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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 1

El sonido rítmico, agudo y metálico de un monitor cardíaco fue lo primero que taladró la conciencia de Estefanía. No había luz, solo una neblina densa y blanquecina que se adhería a sus párpados pesados. Intentó mover las manos, pero sus dedos se sintieron rígidos, ajenos, como si pertenecieran a una muñeca de porcelana olvidada. Cuando finalmente logró abrir los ojos, el destello gélido de una habitación de hospital la obligó a parpadear con dolor. Todo a su alrededor era de un blanco clínico, inmaculado y opresivo.

​El aire que respiraba sabía a medicina y a ozono. Un tubo de plástico presionaba la comisura de sus labios secos, inyectándole un oxígeno que le quemaba la garganta. La confusión no llegó como un pensamiento estructurado, sino como un vacío físico en el centro del pecho; un abismo negro donde debía estar su identidad. Intentó buscar un nombre, un rostro, el recuerdo de una calle o el sabor de un café por la mañana, pero no encontró absolutamente nada. Su mente era una página en blanco, arrancada con violencia.

​Con un esfuerzo que le tensó los músculos del cuello, giró la cabeza hacia la derecha. Sobre una mesa auxiliar de formica, una bandeja de acero inoxidable reflejaba la luz del techo. Estefanía contuvo el aliento. Se arrastró un par de centímetros en la cama, ignorando el pinchazo de la vía intravenosa en el dorso de su mano, hasta que logró ver su reflejo en la superficie distorsionada del metal.

​Aquella no era ella. O, al menos, su mente no registraba esa imagen como propia. Unos pómulos altos pero pálidos, unos labios agrietados que conservaban una forma carnosa y sensual, y unos ojos oscuros que la miraban de vuelta con el terror salvaje de un animal acorralado. El cabello, oscuro y enmarañado, caía sobre las sábanas como hilos de seda descuidados. La piel de su cuello era extremadamente suave al tacto de sus propios dedos temblorosos, pero se sentía fría, desprovista de la calidez de la vida. Aquel rostro era hermoso, de una sofisticación natural que sobrevivía incluso al trauma físico, pero era el rostro de una extraña.

​El pomo de la puerta giró con un chasquido sutil. Estefanía se tensó bajo las sábanas, encogiéndose por puro instinto de supervivencia.

​Un hombre entró en la habitación. Su sola presencia pareció alterar la temperatura del lugar. Vestía un traje de tres piezas en gris marengo, de un corte impecable que denotaba un estatus inaccesible para el común de los mortales, pero el saco estaba desabrochado y la corbata de seda ligeramente ladeada, rompiendo su simetría perfecta. Era alto, de facciones aristocráticas y mandíbula firme, con una barba de dos días que acentuaba un atractivo maduro y peligroso. Sin embargo, lo que detuvo el pulso de Estefanía no fue su apostura, sino su mirada.

​Al verla despierta, los ojos del hombre se abrieron con una mezcla de incredulidad y devoción absoluta. En un segundo, la distancia entre la puerta y la cama desapareció.

​—Estefanía… —El nombre escapó de sus labios como un ruego, una palabra sagrada que había estado conteniendo durante demasiado tiempo.

​Él se dejó caer de rodillas junto a la cama de hospital. Sus manos, grandes, cálidas y de dedos largos, envolvieron los dedos rígidos de ella con una urgencia casi dolorosa. Estefanía se encogió, intentando retirar la mano, pero el contacto físico físico desató una oleada de calor que la hizo estremecerse. El contraste entre la piel helada de ella y el calor abrasador de él fue un golpe eléctrico.

​—Mi amor, Dios mío, estás aquí —susurró el hombre.

​Entonces, Estefanía vio las lágrimas. No eran el llanto calculado de alguien que busca compasión, sino lágrimas pesadas, calientes, que rodaban sin freno por las mejillas de aquel hombre imponente, perdiéndose en su barba. Su pecho vibraba con un sollozo ahogado que parecía desgarrarle la garganta. Esa vulnerabilidad radical en alguien que evidentemente exudaba poder fue el argumento más convincente del mundo. Nadie podía fingir un dolor tan puro, un alivio tan devastador.

​—¿Quién…?—La voz de ella se quebró, áspera por falta de uso, apenas un hilo de aire.

​El hombre detuvo su llanto por un instante. La miró con una fijeza obsesiva, escaneando cada milímetro de su rostro como si temiera que fuera a desaparecer si pestañeaba. Con una lentitud estudiada para no asustarla, levantó una mano y rozó la mejilla de Estefanía con el dorso de sus dedos. El roce fue de una sensualidad contenida; sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, bajando con suavidad por la curva de su cuello hasta detenerse justo donde latía su pulso acelerado. La caricia no solo buscaba consolarla, sino reclamarla, comprobar que la carne estaba viva y que le pertenecía.

​—Soy José, mi vida. Tu esposo —dijo él, con una voz profunda que pretendía ser un ancla en medio de la tormenta de ella—. Tuviste un accidente terrible. El coche… la carretera de la costa. Casi te pierdo, Estefanía. Llevas dos semanas atrapada en este silencio.

​Estefanía. El nombre resonó en las paredes de la habitación blanca, pero no provocó ningún eco en su memoria. Ella lo miró a los ojos, buscando una chispa de reconocimiento, una escena, un destello del pasado común que él invocaba. No encontró nada más que el reflejo de su propia mirada asustada.

​Un instinto primario, visceral, despertó en el fondo de su ser. Estaba desnuda de historia, desprovista de defensas en un entorno hostil. Aquel hombre, José, olía a un perfume costoso, a madera, a sándalo y al sudor de la angustia; un aroma masculino y embriagador que empezó a llenar sus sentidos. La forma en que él la sostenía, la firmeza con la que sus pulgares acariciaban su piel, le comunicaba una verdad ineludible: él era su única conexión con el mundo exterior. Fuera de esa habitación, fuera del alcance de esos brazos poderosos, ella no existía.

​Por pura estrategia de supervivencia, Estefanía dejó de oponer resistencia. Permitió que sus dedos se relajaran dentro de las manos de José. El alivio en el rostro de él fue inmediato; una sonrisa trémula transformó sus facciones rígidas.

​—No recuerdo nada —confesó ella, y una lágrima solitaria rodó por su pómulo.

​José se inclinó hacia delante. La proximidad de su cuerpo bloqueó la luz del techo, sumergiendo a Estefanía en su sombra protectora. Ella pudo sentir el calor de su aliento contra su rostro antes de que sus labios se posaran, con una suavidad reverencial, en su frente. El beso se prolongó por varios segundos, un sello de posesión camuflado de ternura. Luego, él bajó hacia su mejilla, enjugando la lágrima de ella con sus propios labios, en un gesto cargado de una intimidad tan densa que a Estefanía le costó respirar.

​—No importa, mi amor —susurró José contra su piel, y su mano se deslizó por debajo de la sábana, buscando la línea de su cintura para atraerla sutilmente hacia él—. Yo recordaré por los dos. Te voy a cuidar. Nadie volverá a tocarte, nadie volverá a apartarte de mi lado. Estás a salvo en mi jaula.

​Estefanía cerró los ojos, dejándose arrastrar por la marea de esa promesa. El monitor cardíaco aceleró su ritmo, reflejando la agitación de su cuerpo ante la cercanía del hombre. Sabía que estaba aceptando una identidad que no sentía propia, que se estaba entregando al abrazo de un desconocido que se autoproclamaba su dueño. Pero en la absoluta oscuridad del olvido, el calor de José era lo único que se sentía real.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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