Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
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CAPÍTULO 9 - Cuatro bajo el mismo techo
Tres días después de la caída de Aethra, Luciano descubrió que convertirse en discípulo no incluía una habitación privada.
La casa de Edran ocupaba el interior de una torre inclinada, construida sobre una elevación desde la que se veían bosques azules, caminos de piedra y, a lo lejos, una ciudad amurallada. Por fuera parecía abandonada. Por dentro contenía cuatro dormitorios, una sala de entrenamiento, una cocina demasiado pequeña y suficientes armas para iniciar una disputa territorial.
Edran abrió la puerta y entró sin anunciarse.
Luciano lo siguió con una mochila prestada, su libreta y la certeza de que alguien estaba apuntándole desde el techo.
—Hay una persona arriba —murmuró.
—Dos —corrigió Edran.
Algo descendió detrás de Luciano sin hacer ruido.
Una hoja curva se apoyó contra su costado. Otra rozó la correa de la mochila. La mujer que las sostenía tenía cabello rojizo, orejas felinas y marcas oscuras que recorrían sus brazos y piernas como rayas de tigre. Una cola anillada se movía detrás de ella con una calma que no coincidía con la posición de las cuchillas.
—Huele a brecha —dijo.
La nueva trama traductora que Edran había fijado bajo la oreja de Luciano convirtió la frase con un ligero retraso.
—Y tú hueles a una bienvenida poco regulada —respondió él.
La felina sonrió. Sus colmillos eran pequeños y muy visibles.
—Habla raro.
—Viene de otro mundo —dijo Edran.
—Eso explica la ropa. No el mal gusto.
Las dos cuchillas se separaron. Un hilo casi invisible continuó unido entre ellas y pasó frente a la garganta de Luciano antes de desaparecer.
—Nyra —se presentó ella—. Pícara. Rastreadora. La persona que descubrirá si mientes antes de que termines de hacerlo.
—Luciano. Arqueólogo. La persona que preferiría conservar la garganta durante las presentaciones.
—Todavía no he decidido.
Un golpe hizo vibrar la torre.
Desde la sala contigua apareció el segundo habitante: un orco de piel verde, hombros enormes y cabello negro recogido entre dos protuberancias curvas que parecían prolongar la dureza de su frente. Vestía una armadura pesada de placas oscuras con bordes de bronce. Sobre un hombro cargaba un martillo nodal casi tan ancho como Luciano.
El arma desprendía pequeñas descargas violetas.
—Eso es innecesariamente grande —dijo Luciano.
El orco dejó caer el martillo.
El suelo respondió con un círculo de piedra que se elevó alrededor de sus botas. De la empuñadura se desplegó una placa lateral y formó un escudo unido al arma.
—Ahora es grande y necesario —contestó el orco.
Edran señaló a Luciano.
—Kargan. Guerrero. Su Arma Nodal se llama Bastión.
Kargan examinó al recién llegado desde el cabello blanco hasta los zapatos terrestres cubiertos de barro seco.
—No tiene postura.
—Tengo varias —dijo Luciano—. Sentado suele ser mi mejor estado.
—Tampoco tiene disciplina.
—Eso todavía está en revisión.
Kargan miró a Edran.
—No sobrevivirá.
—Qué alivio —dijo una voz femenina desde la cocina—. Pensé que esta vez traerían a alguien aburrido.
La tercera discípula entró con una taza entre las manos. Era una elfa de sangre de orejas largas, cabello dorado y ojos de un ámbar luminoso. Su atuendo combinaba cuero rojo con placas doradas colocadas para proteger sin limitar sus movimientos. En el cinturón llevaba una vara corta de metal carmesí, dividida en segmentos semejantes a espinas.
A diferencia de Nyra, no apuntó a Luciano.
Eso la volvió inmediatamente sospechosa.
—Vaelira —dijo ella—. Sanadora.
Luciano miró el arma segmentada.
—Parece diseñada para causar heridas.
—Hay que conocer muy bien un cuerpo para repararlo —respondió Vaelira—. Y conocerlo todavía mejor para desmontarlo.
Se acercó hasta quedar demasiado cerca. Luciano esperaba otra amenaza, pero Vaelira le tomó la muñeca y apoyó dos dedos sobre el pulso.
Una luz rojiza recorrió la vara de su cinturón. Los segmentos se abrieron como una rama metálica y filamentos líquidos dibujaron por un instante el contorno de venas alrededor de su mano.
—Savia Carmesí —explicó ella—. Lee circulación, transfiere energía y estabiliza resonancias.
Sus ojos descendieron hacia el pecho de Luciano.
—Quítate la camisa.
Él miró a Edran.
—La traducción acaba de cometer un error.
Nyra se apoyó contra la pared.
—No. Esa parte la entendiste perfectamente.
Vaelira alzó una ceja.
—Necesito revisar las marcas de la brecha.
—Podías empezar por eso.
—Podía. Pero tu expresión fue más informativa.
Luciano dejó la mochila y se quitó la camisa con cautela. Las líneas pálidas que habían aparecido durante el cruce seguían extendidas desde el pecho hasta el brazo. Vaelira pasó la vara cerca de ellas sin tocarlo. Savia Carmesí emitió tres pulsos y se cerró de golpe.
La diversión desapareció de su rostro.
—No tiene cauce formado.
Kargan frunció el ceño.
—Todos tienen cauce.
—Él tiene cicatrices donde debería comenzar. La brecha drenó su energía antes de que su cuerpo aprendiera a conducirla.
Vaelira volvió a tomarle el pulso.
—Si intenta una Concordancia completa ahora, la resonancia buscará caminos por músculos, nervios y órganos. Puede sobrevivir. También puede detenerse su corazón.
—¿Qué posibilidades hay de cada opción? —preguntó Luciano.
—Todavía no he decidido cuánto me agradas.
Nyra soltó una risa breve.
Edran dejó sobre la mesa la esquirla del arma materna, todavía envuelta en papel.
—Por eso permanecerá aquí. Aprenderá lengua común, lectura de resonancias y defensa básica antes de tocar materiales reales.
—¿Y nosotros debemos vigilarlo? —preguntó Kargan.
—Deben impedir que se mate.
—Es una diferencia pequeña —dijo Nyra.
Edran la miró.
—También impedirán que alguien se lo lleve.
El silencio cambió.
Nyra guardó sus cuchillas. El hilo nodal reapareció entre ambas durante un instante y se dividió en trayectorias falsas alrededor de la sala.
—Huella y Eco —dijo, al notar la mirada de Luciano—. Doble Rastro. Una hoja marca el camino verdadero. La otra convence a tus perseguidores de que escogiste otro.
—Útil para escapar.
—Útil para decidir quién te encuentra.
Kargan recogió Bastión. El círculo de piedra se hundió en el suelo sin dejar grietas.
—No será parte de nuestras misiones.
—Aún no —respondió Edran.
—Ni de nuestra formación.
—Eso lo decidirá su clase.
Luciano levantó una mano.
—A riesgo de interrumpir una discusión sobre mi futuro en la que soy decorativo, ¿qué significa clase?
Los tres discípulos lo miraron.
Por primera vez, la desconfianza fue reemplazada por una incredulidad perfectamente compartida.
Edran señaló el pasillo.
—Tu habitación es la última. Mañana comenzarás a descubrirlo.
Luciano recogió la camisa y la mochila. Al pasar junto a Vaelira, ella le devolvió la taza que había dejado sobre una repisa.
—No es mía —dijo él.
—Lo sé. Quería comprobar si obedecías cuando una mujer te pone algo caliente en las manos.
Luciano sostuvo la taza, confundido.
Nyra se cubrió la boca para ocultar una sonrisa.
—Va a ser demasiado fácil —murmuró.
Kargan no compartió la diversión. Esperó a que Luciano llegara al pasillo y se dirigió a Edran en voz baja.
—Una resonancia múltiple sin cauce puede destruir una unidad.
—Lo sé.
—Entonces no lo pongas junto a nosotros.
Edran contempló la esquirla sobre la mesa.
—La caída de Aethra significa que otros vendrán a buscarlo. Separarlo de ustedes no los mantendrá a salvo.
Desde el pasillo llegó un golpe. Luciano había abierto la puerta equivocada y activado una trampa de cuerda que lo dejó colgando por un tobillo.
Nyra caminó hacia él con absoluta tranquilidad.
—Apuesto diez thalen a que no sobrevive a su primera Concordancia.