Un milagro de Dios.
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Latidos compartidos.
El verano declinó en un otoño dorado. Los meses pasaban, y con ellos, el vientre de Valeria crecía como una promesa que se acerca a su cumplimiento. La ecografía de las veinte semanas fue un hito. Era la ecografía morfológica, la más importante, donde se examinaban en detalle todos los órganos y sistemas de la criatura.
El doctor Mendizábal estaba especialmente atento esa mañana. Deslizaba el transductor sobre el vientre de Valeria mientras observaba fijamente la pantalla. De vez en cuando, pulsaba un botón para congelar la imagen y tomar medidas.
—Todo perfecto —murmuraba para sí mismo—. El cerebro, estructura normal. La columna vertebral, íntegra. El corazón, cuatro cámaras perfectamente formadas. Riñones, estómago, vejiga... todo en orden. Es una niña completamente sana.
Valeria y Daniel soltaron el aire que habían estado conteniendo sin darse cuenta.
—¿Podemos verla? —preguntó Valeria.
—Por supuesto. Miren.
Giró la pantalla hacia ellos. Y entonces la vieron. Ya no era una mancha diminuta y palpitante. Era un bebé. Un bebé de verdad, con dedos minúsculos, con una nariz respingona, con una boquita que se abría y se cerraba como si estuviera saboreando algo dulce. Se movía con gracia, girando la cabeza, flexionando los brazos, dando pataditas suaves.
—Es preciosa —susurró Valeria, con lágrimas en los ojos.
Daniel no podía hablar. Miraba la pantalla como quien mira el mar por primera vez, con una fascinación que lo dejaba sin palabras. Allí estaba su hija. Jade. La niña imposible. Moviéndose, viviendo, creciendo dentro del vientre de la mujer que amaba.
—¿Quieren escuchar el latido? —preguntó el médico.
Asintieron en silencio.
El doctor pulsó un botón, y la habitación se llenó con un sonido rítmico y acelerado. Un galope. Un tambor lejano que marcaba el compás de la vida.
Tuc-tuc. Tuc-tuc. Tuc-tuc.
Era el corazón de Jade. Y en aquel sonido, Daniel y Valeria escucharon la música más hermosa que jamás hubieran imaginado.
—Ciento cuarenta y cinco pulsaciones —informó el médico—. Perfecto. Es el latido de una niña fuerte.
Esa noche, Daniel no pudo dormir. El sonido del corazón de su hija le había quedado grabado en la memoria, repitiéndose una y otra vez. Se levantó de la cama con cuidado de no despertar a Valeria, que dormía plácidamente, y fue a la habitación de Jade.
Estaba casi terminada. Las paredes pintadas de un suave color crema, con el mural de colinas y estrellas que él mismo había pintado. La cuna, vacía aún, esperando a su dueña. La mecedora, donde Valeria pasaba horas cada día, hablándole a la niña, cantándole nanas.
Se sentó en la mecedora y cerró los ojos. Intentó recordar el sonido del corazón. Y allí, en la quietud de la noche, se produjo algo extraño. Durante unos segundos, le pareció que su propio corazón latía al mismo ritmo que el de su hija. Como si, de alguna forma misteriosa, sus latidos estuvieran sincronizados.
Abrió los ojos, sobresaltado. ¿Había sido real o solo su imaginación? No lo sabía. Pero una certeza profunda, irracional, se instaló en su pecho: había una conexión entre él y Jade que trascendía la carne y la sangre. Una conexión que ni la distancia, ni el tiempo, ni la muerte podrían romper jamás.
—Te quiero, hija —susurró en la oscuridad—. Te quiero como nunca he querido a nadie.
Y le pareció que, desde algún lugar, alguien le devolvía el eco de sus palabras.
El tercer trimestre trajo consigo las molestias propias de la etapa final. La espalda de Valeria se resentía con el peso del vientre, sus pies se hinchaban, y dormir se había convertido en una gincana nocturna de almohadas y cambios de postura. Pero nada de eso menguaba su felicidad. Cada patada de Jade, cada movimiento, era un recordatorio de la vida que palpitaba en su interior.
Una noche de noviembre, mientras veían una película en el salón, Valeria lanzó un pequeño grito. Se llevó la mano al lado derecho del vientre.
—¿Qué pasa? —preguntó Daniel, alarmado.
—Nada, nada. Es que ha dado una patada muy fuerte. Toma, pon la mano.
Daniel apoyó la mano sobre el vientre de su esposa. Durante unos segundos, no sintió nada. Y entonces, ¡zas! Una patada en toda regla, justo en el centro de la palma.
—¡La he sentido! —exclamó, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Pero qué fuerte! Esta niña va a ser futbolista.
—O karateka —rio Valeria.
Daniel mantuvo la mano sobre el vientre durante mucho rato, sintiendo los movimientos de su hija, hablándole, inventando conversaciones absurdas.
—Hola, Jade. Soy papá. ¿Estás cómoda ahí dentro? Porque tu madre y yo estamos deseando verte. Pero no tengas prisa, ¿eh? Tómate tu tiempo. Termina de formarte bien. Que las cosas importantes se cuecen a fuego lento.
Otra patada. Como si la niña respondiera.
—Creo que me entiende —dijo Daniel, maravillado.
—Los bebés escuchan las voces desde dentro del útero —comentó Valeria—. Ya conoce nuestras voces mejor que las nuestras propias.
Aquella noche, antes de dormir, Daniel se acercó al vientre de Valeria y apoyó los labios suavemente.
—Buenas noches, Jade —susurró—. Que sueñes con los angelitos.
Y por primera vez en su vida, Daniel rezó. No una oración formal, de las que aprendió en el colegio. Fue una oración improvisada, torpe, hecha con palabras de andar por casa. Una oración de padre primerizo, asustado y feliz.
—Dios, si estás ahí, gracias. Y cuida de ellas. De las dos. De mis dos chicas. Amén.
Valeria, desde su lado de la cama, le cogió la mano en la oscuridad. No dijeron nada. No hacía falta. En ese momento, los tres estaban unidos en una misma respiración, en un mismo latido. La familia que tanto habían soñado ya era una realidad.