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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

...Valentina...

Todo pasó porque el destino tiene un sentido del humor espantoso.

Era viernes por la tarde. Yo había salido temprano del trabajo —Lorena me dejó ir porque entregué los materiales de la conferencia dos días antes de la fecha límite, lo cual me hizo sentir como una profesional competente por primera vez en mi vida.

Le envié un mensaje a Martín: «No voy al evento de la empresa. Vuelvo a casa.»

Él respondió: «Bien.»

Una palabra. «Bien.» Pero después de una semana de notas que decían solo «Buenos días» y cenas solitarias, ese «Bien» me supo a miel. Significaba que el silencio estaba cediendo. Significaba que desayunar juntos esa mañana había importado.

Subí las escaleras del edificio con una sonrisa ridícula en la cara, tarareando una canción que no recuerdo, con una bolsa de pan dulce que compré en la esquina como ofrenda de paz.

Llegué al tercer piso.

Y la puerta del 301 se abrió.

Diego Torres Medina, mi querido hermano mayor, estaba ahí. Con una bolsa de tamales en la mano, un gesto de sorpresa en la cara, y los ojos clavados en la puerta del 302 que yo estaba a punto de abrir.

Nos miramos.

El universo contuvo la respiración.

—¿Vale? —dijo Diego, con la voz del que acaba de ver un fantasma.

—¡Diego! ¿Qué haces aquí? —Mi voz salió tres octavas más aguda de lo normal.

—Vine a traerle tamales a Andrea. Ella vive aquí en el 301. ¿Y tú?

Silencio.

—Yo… vivo… —señalé la puerta del 302 con un gesto vago.

—¿Vives enfrente de mi novia? —Su ceño se frunció—. ¿Desde cuándo?

—Unas… semanas.

Y entonces, como si el guion de mi vida hubiera sido escrito por un sádico, la puerta del 302 se abrió. Martín apareció en el umbral con su camiseta oscura de estar en casa y una espátula en la mano.

—Valentina, ¿compraste el…? —Se detuvo al ver a Diego.

Diego lo miró.

Martín lo miró.

Yo quise evaporarme.

—¿QUIÉN ES ESTE? —El volumen de Diego se elevó tres niveles en un segundo. Los tamales temblaron en la bolsa.

—Diego, cálmate, te puedo explicar…

—¿TU EX PROFESOR? —Diego me agarró del brazo y me jaló detrás de él como si Martín fuera un depredador y no un hombre con espátula de cocina—. ¿ESTÁS VIVIENDO CON TU EX PROFESOR?

—¡No es lo que parece!

—¡¿QUÉ SE SUPONE QUE PARECE?! ¡MI HERMANA MENOR VIVIENDO CON UN HOMBRE DIEZ AÑOS MAYOR QUE ELLA! ¡CON SU PROFESOR!

—Exprofesor —corrigió Martín, con la calma de alguien que comenta el clima—. La relación alumna-profesor terminó formalmente con su graduación.

Diego se giró hacia él con una mirada que podría derretir acero.

—¿USTED NO HABLA!

La puerta del 301 se abrió otra vez. Andrea Salazar, la novia de Diego, asomó la cabeza con una sonrisa nerviosa.

—Cielo, ¿por qué gritas…? Ah. —Vio la escena, conectó los puntos en dos segundos y adoptó la expresión de alguien que sabe que los próximos treinta minutos van a ser largos—. Pasen. Todos. Adentro. Antes de que los vecinos llamen a la policía.

Nos sentamos en la sala del 301. Diego en un extremo del sofá, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Martín en una silla, con la espalda recta y esa expresión suya de «puedo esperar todo el tiempo del mundo». Andrea sirviendo café con una sonrisa que decía «Dios mío, necesito palomitas para esto». Y yo, en medio, queriendo que la tierra me tragara.

—Tres puntos —dijo Martín, antes de que Diego pudiera abrir la boca. Levantó un dedo—. Primero: la relación de alumna y profesor terminó con la graduación. No tengo autoridad académica sobre ella ni la tendré nunca.

Segundo dedo.

—El alojamiento es legítimo. El departamento está asignado a Martín como vivienda de personal, el contrato permite registrar a otra ocupante y la universidad ya autorizó la estancia temporal. No hay deuda ni dependencia económica unilateral. Ella paga su parte de los servicios y, en cuanto estabilice sus ingresos, aportará una cuota acordada por escrito.

Tercer dedo.

—Nunca usaré mi posición, mi edad, ni ninguna otra ventaja para presionarla. Su decisión de quedarse o irse es libre. Siempre lo ha sido.

Silencio.

Diego lo miró fijamente durante diez segundos.

—¿Por qué la trata tan bien?

La pregunta salió seca, cortante, como un bisturí.

Martín no pestañeó.

—Porque ella lo vale.

Tres palabras. Dichas con la misma voz con la que analizaba poesía en clase: precisa, firme, sin espacio para la duda.

Diego apretó los labios. Vi algo cruzar su mirada —algo que se parecía peligrosamente al respeto— antes de que lo aplastara con otra capa de ceño fruncido.

—Voy a estar vigilando —dijo, señalándolo con el dedo—. Vivo enfrente. Literalmente enfrente.

—Lo sé —respondió Martín.

Andrea intervino con la habilidad diplomática de alguien acostumbrada a manejar a Diego:

—Cielo, ¿por qué no le das una oportunidad? El profesor ha sido muy claro. Y mira a tu hermana: ¿la has visto alguna vez tan… cuidada?

Diego me miró. Me examinó como si fuera un informe que necesitara verificar. La blusa planchada. El peso que había recuperado. Las mejillas que ya no estaban hundidas por el estrés.

Gruñó.

—Bien. Pero tengo tres condiciones. —Me miró a mí—. Una: protégete. Dos: piensa bien si lo que sientes es admiración o amor. Tres: si te hace daño, no importa quién sea, yo me encargo.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Diego era así. Todo fuego por fuera, todo ternura por dentro. El hermano que me molestaba hasta hacerme llorar de risa y que al mismo tiempo mataría por mí sin dudarlo.

—Te quiero, hermano —dije, con la voz rota.

—Cállate, que estoy enojado —respondió, mirando hacia otro lado. Pero vi cómo tragó saliva.

Martín se puso de pie.

—Le preparé unos puntos para su madre —le dijo a Andrea, que parpadeó sorprendida—. Son de queso y de piloncillo. Sé que a la señora Medina le gustan los de piloncillo con canela.

Todos nos quedamos mudos. ¿Cómo sabía eso?

—Un dato que mencionó Valentina una vez —dijo, como si fuera lo más normal del mundo saber los gustos exactos de la madre de tu compañera de departamento.

De vuelta en el 302, me recargué contra la puerta cerrada.

—¿Cómo sabe usted lo que le gusta a mi mamá?

—Mencionaste el pan de piloncillo con canela en una conversación con tu amiga en el pasillo de la facultad. Segundo semestre.

Segundo semestre. Hace tres años. Una conversación que ni yo recordaba.

Me ardieron los ojos.

—Profesor… no quiero irme. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Crudas, honestas, temblando—. No quiero irme de aquí. Aunque mi hermano viva enfrente. Aunque todos sepan. No quiero irme.

Él me miró. Sus ojos se suavizaron de esa forma que solo pasaba cuando estábamos solos.

—Entonces no te vayas —dijo—. Déjamelo a mí.

Esa noche, ya acostada, le envié un mensaje.

«Buenas noches.»

Tres segundos. La respuesta:

«Buenas noches, Valentina.»

Mi nombre. Me llamó por mi nombre. Después de una semana de silencio formal, de distancia medida, de notas que solo decían «Buenos días».

Abracé el celular contra el pecho y me quedé mirando el techo, con los ojos húmedos y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Volvimos. Estábamos de vuelta.

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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