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Entre Sombras Y Piel

Entre Sombras Y Piel

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Suspenso / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elara es una arquitecta brillante, reservada, que ha vivido siempre bajo reglas y control. Todo cambia cuando acepta restaurar la antigua mansión de la familia Varela y conoce a Dante Varela: un hombre misterioso, intenso, que despierta en ella un fuego que creyó no tener. Entre paredes que guardan secretos, noches de pasión arrolladora y un pasado que amenaza con separarlos, descubrirán que el deseo no se puede controlar… y que a veces, amar es el único riesgo que vale la pena correr.

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Capítulo 15 — La casa de Elvira

El sol comenzaba a teñir de naranja y violeta las copas de los árboles cuando finalmente llegaron. La casa de Elvira apareció entre la vegetación, pequeña y sólida, de piedra gris y tejas rojas, rodeada de un huerto cuidado y un jardín de flores silvestres que crecían libres, sin orden ni contención. Era un lugar que parecía haber crecido con la tierra, parte del bosque más que impuesto sobre él. Un humo suave salía de la chimenea, y el olor a leña quemada y hierbas secas los recibió como un abrazo cálido, tan distinto al frío y al miedo que los había acompañado durante horas.

Dante no llamó a la puerta; la abrió con cuidado, como si estuviera entrando en un lugar sagrado.

—Elvira —llamó suavemente—. Soy Dante. Estamos aquí.

Desde el fondo de la casa, una voz clara y firme respondió de inmediato:

—Entra, muchacho. Te estaba esperando.

Se miraron, sorprendidos. ¿Sabía que vendrían? Entraron juntos. La estancia era acogedora, llena de muebles de madera desgastada, estanterías llenas de libros y frascos de cristal con hierbas secas, y una chimenea donde ardía un fuego alegre. Junto al fuego, una mujer de edad avanzada estaba de pie: alta, de espalda recta, con el cabello blanco recogido en una trenza gruesa y unos ojos oscuros y vivos que parecían verlo todo. No se sorprendió al verlos, ni preguntó quién era Elara. Simplemente asintió, como si su llegada hubiera estado escrita desde mucho antes.

—Pasan frío y cansancio —dijo, señalando dos sillas junto al fuego—. Siéntense. Calienten los huesos. El té estará listo en un momento.

—¿Sabía que vendríamos? —preguntó Dante, sin moverse del umbral, con la mochila aún apretada contra su pecho.

—Sabía que vendrías cuando el peligro te empujara —respondió ella con tranquilidad, sirviendo una infusión humeante en tazas de barro—. Tu padre vino aquí muchas veces, con el mismo miedo en los ojos. Y Valeria también. La última noche que la vi, vino aquí, temblando, diciendo que tenía pruebas que entregar. Le dije que se quedara, que no volviera a la mansión… pero dijo que no podía dejarlo solo. Que lo amaba demasiado para huir sin él.

Elara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se sentó lentamente, con la taza entre las manos, buscando su calor.

—Usted lo sabía todo —susurró ella—. Lo de Valeria, lo de las pruebas, lo de Julián…

—Lo supe entonces, y lo sé ahora —dijo Elvira, sentándose frente a ellos, con las manos entrelazadas sobre el regazo—. Pero no pude detenerlo. Eran débiles, y él era poderoso. Tu padre no tuvo el valor de enfrentarse a su esposa ni a sus socios, y Valeria pagó ese precio con su vida. Y ahora… aquí estás tú —miró a Dante—, con los mismos ojos, la misma terquedad, y espero que más fuerza que él. Y tú —se giró hacia Elara—, has venido a romper la maldición que pesa sobre esa familia. No es casualidad que estés aquí.

—Julián nos persigue —dijo Dante, yendo al grano—. Ha bloqueado todos los caminos. Necesitamos un teléfono, necesitamos llegar con el fiscal Salinas antes de que nos encuentre. Tiene las pruebas —señaló la mochila—. La denuncia de mi padre, los documentos, todo lo que necesita para caer.

Elvira asintió lentamente, pero su expresión se tornó sombría.

—El teléfono no funciona. La línea está cortada desde hace dos días. Y el coche… ya no está. Esta mañana vinieron dos hombres. Lo tomaron. Dijeron que buscaban a dos fugitivos. Sabían que vendrías aquí, Dante. Preguntaron por la casa, por el camino, por todo. Julián ha cerrado el cerco. Sabe que no tienen otro lugar adonde ir.

El corazón de Elara se hundió. Estaban atrapados. Sin comunicación, sin transporte, rodeados.

—¿Entonces no hay salida? —preguntó ella, con voz temblorosa pero sin rendirse—. ¿Debemos esperar a que venga por nosotros?

—Nadie espera a nadie —respondió Elvira con firmeza, enderezándose en la silla—. Hay una salida. Mi padre la construyó cuando las guerras. Un túnel que sale desde la bodega, bajo el bosque, hasta la vieja estación de tren abandonada. Es estrecho, oscuro y lleno de raíces… pero sale a la otra ladera, lejos de donde están esperando. Allí, cerca de las vías, hay una caseta de vigilancia que aún tiene teléfono. Y si llegan antes de que caiga la noche, pueden tomar el tren de carga que pasa a las siete. Los maquinistas me conocen. Les ayudarán.

Dante se levantó de un salto, con la esperanza renaciendo en sus ojos.

—¿Nos llevará?

—No puedo caminar tan rápido como necesitan —dijo ella, levantándose y acercándose a una estantería, de donde sacó una linterna y una llave de hierro vieja—. Pero les diré el camino. Y les daré algo más. —Se acercó a Dante y le puso una mano en el pecho, justo sobre su corazón—. Tengan cuidado. El túnel es seguro, pero la estación… no está desierta. He visto sombras merodeando por allá. Están buscándolos en todas partes. Deben ser rápidos y silenciosos. Y recuerden: la verdad no es suficiente si no llegan vivos para contarla.

Bajaron a la bodega, fresca y llena de olor a tierra y vino viejo. En el rincón más oscuro, detrás de unos barriles apilados, Elvira movió una losa de piedra y apareció una escalera de madera que descendía a la oscuridad absoluta.

—Trescientos pasos rectos —les indicó—. Luego giren a la izquierda. Sigan siempre hacia abajo. Cuando vean la luz del día, ya han salido. Que la suerte los acompañe. Y Dante… dile a Valeria que por fin descansará.

Dante la abrazó con fuerza, con gratitud inmensa.

—Gracias, Elvira. Por todo.

—Vayan ya —les apresuró ella, apartándose—. Cada segundo que pierden es oro para él.

Bajaron al túnel, y la oscuridad los tragó. Solo la luz tenue de la linterna les permitía ver el camino estrecho y de tierra húmeda. El aire era pesado y frío, y el sonido de sus propios pasos regresaba a ellos como un eco de mil voces. Caminaron agachados, hombro con hombro, sin hablar, sabiendo que no había vuelta atrás. Cuando finalmente salieron a la luz del atardecer, cerca de las vías del tren, el aliento se les escapó: estaban vivos, estaban libres… pero la estación no estaba sola. Cerca de las vías, dos hombres estaban de pie, mirando en todas direcciones, con radios en la mano. Julián ya había cerrado también esa salida.

—Nos han encontrado —susurró Elara, sintiendo que la esperanza se le escapaba de las manos.

Dante la miró, y en sus ojos no había miedo, sino determinación absoluta.

—No nos han encontrado. Solo nos están esperando. Pero no saben quiénes somos. No saben qué llevamos. Y eso nos da ventaja. Escúchame bien…

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Eliana Angulo
interesante
Eliana Angulo
desde que se conocieron hubo una química entre los protagonistas, que me gustó 🤭
Eliana Angulo
el paso de deja quieto, por estar de hosiosa que les pasara
Eliana Angulo
yo no recostruiria nada, dejaría esa casa asi
Eliana Angulo
yo no recostruiria nada, dejaría esa casa asi
Eliana Angulo
esa Clara guarda algo
Eliana Angulo
jajaja es Dante no era que se reprimia🤣🤣
Eliana Angulo
interesante tu obra
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: me alegra que te guste, te invito a seguir leyendo la y a qué le mis otras historias, te encantarán ☺️
total 3 replies
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