melina soltó un silbido apreciativo, aplaudiendo el primer giro con él ya descalzo, como si estuviera en una tribuna de fútbol.
—¡Eso, papá! —gritó, con una carcajada—. ¡Dale con todo, guapo!
Claudia, sentada en su banqueta, con los brazos cruzados y una sonrisa clavada que no significaba absolutamente nada de lo que estaba sintiendo por dentro, descubrió que mirarlo esa segunda vez era todavía peor que la primera. Ya no había sorpresa, ni malentendido, ni excusa detrás de la cual esconderse.
Solo estaba ella, mirando fijo, incapaz de despegar los ojos de cada movimiento, de cada músculo tensándose bajo la camisa, de esa manera que tenía Eric de mirarla a ella —solo a ella, aunque Melina también estuviera ahí gritando como si estuviera en un recital— como si le estuviera preguntando en silencio ¿esto te gusta?
Es una prueba para ver si funciona, se dijo Claudia, tratando desesperadamente de convertir el momento en algo administrativo. Estoy evaluando si va todo bien para el negocio. La comparación le pareció tan absurda apenas terminó de pensarla que casi se largó a reír ahí mismo, lo cual hubiera sido mil veces peor que quedarse callada.
Eric llevó las manos a los botones de la camisa y empezó a abrirla, uno por uno, sin apuro. La camisa cayó al piso. Melina aplaudió con ganas, como si estuviera en la platea de un teatro después de una escena de ópera. Claudia solo atinó a clavar la vista en su propio café, ya completamente frío, tratando de que nadie —ni siquiera ella misma— notara cuánto le costaba respirar con normalidad.
Eric se dio vuelta entonces, de espaldas a las dos, y empezó una serie de movimientos lentos, los hombros rotando, después las caderas, cada músculo de la espalda tensándose y aflojándose al ritmo de la música.
'Hace un rato me dijo que tenía veintidós años', pensó Claudia, sin poder despegar los ojos de él. Podría ser mi hijo. La idea debería haberla frenado en seco. No lo hizo. Y aun así lo quiero conmigo, pensó, casi con vergüenza de admitírselo incluso en el silencio de su propia cabeza.
—¡Sacátelo todo, bebé! —gritó Melina, ya sin ningún resto de compostura.
—No, no, no —murmuró Claudia, casi para sí misma—. Que se quede así. Por favor, que se quede así.
Fue en ese momento exacto, con Eric a mitad de un giro, con el pantalón algo desabrochado y sin camisa, que la persiana volvió a sonar.
—¡Buen día! ¡Vengo con el pedido de los barriles!—anunció una voz masculina desde la entrada, seguida por el ruido metálico de un carrito.
Los tres se quedaron congelados. El repartidor, un hombre de unos cincuenta años con una gorra de la cervecería y cara de no haber dormido tampoco, se frenó en la puerta con el carrito a medio empujar, mirando la escena: una mujer aplaudiendo sentada en el medio del salón, otra petrificada detrás de la barra con un café frío en la mano, y un joven en pleno movimiento de cadera, con la camisa tirada en el piso y las manos ya en su jean, sin el cinturón abrochado.
Nadie dijo nada durante lo que pareció un siglo entero.
—...¿Vengo en mal momento? —preguntó finalmente el hombre, sin moverse ni un centímetro, como si temiera romper algún hechizo femenino.
—¡No, no, pasá! —dijo Melina, recuperándose primero, haciéndole señas para que entrara sin ningún dejo de vergüenza—. Dejalo ahí nomás, al lado de la heladera. Esto es... ensayo para nuestro show de stripper.
—Ensayo —repitió el hombre, arrastrando el carrito con la mirada todavía clavada en Eric, que se había quedado a mitad de camino sin saber si terminar el movimiento o directamente ir a buscar la camisa del piso—. Che, buenísimo el bar este.
Eric, para sorpresa de Claudia, no perdió el ritmo ni la compostura: agarró la camisa, se la puso sobre los hombros sin abotonar, y le hizo una reverencia exagerada al repartidor, como si acabara de terminar una función completa frente a un teatro lleno.
—Gracias por el aplauso, señor —dijo, con total seriedad—. Función completa a las seis de la mañana, entrada gratis solo por hoy.
El repartidor se rió, sacudiendo la cabeza, y se fue con el carrito vacío murmurando algo sobre "este barrio cada día tiene cosas y gente más raras", dejando a los tres solos otra vez entre las risas que ya nadie podía contener.
Cuando la puerta terminó de cerrarse, Melina se secó una lágrima de risa y se dejó caer otra vez sobre la silla, señalando a Eric con el dedo.
—No, no, esperá bombón —dijo, todavía riéndose—. Esto no puede terminar así. Terminá el show porfis.
—¿Aún no te convences? —preguntó Eric, con una ceja levantada, la camisa todavía colgando sin abotonar.
—Mm no, además no nos podes dejar así, dale —afirmó seria Melina. —Después del susto del repartidor, te lo merecés y nosotras más ja, ja—.
Eric se encogió de hombros, sonriendo, y volvió a ponerse de espaldas, sin ninguna dificultad, retomando el ritmo justo donde lo había dejado. Sus manos bajaron hasta el jean, desabrochándolo del todo esta vez, y se lo quitó con el mismo movimiento lento y deliberado con el que se había sacado todo lo demás, quedando solo en boxer frente a las dos.
Claudia sintió que el corazón le daba un vuelco, otra vez, como si el susto del repartidor no hubiera servido de nada para bajarle la temperatura. Y es que Eric se quitó luego el boxer también, con un movimiento rapidísimo, debajo tenía otra ropa interior que solo llevaba atrás un hilo dental, sus nalgas, redondas y perfectas quedaron al descubierto.
Luego se dio vuelta y la ropa interior delante estaba bien marcada, sobresaliendo su bulto, era evidente que usaba esa ropa para sus shows porque casi no quedaba nada librado a la imaginación.
—Bueno, dios mio, estoy loca, loca, loca. Hoy, si no me agarra Gustavo, me toco —le susurró Melina a Claudia, y luego poniéndose de pie apenas la música terminó, exclamó—, ahora sí. Estoy convencida. ¡Estás contratado! ¡Nos vamos a llenar de plata, sobre todo vos, bombón! ¡Que manzanita tenés!
Antes de que Eric pudiera reaccionar, Melina ya lo había envuelto en un abrazo entusiasta, apretándolo contra sí sin ningún pudor, aprovechando que todavía estaba prácticamente como dios lo trajo al mundo, con una mano en su espalda y la otra en la parte baja de su cintura.
— ¡Gracias, gracias! —dijo Eric, con una risa incómoda, tratando de zafarse del abrazo con la mayor educación posible. No se rio a carcajadas ni bromeó como antes; se limitó a una inclinación de cabeza breve, seria, el gesto de alguien acostumbrado a agradecer un aplauso sin perder la compostura, aunque en ese momento la compostura le costara un poco más de lo habitual.
—Trabajo con el cuerpo, así que este tipo de cosas... digamos que ya me pasaron antes. Pero normalmente hay algo más de distancia —.
Melina finalmente lo soltó, entre risas, sin captar del todo la incomodidad que había generado.
—En cualquier momento meto la mano ahí dentro —le dijo, señalando vagamente hacia el boxer, sin ningún filtro—. Te aviso para que no te asustes, bombón.
—Melina... —dijo Claudia, con una voz que no dejaba lugar a dudas, agarrándola del brazo con fuerza—. Basta. Ya fue suficiente por hoy. ¡No quiero que lo acoses!
—¡Ay, era chiste!
—No importa si era chiste —insistió Claudia—. Ahora él es un empleado nuestro. Mío, más que nada, ya que el bar es mío. Está haciendo una función, un trabajo. Hay límites que no se cruzan, aunque a vos en este momento no te importen demasiado.
Melina puso los ojos en blanco, pero se calló, y salió del bar tan rápido como había entrado, con un beso apurado y un "mañana arreglamos los horarios, ya que no vamos a abrir me voy un rato a ver a mi novio, después de todo soy su amante y lo deje abandonado", dejando a Claudia y a Eric otra vez solos entre las mesas corridas, el café frío, y ese silencio raro que queda después de que se va la única persona que estaba manteniendo la conversación liviana.
—¿Todo bien? —preguntó Eric, abotonándose la camisa por fin, mirando a Claudia con una curiosidad que a ella le pareció, por un segundo, demasiado perceptiva para su propio gusto.
—Todo bien —mintió Claudia, por segunda vez esa semana, agarrando el café frío solo para tener las manos ocupadas en algo mientras él se empezaba a vestir.
— Te pido disculpas por mi socia, no sabe controlarse cuando alguien le gusta mucho... Ah y ¡Bienvenido al equipo!—.