Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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Sangre, plomo y café
El amanecer sobre los viñedos de Sicilia tiñó la suite principal de tonos dorados y ocres. Cuando Victoria despertó, el lado del sillón estaba vacío y perfectamente ordenado. Alex ya no estaba en la habitación.
En las cocinas de la mansión Lombardi, el ambiente a esa hora solía ser un santuario de prisas contenidas y susurros temerosos. Los sirvientes se movían como fantasmas, acostumbrados a la tiranía del antiguo capo y a la mirada vigilante de Matías. Sin embargo, esa mañana, el aire era distinto.
En el centro de la gran mesa de acero de la cocina, Alex, vistiendo unos pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos, estaba terminando de colar un café espresso italiano con total naturalidad. Los tatuajes de sus brazos quedaban a la vista mientras sostenía la enorme cafetera de metal.
Elena, la cocinera jefa, una mujer mayor que llevaba décadas sirviendo a la familia, lo miraba entre asombrada y asustada, sosteniendo una bandeja de plata.
—Signor... no es necesario que haga eso —había intentado decirle ella cuando entró y lo encontró allí—. Es nuestro deber servirle el desayuno en el comedor principal. Donna Victoria nunca baja a las cocinas.
—Yo no soy Donna Victoria, Yulia —le había respondido Alex con una sonrisa sincera y cercana que desarmó de inmediato a la mujer—. Y en mi casa, el que quiere café, se lo sirve. No espero que nadie limpie mis botas ni que me trate como a un rey solo por el traje que llevo puesto.
Ese pequeño gesto de humanidad corrió como la pólvora entre el personal de servicio. En menos de una hora, Alex se había ganado el respeto y el cariño genuino de los empleados. Para ellos, acostumbrados a ser tratados como mobiliario invisible, que el nuevo esposo de la Reina les hablara a los ojos, les diera las gracias y se preparara su propia comida era algo inaudito.
El idilio matutino se rompió cuando Alex salió al patio de armas de la mansión, sosteniendo su taza de café. Allí, el relevo de la guardia de seguridad estaba en marcha. Una docena de sicarios armados hasta los dientes charlaban en voz baja. Al ver salir a Alex, las risas se detuvieron. Un par de los hombres más jóvenes, leales a Matías, intercambiaron miradas burlas y uno de ellos, un tipo corpulento llamado Franco, escupió al suelo justo cuando Alex pasaba cerca.
—Miren eso... el juguete nuevo de la jefa aprendió a caminar solo por el patio —dijo Franco en voz alta, provocando las risas ahogadas de sus compañeros—. Cuidado no te ensucies la camisa, civil.
Alex se detuvo en seco. No se alteró, no gritó, ni amagó con buscar un arma que no llevaba. Dio media vuelta despacio, tomó un sorbo de su café y caminó directo hacia Franco. Su figura robusta y sus hombros anchos se recortaron contra la luz del sol, proyectando una sombra imponente que borró las sonrisas de los guardias restantes.
—¿Tienes algún problema con mi camisa, Franco? —preguntó Alex. Su voz grave y profunda resonó en el patio de piedra con la fuerza de un trueno.
El sicario, intimidado por la cercanía y la absoluta falta de miedo en los ojos claros de Alex, intentó dar un paso al frente y tocó la culata de su fusil.
—Solo digo que este lugar es para hombres de verdad, no para los que se venden por una deuda. Aquí obedecemos a la sangre y al plomo, no a los caprichos de la Reina.
Antes de que Franco pudiera siquiera parpadear, Alex dejó la taza en una mesa cercana y, con una rapidez felina, dio un paso al frente. Agarró al sicario por la solapa del chaleco táctico con una sola mano, levantándolo casi del suelo gracias a su descomunal fuerza física, y lo estampó contra la pared de piedra del patio. El impacto dejó al guardia sin aire.
Los demás sicarios hicieron el amago de levantar sus armas, pero Alex ni siquiera los miró; mantuvo sus ojos fijos en un aterrorizado Franco.
—Escúchame bien, soldado —sentenció Alex en un susurro gélido que heló la sangre de todos los presentes—. Tu Reina me puso en este lugar, y mi apellido ahora es Lombardi. Si vuelves a faltarme al respeto, a mí o a las órdenes de tu jefa, te juro por la vida de mi padre que no vas a necesitar que Matías te entierre. ¿Te quedó claro?
Franco, con los ojos abiertos de par en par y sintiendo la presión de acero en su pecho, asintió débilmente con la cabeza. Alex lo soltó con desprecio, permitiendo que cayera de rodillas, de espaldas al suelo.
Alex recogió su taza de café con total tranquilidad, se acomodó las mangas de la camisa y miró al resto de la guardia, que permanecía en un silencio sepulcral, asombrados por la valentía del nuevo consorte.
—Buen día, señores. Sigan con su guardia —concluyó Alex, dando media vuelta para regresar al interior de la mansión.
Desde una de las ventanas del segundo piso, oculta tras las cortinas de la biblioteca, Victoria había observado toda la escena. Sus dedos apretaron el marco de madera mientras una extraña mezcla de orgullo y desconcierto la invadía. Alex no solo estaba sobreviviendo a su imperio; se lo estaba ganando.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹