Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 6
Capítulo 6: Garras bajo la luna
La primera regla del entrenamiento de Kaia fue simple:
—Si esperas pelear como un Alpha, vas a morir como un cautivo.
Mateo limpió la sangre de su labio con el dorso de la mano sana y levantó el cuchillo otra vez.
El bosque de entrenamiento quedaba detrás del patio interior, separado de la zona principal por una línea de postes marcados con scent de Warriors. No era un bosque libre. Cada árbol tenía cicatrices de garras. Cada roca parecía puesta ahí para romper rodillas. Sobre las ramas, la luna casi llena todavía no salía, pero su luz venía empujando desde el horizonte, blanca y enferma.
Mateo llevaba una hora cayendo.
Kaia no lo golpeaba fuerte.
Ese era el insulto.
Usaba lo justo: un giro de muñeca, una patada baja, un golpe con el mango del cuchillo contra las costillas. Lo mandaba al suelo antes de que él terminara de decidir dónde poner el peso. Con su lobo libre, Mateo habría leído su respiración, el cambio de presión, la intención en sus músculos.
Con el sello, solo llegaba tarde.
Siempre tarde.
—Otra vez —dijo ella.
—¿No tienes otra frase?
—Sí. Muévete.
Mateo atacó.
Kaia se deslizó hacia un lado. No retrocedió. Eso era lo primero que había notado de ella: nunca entregaba terreno si podía obligarte a desperdiciar el tuyo. Su scent se movió con ella, laurel y lluvia cortando el olor húmedo del bosque. Mateo lo siguió sin querer.
Error.
El codo de Kaia le golpeó el pecho.
Mateo cayó de espaldas sobre la tierra.
El impacto le sacó el aire. Por encima de las ramas, el cielo empezaba a abrirse en azul oscuro. La luna lo tocó en la cara y su lobo respondió desde el fondo, furioso por no poder levantarse con cuatro patas.
*Arriba.*
No era una orden de Kaia.
Era suyo.
Mateo se incorporó.
Kaia lo observó con la cabeza ladeada.
—Tu lobo quiere salir.
—Mi lobo quiere muchas cosas.
—Eso no es respuesta.
—No trabajo para ti.
Ella giró el cuchillo entre los dedos.
—No. Respiras por mí.
Mateo sonrió sin humor.
—Ahí está. La frase favorita.
Kaia se acercó.
El bond tiró de su pecho, no con dulzura, sino con ese instinto bruto de ir hacia lo que podía destruirlo o salvarlo. La piel de su cuello se calentó cuando ella quedó a un paso.
—Escúchame bien, Rojas. Tu sangre puede ser Alpha, pero tu cuerpo ahora pertenece a un sello. Si peleas como recuerdas, el acónito te va a partir antes de que el enemigo toque tu garganta. Pelea con lo que tienes, no con lo que te robaron.
La rabia le subió como humo.
No por el consejo.
Porque era bueno.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Peleas con lo que tienes o con lo que te hicieron?
El rostro de Kaia se cerró.
Un metal frío apareció en su scent.
—Otra vez.
Mateo atacó más bajo.
Esta vez no siguió su olor. Miró sus pies. Su cadera. La forma en que sus hombros mentían antes de moverse en la dirección real. Kaia esquivó el primer golpe, pero el segundo le rozó la manga.
No fue una victoria.
Por la forma en que sus ojos se afilaron, sí fue una sorpresa.
Mateo pagó el precio un segundo después. Kaia le torció la muñeca, lo hizo girar y lo dejó contra un árbol con su propio cuchillo a un dedo del cuello.
La cercanía fue un golpe distinto.
Laurel. Lluvia. Flor blanca.
La sangre le bajó hacia lugares donde no tenía derecho a ir en medio de una pelea.
Kaia también lo sintió.
Sus pupilas se contrajeron. El cuchillo no tembló, pero su respiración cambió apenas. La nota amarga del miedo no apareció esta vez. Apareció algo más cálido, más peligroso.
Mateo tragó saliva.
—Si vas a matarme, hazlo antes de que Salazar escriba un informe.
Kaia se apartó como si el contacto quemara.
—Eres más útil vivo.
—Qué romántico.
—No uses esa palabra conmigo.
Un crujido en el bosque los interrumpió.
Kaia se quedó inmóvil.
Todo en ella cambió sin cambiar. La cabeza, un grado hacia el viento. Los hombros, sueltos. Los dedos, listos. Mateo olió después lo que ella ya había captado: sudor ajeno, cuero mojado, una capa tenue de hierbas para esconder scent.
Warriors.
Tres.
No del turno asignado.
Kaia guardó el cuchillo.
—Detrás de mí.
Mateo casi se rió.
—No.
El primer dardo salió de entre los árboles.
Kaia lo atrapó en el aire.
La punta brillaba con plata.
Mateo sintió frío.
Los tres Warriors salieron al claro. No llevaban crest visible. Eso los hacía más peligrosos, no menos. Uno era alto, con una cicatriz en el cuello. Otro llevaba una ballesta corta. El tercero olía a Zaira, o quizá al pasillo donde ella había estado.
Kaia mostró los dientes.
No fue sonrisa.
—¿Orden de quién?
El de la ballesta apuntó a Mateo.
—Solo queremos probar cuánto vale el nuevo juguete.
Mateo levantó el cuchillo.
Su mano rota palpitó.
Kaia dio un paso.
El Warrior disparó.
Mateo vio el dardo tarde.
Kaia no.
Lo empujó con el hombro. El dardo rozó el brazo de ella y se clavó en un árbol. La plata cortó tela y piel. El olor de su sangre llenó el claro, limpio y brillante bajo la luna que acababa de asomar.
Algo dentro de Mateo se rompió hacia adelante.
El bond no preguntó.
Dolió.
Le ardió debajo de las costillas, justo donde el corte de ella había abierto la piel. Su lobo rugió, un sonido atrapado que hizo vibrar sus dientes.
—Kaia.
Ella no respondió.
Empezó a cambiar.
Esta vez no fue una demostración lejana en una arena. Fue a un metro de él. Fue hueso contra carne, piel abriéndose bajo luz de luna, músculos desgarrándose para rehacerse más fuertes. Kaia cayó sobre una mano, luego sobre dos garras. Su columna se arqueó con un crujido que habría hecho gritar a cualquiera.
Ella no gritó.
El pelaje blanco brotó manchado de sangre en el hombro. Su mandíbula se alargó. Los ojos se volvieron oro pálido. El aire se llenó de poder contenido, no Alpha, pero sí algo antiguo, feroz, demasiado puro para Sierra Oscura.
La loba blanca se lanzó.
El primer Warrior no alcanzó a levantar el cuchillo. Kaia lo golpeó con el pecho y lo estrelló contra una roca. El segundo disparó otra vez; ella giró, recibió el corte en el costado en vez de dejar que el dardo llegara a Mateo, y cerró las fauces sobre la ballesta hasta partirla.
Mateo se movió hacia el tercero.
No con fuerza. Con lo que tenía.
Fingió un golpe alto, bajó el peso y hundió el cuchillo en el muslo del atacante. El hombre gritó. Mateo le quitó la segunda arma de la cintura y usó el mango contra su garganta. Cayó.
El sello le castigó el esfuerzo.
Acónito en la columna. Fuego verde. Rodillas casi al suelo.
Kaia estaba sobre el último Warrior, las garras a ambos lados de su cabeza.
No lo mató.
Eso fue lo que Mateo vio.
Podía hacerlo. Quería hacerlo. Su loba temblaba con ganas de abrirlo. Pero Kaia lo dejó vivo, sangrando y aterrorizado, porque vivo podía hablar.
La loba blanca levantó la cabeza hacia Mateo.
Había sangre en su hocico. Sangre en el pelaje del hombro. Plata quemándole un corte. Aun así, no se movió hacia el enemigo.
Se movió hacia él.
Un paso.
Otro.
Mateo apoyó la espalda en el árbol, respirando con dificultad.
—Estoy bien.
La loba olfateó su pecho, su mano rota, la sangre de la boca. Su cuerpo enorme bloqueaba el viento, el bosque, los atacantes. Una parte de Mateo quiso hundir los dedos en ese pelaje blanco y sostenerse ahí.
No lo hizo.
Kaia gruñó.
Bajo.
No amenaza.
Advertencia.
*Mate,* respondió su lobo.
La loba blanca se quedó frente a él, demasiado cerca, sin permitir que nadie más se acercara.
Desde las sombras, una voz de Warrior llamó por refuerzos.
Kaia no se movió.
Su wolf no quería dejarlo.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás