A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 19
Capítulo 19: El engaño
La llamada llegó a las tres de la madrugada.
Valentina estaba despierta. No había podido dormir desde que salió de Torre Montero. Las palabras de Sebastian le daban vueltas en la cabeza como un trompo que nadie puede detener: "Pregúntale por qué te eligió a ti." Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de Alejandro cuando Sebastian lo acusó de estar obsesionado con una menor. Esa fractura. Ese parpadeo.
El teléfono vibró en la mesita de noche. Número del hospital. Contestó antes del segundo timbre.
—¿Señorita Montero? —La voz de la enfermera era profesional pero urgente—. Santiago Montero ha tenido una complicación. Sus signos vitales se deterioraron en la última hora. Le recomendamos que venga lo antes posible.
Valentina se vistió en cuarenta segundos. Chamarra sobre la pijama. Tenis sin calcetines. El medallón de jade debajo de la camiseta. No llamó a Julia. No llamó a Alejandro. Bajó las escaleras de la hacienda en la oscuridad, cruzó el jardín y salió por la puerta lateral que el guardia nocturno dejaba sin seguro entre las dos y las cuatro —un detalle que Santiago le había enseñado semanas atrás, cuando le enseñó a salir sin ser vista.
Tomó un taxi en Reforma. Le dio la dirección del hospital. La ciudad estaba vacía a esa hora, solo semáforos parpadeando en ámbar y uno que otro coche fantasma deslizándose por las avenidas. El taxista la miró por el retrovisor pero no dijo nada. En la radio sonaba una cumbia vieja a volumen bajo, y la melodía le pareció obscena contra la urgencia que le apretaba el pecho.
Llegó al hospital en diecisiete minutos. Cruzó el vestíbulo corriendo. Subió al tercer piso por las escaleras porque el elevador tardaba demasiado. El pasillo de la unidad de hospitalización estaba silencioso, con esa quietud artificial de los hospitales de madrugada que huele a cloro y a insomnio ajeno.
Abrió la puerta de la habitación 312.
Santiago estaba sentado en la cama. Con la espalda recargada en dos almohadas. Comiendo uvas de un plato de plástico. Su pelo estaba limpio y peinado hacia atrás. La bata del hospital le quedaba abierta en el pecho, dejando ver las gasas que cubrían las heridas del omóplato —limpias, blancas, sin rastro de sangre fresca. El suero seguía conectado a su brazo izquierdo, pero su cara tenía el color saludable de alguien que ha dormido ocho horas y cenado bien.
No estaba muriendo. No estaba en peligro. Estaba comiendo uvas a las tres y media de la madrugada con la calma de un hombre en vacaciones.
—Hola —dijo Santiago. Sonrió. Era la media sonrisa de siempre, la que usaba como llave maestra para abrir puertas que no le correspondían.
Valentina se quedó en el umbral. La adrenalina que le había impulsado las piernas durante diecisiete minutos se convirtió en algo más pesado, más caliente: rabia. Una rabia que le subió desde el estómago y le llenó la garganta como bilis.
—La enfermera dijo que estabas grave —dijo. Su voz sonó plana, controlada, peligrosa.
Santiago se encogió de hombros. El movimiento le arrancó una mueca de dolor —las heridas de la espalda no eran falsas— pero la mueca se disolvió rápido, sustituida por esa expresión de inocencia calculada que Valentina ya conocía tan bien como su propia cara en el espejo.
—Necesitaba verte —dijo.
Tres palabras. Dichas con la suavidad de una caricia y la precisión de un anzuelo. Santiago las soltó como quien lanza una moneda al aire sabiendo exactamente de qué lado va a caer.
Valentina dio un paso hacia la puerta. Santiago extendió la mano y le agarró la muñeca. No con fuerza. Con la presión justa para que ella sintiera el calor de sus dedos sin sentirse atrapada.
—Espera —dijo—. Por favor.
Valentina se detuvo. No por la mano en su muñeca. Por el "por favor". Santiago Montero no decía "por favor" a menos que estuviera desesperado o actuando. Y la frontera entre ambas cosas era tan delgada que Valentina ya no sabía distinguirlas.
Se sentó en la silla junto a la cama. No le soltó la muñeca. Santiago la miró con esos ojos que eran iguales a los de Sebastian pero que contenían algo completamente distinto: donde Sebastian tenía hielo, Santiago tenía fuego oscuro. Donde Sebastian controlaba, Santiago seducía. Donde Sebastian ordenaba, Santiago pedía —pero sus pedidos eran más peligrosos que cualquier orden, porque te hacían creer que elegías libremente.
Santiago se llevó la mano libre al cuello de la bata y la abrió más. Debajo de las gasas del omóplato, una línea de puntos de sutura cruzaba la piel como una vía de tren en miniatura. Más abajo, tres cicatrices rosadas brillaban bajo la luz fluorescente: las heridas superficiales que ya habían cerrado pero que tardarían meses en desaparecer.
—¿Puedes distinguirme de él? —preguntó, tocándose las cicatrices con los dedos—. Él no tiene estas marcas. Su cuerpo no tiene un solo rasguño por ti. El mío tiene doce.
—Puedo distinguirlos —dijo Valentina. Su voz era fría, clara, sin temblor—. Él me ata y tú me mientes. Ninguno de los dos es mejor.
La expresión de Santiago se fracturó.
No fue como la fractura de Alejandro —sutil, controlada, reparable. Fue un quiebre limpio, como una rama seca que se parte en dos. Por un instante, detrás de la media sonrisa y la voz de terciopelo y los ojos de fuego oscuro, Valentina vio algo que Santiago probablemente no quería que nadie viera: dolor. No dolor de herida. Dolor de alguien que ha sido visto exactamente como es y no como pretende ser.
Santiago le soltó la muñeca.
—Entonces vete —dijo. Su voz había perdido la suavidad. Sonaba ronca, desnuda, como la de un hombre que ha dejado caer todas sus máscaras y no tiene nada debajo excepto la verdad de ser un mentiroso.
Valentina se levantó. Caminó hacia la puerta. Puso la mano en la manija. La giró.
No salió.
Se quedó ahí, con la mano en la manija y la puerta entreabierta, mirando el pasillo vacío del hospital. La luz fluorescente del corredor le iluminaba la mitad de la cara. La otra mitad estaba en la penumbra de la habitación de Santiago.
—No me quedo por ti —dijo sin voltearse—. Me quedo porque no soy como ustedes.
Cerró la puerta. Volvió a la silla. Tomó el vaso de agua de la mesita, le puso una pastilla de antibiótico —la dosis de las cuatro de la mañana que la enfermera todavía no había traído— y se lo extendió a Santiago.
—Tómatela.
Santiago tomó el vaso. La miró por encima del borde mientras bebía. Sus ojos tenían algo nuevo: no la media sonrisa de siempre, no el cálculo, no la seducción. Algo que se parecía al asombro de quien descubre que existe una forma de bondad que no tiene precio.
Valentina le dio la espalda y comenzó a ordenar los medicamentos en la mesita de noche. Alineó los frascos por horario, releyó las instrucciones del suero, verificó que la compresa del omóplato no necesitara cambio. Sus movimientos eran precisos y eficientes, los de alguien que aprendió a cuidar enfermos en Casa Hogar Esperanza cuando las monjas no daban abasto.
Santiago la miraba trabajar. Dijo algo en voz baja —tan baja que las palabras se perdieron en el zumbido del aire acondicionado y el goteo del suero.
Valentina no lo escuchó. O fingió no escucharlo.
Salió de la habitación a las seis de la mañana, cuando la enfermera del turno matutino la relevó. El pasillo ya tenía la actividad contenida de un hospital que despierta: carritos de desayuno, el olor a café institucional, voces profesionales intercambiando expedientes.
En el estacionamiento, el sol de la mañana le calentó la cara. Se detuvo junto a una columna para llamar un taxi. Estaba buscando el número en el teléfono cuando una mujer se acercó.
Era mayor —cincuenta y tantos años—, con el uniforme blanco de enfermería particular y el pelo recogido en un chongo apretado. Caminaba con la postura encorvada de alguien que ha pasado años cargando enfermos. Valentina no la reconoció.
—¿Señorita Montero? —La mujer se detuvo a un metro de distancia. Sacó un sobre del bolsillo de su uniforme—. El señor quiere verla.
Valentina miró el sobre. Era blanco, sin remitente, sellado con cera roja. La cera tenía grabada una M —la misma M del logo de Grupo Montero, pero más antigua, más tosca, como un sello que alguien mandó hacer hace décadas.
—¿Qué señor? —preguntó Valentina.
La enfermera no respondió. Le puso el sobre en las manos, dio media vuelta y caminó hacia el hospital sin mirar atrás.
Valentina se quedó sola en el estacionamiento, con el sobre en las manos y el sol de julio calentándole la nuca. No lo abrió. Todavía no. Se lo guardó en el bolsillo de la chamarra, junto al medallón de jade y la navaja suiza de Julia, y llamó al taxi.
En el camino de regreso, apretó el sobre a través de la tela de la chamarra. El papel crujió bajo sus dedos. Algo pesado se movía adentro —no una carta. Algo más sólido. Una llave, tal vez. O una fotografía.
Don Ricardo Montero quería verla. El patriarca. El hombre que Sebastian obedecía y Santiago temía. El hombre que sabía cosas que nadie más sabía.
La pregunta no era si iba a ir. La pregunta era qué iba a encontrar cuando llegara.