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La Heredera De Espinas Y El Duque Monstruo

La Heredera De Espinas Y El Duque Monstruo

Status: Terminada
Genre:Época / Traiciones y engaños / Villana / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20. El Duque de Hierro

La sala de estrategia permaneció en silencio.

 El fragmento oscuro había dejado de brillar, pero la antigua insignia del cuervo aún conservaba un débil resplandor plateado sobre la pared. Aquella luz temblorosa parecía respirar junto con las llamas de la chimenea.

Kael Raven no apartaba la mirada de Aria.

Tampoco de Aldric.

Durante unos segundos, la joven tuvo la sensación de que el aire entre ambos hombres estaba cargado de algo más antiguo que la desconfianza.

 Era memoria.

 Una memoria dolorosa.

—Empiecen desde el principio —repitió Kael.

 Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

 Aria había aprendido a desconfiar de esa clase de calma. En la corte, la calma solía esconder veneno. En Aldric, escondía cálculo. En Kael Raven, parecía esconder una tormenta entera esperando una razón para desatarse.

 Aldric fue quien habló primero.

 —Han pasado muchos años, Kael.

 El duque lo miró.

 Su expresión no cambió, pero sus ojos sí.

 —No me llames así.

 Liam se quedó completamente quieto.

 Aria observó a Aldric de reojo.

 El viejo Cuervo no pareció ofendido.

Solo cansado.

—Como quieras, Duque Raven.

Kael apretó ligeramente la mandíbula.

Aquello no era simple formalidad.

Había una herida allí.

Una que ninguno de los dos había cerrado.

 Aria decidió intervenir antes de que el silencio se volviera más peligroso.

—Encontré un diario.

Kael volvió la mirada hacia ella.

—¿De quién?

—Elara Espina Negra.

Por primera vez, el duque mostró una reacción clara.

No sorpresa.

Reconocimiento.

—Ese nombre aparece en los registros prohibidos de mi familia.

 Aldric levantó la vista.

—Entonces tu padre alcanzó a conservarlos.

La temperatura de la sala pareció descender.

Kael se volvió lentamente hacia él.

—No hables de mi padre como si tuvieras derecho.

Aldric permaneció inmóvil.

Durante un instante, Aria pensó que respondería con dureza.

No lo hizo.

—Lo conocí antes que tú nacieras.

Kael no dijo nada.

Pero la tensión en su cuerpo aumentó.

Aldric continuó, con voz más baja:

—Tu padre fue mi amigo.

Aquellas palabras cayeron en la sala como una piedra en aguas quietas.

Liam miró a Aria, claramente preguntándose si debían estar allí.

Aria no se movió.

Aquella conversación era importante.

Quizá más importante de lo que Kael quería admitir.

El duque soltó una risa breve.

Sin humor.

—¿Amigo?

—Sí.

—Entonces dime, Ravenhart…

Kael dio un paso hacia él.

—¿Dónde estabas cuando mi casa ardió?

El silencio fue brutal.

Incluso la chimenea pareció apagarse por un instante.

Aldric cerró los ojos.

Y esa fue la primera vez que Aria vio verdadero dolor en su rostro.

No culpa pasajera.

No incomodidad.

Dolor antiguo.

—Lejos —respondió.

Kael lo miró con frialdad.

—Eso ya lo sabía.

—Tu padre me envió lejos tres días antes del ataque.

—Conveniente.

—No.

La voz de Aldric se endureció apenas.

—Deliberado.

Kael se quedó inmóvil.

Aldric lo miró directamente.

—Él sabía que algo venía. No todos los detalles. No la magnitud. Pero sabía que la Orden se estaba acercando a Blackstone. Me envió a investigar una pista falsa al oeste.

—¿Y obedeciste?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Y amarga.

—Porque confiaba en él.

Kael no respondió.

La mirada del duque seguía siendo dura, pero algo en sus ojos había cambiado.

Una grieta pequeña.

Casi invisible.

Aldric respiró hondo.

—Cuando regresé, la mansión Raven ya había ardido. Tu madre había muerto. Tus guardias también. Y tú…

Su voz se detuvo.

Kael terminó la frase:

—Yo estaba escondido bajo tierra.

Aria sintió un nudo en el pecho.

La imagen surgió sin que pudiera evitarlo.

Un niño entre humo.

Fuego sobre su hogar.

Silencio donde antes hubo voces.

Kael Raven no había nacido monstruo.

Lo habían dejado solo entre cenizas.

Aldric bajó la mirada.

—Llegué tarde.

Kael sostuvo su silencio durante un largo momento.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero cargaba años de rabia.

Aldric no intentó defenderse.

No dijo que también había sufrido.

No dijo que no era su culpa.

No pidió perdón de inmediato, porque quizá sabía que un perdón pronunciado demasiado tarde podía sonar como una excusa.

Solo inclinó la cabeza.

—Sí.

Aria sintió entonces que entendía mejor la relación entre ellos.

Aldric no era familia de Kael.

Pero era una de las últimas personas vivas que conoció a su padre.

Un testigo de una vida que Kael había perdido.

Un vínculo con la Casa Raven antes del incendio.

Y también, quizás, una deuda viviente.

Kael apartó la mirada primero.

—Continúen.

 Aldric aceptó el cambio de tema.

 Aria comprendió que no era el final de aquella conversación.

 Solo una tregua.

 Una muy frágil.

 Les contó todo.

 El diario de Elara.

 El santuario del bosque.

 La aparición de Liam.

 La Rosa Negra.

 La Orden del Sol Escarlata.

El primer santuario.

 Evelyne.

 El Valle de las Sombras.

La puerta que no existía.

Y finalmente, el primer fragmento.

 Kael escuchó sin interrumpir.

Eso lo hacía más intimidante.

No preguntaba por cada detalle.

No negaba nada.

 No acusaba.

Solo escuchaba, conectando piezas en silencio.

Cuando Aria terminó, colocó el fragmento sobre la mesa.

 El cristal volvió a emitir un resplandor.

 La insignia del cuervo respondió desde la pared.

 Kael observó ambos objetos.

—La sangre ha encontrado al cuervo —repitió en voz baja.

 Aldric asintió.

—Eso dijo la voz.

 El duque miró a Aria.

—¿Y crees que se refiere a mí?

—No lo creo.

Ella sostuvo su mirada.

—El fragmento lo hizo.

Kael no pareció complacido.

—No acostumbro a aceptar órdenes de piedras antiguas.

—Yo tampoco.

—Y sin embargo aquí estás.

—Funcionan mejor que algunos nobles de la capital.

Por un segundo, Liam pareció a punto de reír.

Aldric cerró los ojos como si pidiera paciencia a todos los dioses.

 Kael, en cambio, observó a Aria con una atención nueva.

 No suavidad.

No confianza.

Pero sí interés.

—Hablas demasiado para alguien que pide ayuda.

—Y usted juzga demasiado para alguien cuya pared acaba de brillar.

Liam bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Aldric murmuró:

—Definitivamente eres mi alumna.

 Kael caminó hasta la insignia del cuervo.

 Era antigua.

De plata ennegrecida por el tiempo.

Un cuervo con las alas extendidas.

Debajo, casi oculto por la sombra, había un pequeño grabado de espinas.

Aria lo vio.

Kael también.

—Eso siempre estuvo ahí —dijo el duque.

No era una pregunta.

Aldric se acercó lentamente.

—Tu padre lo sabía.

—¿Qué cosa?

—Que los Raven no eran solo señores del norte.

Kael giró hacia él.

Aldric continuó:

—Eran guardianes.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Kael parecía querer rechazarla.

Pero la insignia seguía brillando.

 Y el fragmento también.

—Guardianes de qué —preguntó el duque.

—De la segunda llave —respondió Aria.

 Kael frunció levemente el ceño.

—¿Segunda?

Ella sacó el pergamino de Evelyne y lo extendió sobre la mesa.

—El primer fragmento despertó en el Valle de las Sombras. El mapa señaló Blackstone. La inscripción decía: “La sangre despertará el primer fragmento. El cuervo protegerá el segundo.”

Kael leyó la frase.

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces buscan algo dentro de mi fortaleza.

—La Orden también lo sabe —dijo Aldric.

En ese momento, Kael se volvió completamente hacia él.

—¿Por eso viniste?

—Vine porque la heredera necesitaba llegar aquí.

—No pregunté eso.

 Aldric sostuvo su mirada.

—También vine porque le debo una verdad a la Casa Raven.

Kael no respondió.

 Pero Aria vio cómo sus dedos se cerraban sobre el borde de la mesa.

 Un golpe sonó en la puerta.

 Un capitán entró y se inclinó.

 —Mi señor.

 Kael no apartó la vista de Aldric.

—Habla.

 —Los exploradores capturaron a dos hombres cerca del paso occidental. Llevaban documentos codificados y este símbolo.

 El capitán colocó un trozo de tela sobre la mesa.

 Una rosa negra.

 Aria sintió que el fragmento palpitaba.

 Kael tomó la tela.

 Su expresión no cambió.

 Pero la atmósfera entera de la sala se volvió más peligrosa.

 —¿Están vivos?

 —Uno sí. El otro mordió veneno antes de ser interrogado.

 Liam palideció.

 Aldric murmuró:

 —La Orden.

 Kael cerró los dedos sobre la tela.

—¿Qué buscaban?

—Un mapa de los niveles inferiores de Blackstone.

El silencio cayó de golpe.

Aria miró hacia el suelo de piedra.

Niveles inferiores.

 Criptas.

Túneles.

Secretos bajo la fortaleza.

 El segundo fragmento no estaba simplemente en Blackstone.

 Estaba debajo.

 Enterrado junto al pasado de los Raven.

 Kael dio una orden seca al capitán:

 —Dobla la guardia en todas las entradas. Nadie entra ni sale sin mi permiso. Quiero patrullas en los túneles norte y este. Sella el acceso antiguo bajo la torre caída.

 —Sí, mi señor.

El capitán salió.

Kael miró a Aria.

—Si la Orden quiere algo bajo mi fortaleza, lo encontraremos antes.

—¿Nos ayudarás?

—La Orden atacó a mi familia.

Sus ojos grises se clavaron en ella.

—Si ahora amenaza mi casa otra vez, no necesito más razones.

 Aldric habló en voz baja:

—Kael…

El duque lo interrumpió.

—Duque Raven.

Aldric aceptó la corrección con un gesto mínimo.

—Duque Raven. Hay cosas bajo Blackstone que quizá tu padre no quiso que encontraras solo.

—Entonces debió vivir para explicármelas.

 La frase fue dura.

 Demasiado.

Pero no cruel.

Era el dolor hablando con armadura.

Aldric no respondió.

 Aria decidió hacerlo.

 —Tal vez intentó protegerte.

 Kael la miró.

 —Todos dicen eso cuando los muertos ya no pueden responder.

 Aria no retrocedió ante su tono.

—No lo digo para justificarlo.

—Entonces ¿para qué?

—Para que no confundas los secretos que te dejaron con abandono.

La sala quedó inmóvil.

Kael no dijo nada.

Pero Aria vio que sus palabras lo alcanzaron.

Quizá porque ella misma conocía ese tipo de heridas.

Las que no sangraban.

Las que crecían en silencio.

Esa noche, Kael les permitió quedarse en Blackstone.

 Liam recibió una habitación pequeña cerca de la biblioteca militar.

 Aldric pidió acceso a los archivos antiguos.

 Kael aceptó, aunque su mirada dejó claro que no olvidaba lo ocurrido entre ellos.

 Aria fue conducida a una habitación del ala oeste, sobria y fría, con una ventana desde la que podía verse la nieve cayendo sobre los patios interiores.

 No pudo dormir.

El fragmento descansaba sobre la mesa, envuelto en tela.

Pero incluso cubierto parecía iluminar la habitación.

Después de un rato, Aria se levantó y salió al pasillo.

No tenía un destino claro.

Solo necesitaba pensar.

Y sus pasos la llevaron hasta las murallas.

 Kael ya estaba allí.

 De pie frente al viento.

La capa oscura ondeaba detrás de él.

La nieve se acumulaba sobre sus hombros como si el invierno lo reconociera como parte de sí mismo.

—¿Siempre aparece donde la gente intenta estar sola? —preguntó Aria.

—Es mi fortaleza.

—Empieza a ser una excusa repetida.

Kael no la miró, pero algo en su perfil pareció suavizarse apenas.

—Podrías estar descansando.

—Usted también.

—Yo no invité a una reliquia antigua a mi casa.

—Fue mutuo.

Él la miró entonces.

Por un instante, el silencio entre ambos fue distinto.

Menos hostil.

Más curioso.

 Aria apoyó las manos sobre la piedra fría.

 —Aldric carga con culpa por lo ocurrido.

Kael miró hacia las montañas.

—Eso no cambia nada.

—No.

 Ella fue honesta.

—Pero explica algunas cosas.

—La explicación no devuelve muertos.

 Aria sintió el peso de aquellas palabras.

—No.

Su voz bajó.

—Tampoco borra hogueras.

Kael giró la cabeza hacia ella.

Aria se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

La hoguera.

Un recuerdo imposible.

Una verdad que aún no podía entregar.

Los ojos grises del duque la estudiaron con atención.

—Hablas como alguien que ha muerto antes.

El corazón de Aria se detuvo.

Por un segundo.

Solo uno.

Luego sostuvo su mirada.

—Y usted habla como alguien que sigue viviendo entre muertos.

Kael no respondió.

Porque ambos habían acertado.

Y ambos lo sabían.

 Antes de que cualquiera pudiera decir algo más, una campana resonó desde la torre oriental.

Una vez.

Dos.

Tres.

 Kael se enderezó de inmediato.

El hombre que cargaba fantasmas desapareció.

El comandante ocupó su lugar.

—Amenaza.

Abajo, el patio comenzó a moverse.

Soldados encendieron antorchas.

Puertas se cerraron.

 Voces comunicaron órdenes.

Otra señal apareció a lo lejos, entre las montañas.

 Una luz roja.

Luego otra.

Aria sintió el fragmento palpitar en su habitación lejana, como si respondiera al peligro.

Kael ya bajaba las escaleras.

Ella lo siguió.

—Voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

Él se detuvo.

La miró.

Durante un segundo pareció dispuesto a discutir.

Luego vio su expresión.

Y quizá comprendió que detenerla sería una guerra aparte.

—Mantente cerca.

 —Qué amable.

 —Era una orden.

 —La escucharé como sugerencia.

 Kael exhaló lentamente.

 —Eres imposible.

 —Me lo dicen bastante.

 Cuando llegaron al patio principal, Aldric ya estaba allí con la espada al cinto.

 Kael y él se miraron.

No hubo palabras.

No hacía falta.

Por un instante, pese a la tensión no resuelta, parecieron dos hombres unidos por la misma guerra antigua.

El pasado los separaba.

El enemigo volvía a reunirlos.

Un capitán corrió hacia Kael.

—Mi señor, patrullas enemigas cruzaron el límite occidental. No son bandidos.

—¿Cuántos?

—Al menos cincuenta.

El capitán tragó saliva.

—Y llevan el símbolo de la rosa negra.

La nieve cayó sobre el patio en silencio.

 Aria sintió el frío en los pulmones.

La Orden había llegado a Blackstone.

Kael levantó la vista hacia las murallas.

Su rostro se volvió tan frío como la piedra de su fortaleza.

—Cierren las puertas.

Los soldados obedecieron.

—Preparen arqueros.

 Más hombres corrieron.

—Sellen los accesos inferiores.

 Aldric dio un paso hacia él.

—Llegaron por el segundo fragmento.

 Kael lo miró.

 Por primera vez en toda la noche, no corrigió el modo en que Aldric se dirigía a él.

—Entonces no saldrán con vida.

 La frase no fue dicha con rabia.

 Fue una promesa.

 Y mientras Blackstone despertaba para la guerra, Aria comprendió que la relación entre Aldric y Kael no estaba rota por odio.

Estaba rota por una pérdida que ninguno de los dos había sabido cómo nombrar.

 Pero si sobrevivían a aquella noche, quizá la verdad que dormía bajo la fortaleza obligaría a ambos a enfrentarse no solo a la Orden…

Sino también al pasado que los unía.

1
Chel Garcia
muy bonita historia 👌🏽 felicidades
Selene: Gracias, que bueno que te haya gustado ☺️
total 1 replies
Jemima Cassares
Esperaba que fuera Liam
Jemima Cassares
Jajajajaja literal
Carlos contreras rojas
hermosa historia 👏
Quica Romero
Será, "están relacionadas con su muerte en el pasado y en su posible futuro".🧐🤔
Quica Romero
Ése no suena a apellido.🙄
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷‍♀️🙎‍♀️
Selene: 🤣🤣🤣🤣😂😂😂😂😂😂
total 1 replies
Quica Romero
¿Pero cuáles dos vidas?.🧐🤷‍♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷‍♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐
Selene
🤭
Selene
gracias 🤭
lioness
me dejas con la intriga 😭...
lioness
me está gustando como va la historia 🤭
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