Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Estratagema Política y las Horas Robadas
A lo largo de la segunda semana de estancia de la comitiva, la tensión en el Consejo Privado de Eldamar comenzó a manifestarse. Los ministros locales no comprendían por qué el rey, habitualmente resolutivo en sus decisiones, dilataba el cierre del tratado comercial por aspectos aparentemente menores.
—Sire —intervino el Archmaestre Elion al término de una larga sesión matutina—, el archiduque de Valoria ha mostrado cierta impaciencia en los pasillos. Las bases del acuerdo marítimo están prácticamente listas. Un par de firmas sellarían la alianza. ¿Por qué postergar el acto final?
Manuel acomodó las hojas del borrador sobre su escritorio sin perder la compostura.
—Un tratado firmado con prisa es una fuente de disputas futuras, Archmaestre —respondió el monarca con tono impecable—. Revisaremos las cláusulas del derecho de pesca en las aguas compartidas el próximo lunes. Informad a la delegación que la corona les ofrece hospitalidad prolongada mientras afinamos los textos.
Afuera, en los patios, las banderas flameaban bajo un cielo claro con nubes esparcidas y suaves brisas del suroeste. El pueblo de Eldamar disfrutaba de un período de tranquilidad climática inusitado, atribuyendo la paz a la presencia de los diplomáticos continentales.
Mientras tanto, en el Jardín de Cristal, el vínculo entre el "jardinero" Manuel y la joven Valeria se profundizaba con cada atardecer.
Valeria le contaba detalles de su infancia en Valoria, de sus paseos a caballo por los prados del sur y de la presión constante de su familia por encontrarle un compromiso ventajoso con alguna casa noble del continente.
—Todos en la corte parecen ver los matrimonios como transacciones de tierras o acuerdos comerciales —confesó Valeria una tarde, mientras ayudaba a Manuel a plantar semillas de lavanda en una jardinera de piedra—. Desean que me case con un título elevado, alguien que aumente el prestigio del archiducado. Pero yo solo deseo a alguien sincero, un hombre con quien pueda hablar sin calcular cada palabra.
Manuel la escuchaba con el corazón dividido. Por un lado, la honestidad y la dulzura de la joven lo enamoraban profundamente; por otro, la sombra de su verdadera identidad pesaba como una losa de hierro sobre su conciencia.
«Si le digo quién soy», pensaba Manuel al caer la noche en la soledad de su aposento, «¿cambiará la mirada de sus ojos? ¿Pensará que la he engañado deliberadamente para poner a prueba su sinceridad? ¿Se transformará en otra dama cortesana más que busca complacer al rey por temor a la tempestad?».
El temor a perder la única relación auténtica que había experimentado en su vida lo mantenía en un silencio atormentado.
La tarde del decimocuarto día trajo consigo una ligera alteración en la atmósfera. Un viento frío y seco comenzó a silbar por los aleros de la Fortaleza de la Cumbre, haciendo crujir las maderas del pabellón norte.
Cuando Valeria entró en el Jardín de Cristal, Manuel notó de inmediato que la joven estaba profundamente preocupada. No llevaba su cuaderno de dibujo y su paso era lento y dudaroso. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas y sus manos apretaban con nerviosismo el pliegue de su vestido.
Manuel dejó a un lado el rastrillo y se aproximó a ella con la serenidad que requería el momento.
—Buenas tardes, Valeria —saludó él con voz pausada—. Os noto distante hoy. ¿Ha ocurrido algún contratiempo en las dependencias de los invitados?
Valeria dejó escapar un largo suspiro y se dejó caer sobre el banco de piedra, cubriéndose el rostro con las manos durante un breve instante antes de mirar al joven.
—Es mi padre... y los consejeros que lo acompañan —confesó con amargura en la voz—. Esta mañana celebraron una reunión a puerta cerrada en nuestros aposentos. Están frustrados porque las negociaciones con el rey Manuel no avanzan tan rápido como esperaban.
Manuel se tensó imperceptiblemente, pero mantuvo la voz neutral.
—Las negociaciones de estado suelen ser complejas, milady.
—No es solo eso —continuó Valeria, mirando fijamente las baldosas del suelo—. Los asesores de mi padre le han estado insistiendo durante los últimos tres días para que me utilice a mí como una pieza de negociación. Pretenden que solicite una audiencia privada con el rey Manuel... que intente acercarme a él, agradarle y usar mi presencia para influir en sus decisiones o lograr una propuesta de matrimonio que asegure el rango de nuestra casa.
Al escuchar aquellas palabras, una violenta sacudida de frustración y rabia amenazó con desbordarse en la mente del rey. La sola idea de que la pureza de Valeria fuera instrumentalizada por la ambición de los diplomáticos despertó la antigua herida de su enfado.
En el exterior, el impacto emocional fue instantáneo. La luz de la tarde se apagó de golpe bajo un denso manto de nubes plomizas. Un trueno distante retumbó en los valles orientales y la temperatura en el interior de la cúpula de cristal comenzó a descender vertiginosamente. Finas capas de escarcha empezaron a dibujarse sobre los bordes de los ventanales superiores.
Valeria miró hacia el techo de cristal, sorprendida por el cambio repentino del entorno.
—El clima está cambiando otra vez... —murmuró ella con una mezcla de asombro y zozobra—. Dicen que cuando el rey se altera de este modo, es porque siente que están intentando engañarlo o presionarlo.
Manuel cerró los ojos con fuerza. Inhaló profundamente, aplicando de forma desesperada los ritmos respiratorios que le enseñaron en su infancia para contener el estallido. Sabía que si perdía el control en ese momento, una granizada destrozaría la cúpula de vidrio y pondría en peligro a la joven que tenía enfrente.
Lentamente, el aire frío dejó de descender. El rey abrió los ojos, manteniendo el pulso firme aunque sus manos temblaban ligeramente por la tensión.
Se acercó a Valeria y la miró a los ojos con una intensidad desarmante.
—¿Y vos qué pensáis de lo que os piden vuestros acompañantes, Valeria? —preguntó Manuel con la voz ligeramente tensa—. ¿Pensáis acudir ante el rey? ¿Qué opináis realmente de ese hombre al que os piden que os acerquéis?