Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 6 QUITATE LOS LENTES
El fin de semana pasó lento.
Ana no salió de su departamento. Ayudó a Masha con la tarea. Lavó ropa. Corrigió tres informes de Volkov Industries que se llevó "por si acaso".
Los lentes estaban sobre la mesa. No se los quitó ni para dormir.
El lunes fue peor.
*Lunes. 8:00 AM. Piso 48.*
Dmitri no estaba.
Su oficina vacía. El café sin tocar.
Ana trabajó. En silencio. Irina pasó dos veces y no dijo nada. Katya ni la miró.
A las 11:32 AM entró él.
Traje gris oscuro esta vez. Barba de dos días. Olía a aeropuerto y a falta de sueño.
Pasó a su lado. Rozó su silla con el saco.
—Buenos días —dijo ella, sin levantar la vista.
Él no contestó. Se metió a su oficina y cerró la puerta.
*2:17 PM.*
El intercom sonó. Una vez. Seco.
—Adentro.
Ana entró con una carpeta.
Él estaba apoyado en el ventanal. Camisa blanca abierta en el cuello. Corbata tirada sobre una silla.
No se giró.
—Estuviste en San Petersburgo —dijo ella. Era un dato, no una pregunta. Salía en su agenda.
—Sí —dijo él al vidrio.
Silencio.
Ana dejó la carpeta. —¿Algo más, señor?
Él se giró por fin. Ojos grises. Rojos de cansancio.
—Te ves cansada.
Ana parpadeó. Detrás de los lentes.
—Dormí bien, gracias.
Mentira.
Él la estudió. De arriba a abajo. Sacó gris. Rodete. Lentes enormes.
La armadura completa. Y lo odió.
—Acércate —ordenó.
Ella dio dos pasos. Se detuvo a un metro del escritorio. Distancia de trabajo.
Dmitri agarró un bolígrafo. Lo giró entre los dedos. No la miraba a los ojos. Miraba su boca.
—El sábado... —empezó.
Ana contuvo el aire.
—El sábado no pasó —terminó él. Corto. Final.
Levantó la vista. Fría.
—Entendido, señor Volkov.
Él asintió. Una vez. Como si se hubiera ganado algo.
—Puedes irte.
Ella salió. Las manos le temblaban. Las metió en los bolsillos del saco antes de que alguien las viera.
*8:40 PM. Piso 48 vacío otra vez.*
Ana seguía. Sin saco. Con la buza gastada. El rodete medio caído.
Él apareció sin ruido.
Ella no se asustó. Ya estaba acostumbrada.
—Todavía aquí —dijo él. No era una pregunta.
—Terminando el reporte de Orlov.
Él se acercó. Miró la pantalla por encima de su hombro. Muy cerca.
Ella olió su perfume. El mismo del jueves.
—Está mal —dijo él.
—Revíselo usted.
Dmitri agarró el mouse. Se inclinó más. Su brazo rozó el de ella.
Ana no se movió.
Él corrigió dos líneas. Lento. Adrede.
—Así —dijo. Voz baja.
—Gracias.
Él no se apartó. Se quedó ahí. Mirando la pantalla, pero en realidad mirando su perfil. La línea de su nariz. Las pecas que los lentes no tapaban del todo.
—Quítate los lentes —dijo de repente.
Ana se tensó.
—Señor?
—Los lentes —repitió. Sin mirarla—. Quítatelos.
Silencio.
Ana levantó la mano. Lenta. Se los quitó.
El mundo se hizo borroso para ella. Pero él se hizo más nítido.
Parpadeó.
Dmitri no respiró.
La vio. De verdad. Sin el cristal grueso de por medio. Ojos almendra, asustados. Piel pálida. Labios entreabiertos.
Se quedó quieto. Un segundo. Dos.
Y dio un paso atrás. Como si lo hubieran quemado.
—Póntelos —ordenó. Voz ronca.
Ana se los puso rápido. Las manos le temblaban.
—Vete a casa —dijo él, dándole la espalda—. Ya.
Ella agarró sus cosas. Casi se olvida el saco.
En la puerta, no aguantó.
—¿Por qué me pide que me los quite si después me grita que me los ponga?
Él no se giró.
—Porque soy un idiota, Asistente B —dijo al vidrio—. Ahora vete. Antes de que haga algo que los dos lamentemos.
Ana salió.
Dmitri se quedó solo. Apoyó la frente contra el vidrio frío.
Y por primera vez, no se odió por lo que sentía.
Se odió por tener miedo de sentirlo.