Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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El dragón más desafortunado del mundo
La reunión con el director terminó mucho antes de lo que Kenji esperaba.
Mientras caminaba por los largos pasillos de la Academia Grandel, no podía evitar sonreír para sí mismo.
Desde que había despertado en ese extraño mundo, había vivido con el miedo constante de cometer un error y perder nuevamente su trabajo.
Después de todo, el contrato mencionaba claramente que incumplir sus deberes significaba la ejecución de su alma, una cláusula que le parecía mucho peor que cualquier despido de su antigua oficina.
Sin embargo, el director no solo no lo había castigado, sino que incluso lo había felicitado por controlar al Aula Cero.
«Quizá esta vez las cosas sí salgan bien», pensó mientras acomodaba distraídamente su túnica.
Desde una ventana del segundo piso, varios profesores lo observaban alejarse.
—¿De verdad solo vino a trabajar como profesor...? —preguntó uno de ellos en voz baja.
—Si una existencia así quisiera conquistar el continente, ya lo habría hecho hace mucho tiempo... —respondió otro sin apartar la mirada de Kenji.
El director suspiró lentamente.
—Precisamente por eso debemos asegurarnos de que siga queriendo una vida tranquila.
Mientras tanto, muy lejos de la academia, una gigantesca criatura avanzaba por las montañas como si fuera el dueño absoluto del mundo.
Era Garmoth, un Dragón Emperador cuyas alas podían cubrir un castillo entero y cuyo aliento era capaz de convertir una ciudad en un océano de fuego.
Durante siglos había sido considerado una calamidad viviente y ningún reino se atrevía a desafiarlo.
Garmoth bostezó con aburrimiento.
—Hace demasiado tiempo que nadie intenta detenerme...
Su enorme cola destruyó varios árboles al moverse con pereza.
—Los humanos cada vez son más cobardes.
Sin embargo, apenas terminó de hablar, su cuerpo entero se estremeció.
Una sensación indescriptible recorrió sus escamas.
Era una presión inmensa.
Invisible.
Lejana.
Pero tan aterradora que hizo que su corazón latiera con violencia.
El dragón levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué... fue eso?
Intentó buscar el origen de aquella sensación.
No encontró nada.
Sacudió la cabeza con una pequeña risa.
—Estoy envejeciendo...
Pero cuando dio otro paso, la presión volvió a aparecer.
Esta vez era mucho más intensa.
Sus pupilas se contrajeron.
Sus alas temblaron involuntariamente.
Por primera vez en más de dos mil años... sintió miedo.
Al mismo tiempo, Kenji había llegado al jardín principal de la academia.
Después de toda la tensión de la mañana, decidió sentarse bajo un enorme árbol para descansar unos minutos antes de preparar la siguiente clase.
Cerró los ojos y respiró profundamente para calmar los nervios, tal como había aprendido durante sus interminables jornadas de trabajo en la oficina.
—Qué paz...
El aire comenzó a girar lentamente alrededor de él.
Sin darse cuenta, absorbió una cantidad absurda de maná.
Las flores cercanas florecieron de inmediato.
El césped recuperó un color verde brillante.
El árbol bajo el que estaba sentado comenzó a desprender un suave resplandor dorado.
Varias aves descendieron para posarse sobre sus hombros sin mostrar el menor temor.
Kenji sonrió con ternura.
—Qué animales tan amigables...
En una ventana cercana, Dani observaba la escena junto a varios compañeros.
Uno de ellos abrió mucho los ojos.
—¿Esas... son aves sagradas?
Otra estudiante se llevó una mano a la boca.
—Solo se acercan a personas bendecidas por los dioses...
Dani tragó saliva.
—No...
—No es una bendición...
—Los dioses son quienes buscan estar cerca del profesor.
Todos quedaron en silencio.
Ninguno encontró argumentos para contradecirlo.
Mientras tanto, Garmoth seguía intentando localizar el origen de aquella presión aterradora.
Cerró los ojos.
Extendió su percepción mágica.
Y entonces lo sintió.
Muy lejos.
En dirección a la Academia Grandel.
Una presencia inmensa.
Tan profunda que parecía un océano infinito.
Tan antigua que incluso el tiempo parecía inclinarse ante ella.
El gigantesco dragón retrocedió un paso.
Luego otro.
Recordó unas palabras que su madre le había dicho cuando aún era una cría.
«Si algún día encuentras una presencia que haga temblar tu instinto... no luches. Huye. Porque habrá enemigos contra los que ni los dragones pueden hacer nada.»
Garmoth siempre había creído que aquella historia solo era una forma de asustar a los pequeños.
Hasta ese momento.
Giró lentamente la cabeza hacia la dirección contraria.
—No...
Su enorme cuerpo comenzó a temblar.
—No pienso acercarme...
Sin pensarlo dos veces, abrió las alas y salió disparado en la dirección opuesta.
Las montañas vibraron.
Miles de aves levantaron el vuelo.
Desde lejos parecía que un terremoto recorría todo el continente.
En la torre de vigilancia de la academia, un soldado observaba el horizonte con un telescopio encantado. De repente, casi dejó caer el artefacto por la impresión.
—¡Director!
El anciano apareció pocos segundos después.
—¿Qué sucede?
—¡El Dragón Emperador...!
—¡Está huyendo!
El director tomó el telescopio.
Efectivamente.
La gigantesca criatura escapaba desesperadamente.
Ni siquiera miraba hacia atrás.
Solo quería poner la mayor distancia posible entre él y la academia.
El anciano encargado de las barreras comenzó a temblar.
—¿Quién... quién puede hacer huir a un Dragón Emperador?
El director guardó silencio durante unos segundos antes de responder con una pequeña sonrisa resignada.
—Creo que todos conocemos la respuesta.
En el jardín, completamente ajeno a todo lo que estaba ocurriendo, Kenji abrió los ojos después de descansar unos minutos. Se estiró con pereza y observó el cielo despejado.
—Necesito comprar una almohada...
—La cama de la residencia es un poco dura.
Justo en ese momento, un pequeño gato blanco apareció caminando lentamente entre los arbustos.
Se acercó a Kenji sin mostrar el menor miedo.
Después saltó directamente sobre sus piernas.
—¿Eh?
Kenji comenzó a acariciarlo.
—Hola, pequeñín.
El gato cerró los ojos y empezó a ronronear.
Dani observaba la escena desde la distancia.
—Es el guardián espiritual de la academia...
Todos los estudiantes palidecieron.
Aquel gato no era un animal común.
Era una bestia mágica que ignoraba incluso al director.
Jamás permitía que nadie la tocara.
Y ahora dormía tranquilamente sobre las piernas del profesor.
Uno de los alumnos comenzó a llorar.
—Hasta el guardián se rindió...
Dani negó lentamente con la cabeza.
—No...
—Simplemente reconoció al verdadero rey.
Kenji seguía acariciando al pequeño gato sin sospechar que, mientras él disfrutaba de un momento de tranquilidad, un Dragón Emperador estaba huyendo del continente convencido de que la existencia más aterradora del mundo acababa de despertar.
Para él, aquel solo había sido un descanso antes de volver al trabajo. Para el resto del mundo... era el inicio de una nueva leyenda.