Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 5
La noticia del compromiso de Valeria con el señor Sebastián se propagó a toda velocidad, como una ráfaga de viento cruzando los campos de té. Desde primera hora de la mañana, en cada rincón del pueblo no se hablaba de otra cosa.
El café del pueblo, la caseta de vigilancia, las mujeres que tendían la ropa al sol: todos se habían sumergido en la misma conversación sobre la muchacha huérfana que estaba a punto de convertirse en nuera de Don Alejandro. No pocos seguían sin poder creerlo.
Desde que corrió la voz, algo cambió en Ramón y Marta. Antes, al volver de la plantación, apuraban el paso rumbo a casa. Pero aquel día fue distinto.
Ramón aminoró la marcha a propósito. Marta caminaba a su lado con la barbilla ligeramente alzada. De vez en cuando se arreglaba el cabello, asegurándose de lucir presentable.
Eligieron la ruta más concurrida. Pasaron frente a la tienda de la señora Sarmi, luego junto a la caseta de vigilancia, y después por el caminito que llevaba al mercado del pueblo. Como si esperaran que alguien les dirigiera la palabra primero.
Y así fue.
—¡Eh, Ramón! ¡Marta!
Una mujer de mediana edad les hizo señas desde la puerta de su tienda. —Vengan un momento.
Marta se volvió con una sonrisa amable. Se acercó con expresión de falsa modestia. —¿Qué pasa, señora?
—Oí que Valeria va a casarse con el señor Sebastián, ¿es cierto?
La sonrisa de Marta se ensanchó de inmediato. —Sí, es verdad —respondió con dulzura, haciendo una pausa calculada para que los curiosos de alrededor también escucharan—. El propio Don Alejandro vino a pedir la mano de nuestra sobrina.
Varios vecinos que estaban sentados en la tienda giraron la cabeza. —¿De verdad?
Ramón asintió con calma, como si aquello fuera lo más natural del mundo. —Nosotros tampoco lo esperábamos. Pero el destino no avisa. Si Dios quiere, ¿quién puede oponerse?
Un hombre se acarició la barbilla. —Eso quiere decir que van a ser consuegros de Don Alejandro.
Ramón soltó una risa discreta. —Pues sí, si Dios lo permite.
Aunque sus palabras sonaban modestas, el brillo de orgullo en sus ojos era imposible de ocultar.
Marta ni siquiera se apresuró a despedirse. Disfrutaba de las miradas de admiración. Por primera vez en todos los años que llevaba viviendo en aquel pueblo, se sentía el centro de atención. Esa sensación le hinchó el pecho de satisfacción.
Retomaron el camino. No habían avanzado mucho cuando el presidente de la junta vecinal se cruzó con ellos.
—Ramón.
Ramón se detuvo. —Ah, don presidente.
El hombre sonrió con cordialidad. —Esta tarde no se les olvide el trabajo comunitario. Hay que reparar la canaleta de agua al final del pueblo.
Normalmente, Ramón asentía sin hacer preguntas. Pero esta vez se limitó a una sonrisa fina.
—Disculpe, presidente. No voy a poder ir.
El hombre lo miró extrañado. —¿Por qué?
—Tengo asuntos familiares —contestó Ramón con tono de importancia.
—¿Y si va solo un rato? No es mucho trabajo.
Ramón negó con la cabeza. —Últimamente andamos bastante ocupados.
Antes de que el presidente pudiera insistir, Marta se adelantó:
—Entiéndanos, presidente. Los preparativos de la boda de Valeria nos tienen muy atareados.
Su voz sonaba suave, pero cargada de jactancia. Exhaló como si de verdad estuviera agotada.
—Ya sabe, cuando se trata de la familia de Don Alejandro, las cosas no pueden hacerse a la ligera.
El presidente se quedó callado un momento. Observó a la pareja de arriba abajo. Luego esbozó una sonrisa tirante.
—Ah, ya veo. Entonces buscaré a alguien más —dijo, conteniendo la decepción.
—Gracias por entender —respondió Marta, y Ramón asintió brevemente.
Cuando el presidente se alejó, algunos vecinos que habían presenciado la escena intercambiaron miradas.
—Todavía no son nada y ya cambiaron —murmuró un hombre en voz baja, y su compañero asintió.
—Antes era el primero en ofrecerse para el trabajo comunitario. Ahora dice que está ocupado. Y ni siquiera ha pasado nada todavía.
Esos susurros no llegaron con claridad a oídos de Ramón y Marta. Pero las miradas de recelo que empezaban a brotar entre los vecinos iban borrando, poco a poco, el respeto que alguna vez les tuvieron.
Por desgracia, Ramón y Marta no lo notaron. Al contrario: interpretaron toda esa atención como señal de que la gente les tenía envidia por la vida que estaba a punto de cambiarles.
Cerca del mediodía, Valeria regresó de la plantación con paso fatigado. La canasta de mimbre a su espalda se veía vieja y desgastada. Gotas de sudor le perlaban las sienes. Al entrar al patio, vio a varias vecinas conversando con Marta.
—Valeria. —La voz de Marta brotó dulce como la miel. Una sonrisa afable le iluminaba el rostro—. Ven, hija.
Valeria se acercó con la cabeza gacha. —Sí, tía.
Marta le tomó el brazo con ternura. —Pronto serás nuera de una familia importante. No te exijas tanto con el trabajo.
Las mujeres que observaban la escena sonrieron enternecidas. —Marta es tan buena con Valeria.
—Por eso Valeria se queda a gusto viviendo con sus tíos.
Al escuchar los elogios, Marta bajó la vista con modestia fingida. —Es mi sobrina. La quiero como si fuera mi propia hija.
Valeria no dijo nada. Algo le oprimía el pecho. Sabía que toda esa dulzura solo aparecía cuando había testigos.
Poco después, las vecinas se despidieron. En cuanto la puerta se cerró, la sonrisa de Marta se esfumó de golpe. La mano que antes sostenía el brazo de Valeria con cariño la soltó sin más. Su mirada se volvió afilada.
—¿Todavía parada ahí? ¡A cocinar, rápido! —La voz de Marta se elevó de golpe.
Valeria, que aún cargaba la canasta, asintió al instante. —Sí, tía.
—Después lavas toda la ropa. Y el piso de atrás todavía no está trapeado. Que no lo vea sucio.
Valeria agachó la cabeza. —Sí, tía.
La muchacha se dirigió a la cocina sin protestar. Apenas había dado unos pasos cuando la voz de Marta volvió a resonar.
—¡Y no te tardes! ¡No creas que porque vas a casarte puedes andar de holgazana!
Valeria se detuvo un segundo. Respiró hondo y retomó el camino. Ni una sola palabra salió de sus labios. Ya estaba demasiado acostumbrada a ese trato. Pero detrás de su calma, una determinación callada iba creciendo. Podía respetar a sus tíos, sí. Pero no iba a permitir que le arrebataran la dignidad solo porque estaba a punto de formar parte de la familia de Don Alejandro.