Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 6: Mi nombre es Isabela Voss.
Me quedé de pie en el centro de la habitación inmensa mucho tiempo después de que la puerta se cerrara tras él. El silencio que quedó no era vacío; estaba cargado con la huella de su presencia, con el peso de sus palabras grabadas en el aire: No te irás nunca de aquí. Toqué mis propios labios, todavía sintiendo el roce ligero de los suyos, una caricia que había sido promesa, reclamo y sentencia a la vez. A mi alrededor, todo era lujo, seguridad, cosas que en mi vida anterior jamás hubiera podido tener, y sin embargo, lo único que ocupaba mi mente era la forma en que él había dicho mi nombre. Isabela. No era solo un sonido, era algo que él había tomado, que había hecho suyo al pronunciarlo.
Caminé despacio por la estancia, pasando la mano por la madera oscura de los muebles, por las telas pesadas que cubrían la cama gigante, por las paredes de piedra pulida que brillaban con reflejos rojizos. Todo era extraño, todo era ajeno, y yo… yo también me sentía extraña dentro de mí misma. ¿Quién era yo ahora? ¿Solo una humana que había muerto y despertado en el infierno? ¿Una posesión del Príncipe de las Sombras? ¿Algo más?
Me acerqué a una de las paredes, donde una superficie de metal pulido actuaba como un espejo. Me miré en ella y casi no me reconocí. Mi ropa estaba rasgada, sucia, cubierta del polvo de la caída y de las marcas del camino. Tenía el cabello revuelto, la piel pálida manchada de hollín, los ojos más grandes y oscuros de lo que recordaba, brillando con una mezcla de miedo y algo más, algo que no lograba definir, pero que estaba ahí, vivo y fuerte.
—Soy Isabela Voss —susurré a mi propio reflejo, pronunciando cada sílaba con fuerza, como si tuviera que convencer a alguien, o quizás a mí misma—. Soy Isabela Voss. Y eso… eso nadie me lo puede quitar. Ni aquí, ni en mi mundo, ni en ningún lugar.
Era lo único que me quedaba, lo único que era mío al cien por ciento. Mi nombre, mi identidad, la persona que había sido antes de caer aquí. Y aunque Lucien dijera que yo le pertenecía, aunque me tuviera encerrada en este castillo de sombras, esa parte de mí era intocable.
De repente, la puerta se abrió sin hacer ruido. Me giré de golpe, alerta, con el corazón latiendo fuerte, esperando ver de nuevo esa figura inmensa, esos cuernos imponentes y esa mirada que lo devoraba todo. Pero no era él.
Entraron dos figuras más bajas, de piel oscura y rasgos afilados, vestidas con túnicas largas de tejido grueso, cabezas bajas y miradas respetuosas. Llevaban bandejas con objetos, ropas, recipientes que despedían vapor y aromas desconocidos. Caminaron sin hacer ruido, dejaron todo sobre una mesa grande y se inclinaron profundamente ante mí, sin levantar la vista ni una sola vez.
—Señora —dijo uno de ellos con voz suave, casi un susurro—. El Príncipe ordenó que tuvieras todo lo necesario. Agua limpia, ropa nueva, comida… y todo lo que pudieras necesitar para estar cómoda.
—Gracias —respondí, un poco insegura, sin saber muy bien cómo tratar a seres que, por lo que había visto, eran criaturas poderosas y temidas, pero que ante mí se comportaban como sirvientes humildes.
Se quedaron allí, inmóviles, esperando.
—¿Necesitas algo más, señora? —preguntó el otro.
—Solo… —Dudé un momento, luego levanté la cabeza y hablé con claridad, con la misma firmeza con la que había hablado conmigo misma segundos antes—. Solo quiero que sepan, y que le digan a él si es necesario… que mi nombre es Isabela Voss. No soy “la humana”, no soy “la prisionera”, no soy “su cosa”. Soy Isabela Voss. Y me gustaría que me llamen por mi nombre.
Los dos alzaron un poco la vista, sorprendidos. En sus ojos vi asombro, pero también algo parecido a un respeto nuevo, diferente.
—Como ordene, Isabela Voss —respondieron al unísono, inclinándose de nuevo—. Así se hará.
Se retiraron hacia atrás, saliendo de la habitación y cerrando la puerta suavemente, dejándome de nuevo sola, pero ahora con una sensación extraña de victoria pequeña, pero importante.
Me acerqué a la mesa donde habían dejado todo. Había recipientes con agua clara que olía a hierbas y calor, paños suaves, vestidos hechos de telas que brillaban levemente, de colores oscuros pero hermosos: granate, azul profundo, negro con hilos de tonos rojizos. También había comida: frutas de formas extrañas, pero aspecto apetitoso, panes oscuros, cremas y carnes que despedían un olor delicioso.
Me limpié primero, quitando de mí todo el polvo y la suciedad del viaje. El agua era tibia, agradable, y al tocar mi piel sentí una sensación de frescura y energía, como si aquellas hierbas no solo limpiaran, sino que también curaran las pequeñas heridas y el cansancio del cuerpo. Cuando me vestí, la tela cayó suave sobre mí, ajustándose a mi cuerpo de una forma que no era incómoda, sino elegante, digna, como si realmente fuera alguien importante.
Me senté en el borde de la cama, comiendo despacio, probando cosas que nunca había visto ni imaginado. Todo tenía un sabor intenso, fuerte, lleno de vida, muy distinto a lo que comía en mi vida anterior. Mientras comía, mi mente volaba hacia atrás, hacia lo que había sido Isabela Voss antes de la caída.
Recordé una vida sencilla, tranquila, pero también vacía. Una mujer que trabajaba muchas horas, que llegaba a una casa pequeña y silenciosa, que leía libros para soñar con vidas que no eran la suya, que caminaba sola por las calles mirando a la gente pasar, preguntándose si alguna vez encontraría algo que la hiciera sentir que estaba realmente viva. Una mujer que creía que el amor era algo lejano, que la pasión era cosa de cuentos, que la gente como ella estaba destinada solo a existir, no a vivir.
Y ahora… ahora estaba aquí. En el abismo. En el castillo del ser más poderoso y aterrador que existía. Convertida en el centro de su obsesión, en el objeto de todos sus deseos, en la única cosa que le importaba en tres mil años de existencia.
—Isabela Voss —repetí de nuevo, acariciando la tela de mi vestido nuevo—. Ya no soy la misma de antes. Pero sigo siendo yo.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, y esta vez no hubo dudas. La figura inmensa de Lucien llenó el marco, recortada contra la penumbra del pasillo. Entró despacio, cerró tras él y se quedó allí, de pie, mirándome. Y en sus ojos, esas llamas oscuras que siempre ardían, vi algo distinto a la posesión o al deseo habitual. Vi admiración.
—Le dijeron algo interesante mis sirvientes hace un momento —empezó a decir, caminando despacio hacia mí, con esa elegancia peligrosa que tenía incluso en los movimientos más simples—. Me contaron que les ordenaste que te llamaran por tu nombre. Que les dijiste que no eres una cosa, ni una prisionera, ni nada más que Isabela Voss.
Se detuvo justo frente a mí, mirándome de arriba abajo, viéndome limpia, vestida con las ropas que él había mandado preparar, sentada allí con la cabeza alta y la mirada firme.
—¿Te molesta? —pregunté, desafiándolo sin miedo, sosteniendo su mirada—. ¿Te molesta que quiera tener mi nombre, mi identidad, aunque sea tuya?
Lucien se agachó frente a mí, quedando a mi altura, y levantó una mano para acariciar mi mejilla, esta vez con una ternura absoluta, sin rastro de dominio.
—¿Molestarme? —repitió, y su voz era suave, cargada de una emoción profunda que casi nunca mostraba—. Pequeña humana… eso es justo lo que me hace amarte más. Esa fuerza que tienes, esa forma de saber quién eres incluso cuando todo ha cambiado, incluso cuando estás en un mundo que te es hostil y al lado de alguien que deberías temer… eso es lo que me tiene atado a ti.
Se acercó más, hasta que su frente tocó la mía, y sus palabras fueron un susurro íntimo, solo para mí:
—Tu nombre es Isabela Voss. Y te lo digo ahora, y te lo diré mil veces más… Isabela Voss, eres mía. Pero eres mía siendo tú misma. Eres mía siendo la mujer que tiene nombre, historia, carácter y fuerza. No quiero una sombra, ni una muñeca, ni algo sin vida. Te quiero a ti. Con tu nombre, con tu pasado, con tu forma de ver el mundo que me hace cuestionar todo lo que he creído durante siglos.
Me tomó la mano, apretándola suavemente contra su pecho, donde sentí su corazón golpear fuerte y lento.
—Isabela Voss… —dijo, saboreando cada sílaba, grabándola en el aire, en mí, en él mismo—. Ese es el nombre de la única persona que ha logrado entrar en mi vida, en mi castillo… y en mi corazón. Y te prometo que mientras vivas aquí, mientras seas mía… nadie, absolutamente nadie, olvidará quién eres.
Por primera vez desde que llegué, sonreí. Una sonrisa verdadera, libre, que salió de lo más profundo de mí. Porque entendí entonces que, aunque él me tuviera aquí, aunque me reclamara como suya, lo que nos unía era algo mucho más grande que la posesión. Él me veía. Él me reconocía. Y eso… eso era lo que hacía que todo esto, incluso en medio de la oscuridad, fuera algo que empezaba a valer la pena.
—Entonces recuérdalo siempre, Lucien —respondí, mirándolo directo a los ojos—. Mi nombre es Isabela Voss. Y estoy aquí, contigo, no solo porque me has traído… sino porque he decidido quedarme, al menos por ahora.
Él sonrió también, esa sonrisa poderosa y devoradora que iluminaba todo su rostro, y me atrajo hacia sí, abrazándome con fuerza, protegiéndome, haciéndome sentir que nada en el mundo podría tocarme mientras él estuviera allí.
—Me gusta esa decisión —murmuró contra mi cabello—. Me gusta muchísimo.
Y allí, en la oscuridad de ese castillo antiguo, entre sombras y fuego, supe que mi nombre ya no era solo mío. Era el lazo que nos unía, la palabra que significaba todo para él, y el comienzo de una historia que cambiaría para siempre no solo mi vida… sino también la suya.