A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 3
El aroma a madera de sándalo, cuero y perfume de diseñador impregnaba el aire de la suite presidencial del Hotel Grand Horizon. Damiano Serrano caminaba de un lado a otro frente al imponente ventanal que mostraba las luces de la ciudad como un mar de diamantes caótico. Se había quitado la chaqueta del traje a medida, dejando los primeros botones de su camisa blanca desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando la tensión en sus músculos y el inicio de los tatuajes que trepaban por su piel.
Había vaciado la mitad de su vaso de whisky, pero el alcohol no lograba apaciguar la extraña mezcla de anticipación y molestia que le recorría el cuerpo. Odiaba esperar. Odiaba sentir que no tenía el control absoluto de cada segundo de su tiempo.
Un golpe suave y rítmico en la puerta de madera maciza rompió el silencio.
Damiano se tensó. Dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco, se compuso la expresión y caminó hacia la entrada con zancadas firmes. Al abrir la puerta, las palabras de exigencia que tenía preparadas en la punta de la lengua se evaporaron por completo.
Allí estaba ella.
Scarlett era aún más magnética en persona que en la pantalla de su teléfono. El vestido de seda negro se adhería a sus curvas como una segunda piel, y la caída del tejido revelaba una cantidad generosa de su piel canela, que contrastaba de forma adictiva con la oscuridad de la prenda. Su cabello castaño oscuro caía en ondas desordenadas y libres, dándole un aire salvaje y juvenil que desarmaba la opulencia del hotel. Pero fueron sus ojos avellana, fijos en los de él con una calma imperturbable, los que le dieron a Damiano una bofetada de realidad.
No parecía intimidada en absoluto por el lujo del lugar, ni por los guardaespaldas que había en el vestíbulo, ni por la imponente y hosca figura del millonario que la recibía.
—Buenas noches, Damiano —dijo ella. Su voz era una caricia de terciopelo, baja y arrastrada, con una seguridad que lo descolocó de inmediato. No usó un tono sumiso ni el «señor Serrano» al que él estaba acostumbrado. Lo tuteó con una familiaridad que encendió una chispa de advertencia en el pecho del empresario.
—Llegas dos minutos tarde —respondió él, endureciendo la mandíbula en un intento desesperado por recuperar su papel de jefe, de cliente que paga por un servicio.
Scarlett sonrió de lado, un gesto sutil y peligrosamente sexy que hizo que los labios rojos se curvaran con diversión. Dio un paso al frente, obligando a Damiano a retroceder de manera inconsciente para dejarla pasar. El perfume a vainilla dulce y ámbar de la joven inundó las fosas nasales de Damiano, nublándole el juicio.
—A las mujeres como yo no se nos mide el tiempo en minutos, Damiano. Se nos mide en intensidad —replicó ella, dejando su pequeño bolso sobre la consola del recibidor y girándose para mirarlo de frente—. Además, la espera siempre hace que el deseo sea más interesante, ¿no crees?
Damiano cerró la puerta de un golpe, el sonido resonando en la suite. Se acercó a ella a paso lento, tratando de usar su altura y su físico imponente para acorralarla psicológicamente. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que desprendía su cuerpo juvenil.
—Escúchame bien, Scarlett —dijo él, con su voz ronca bajando una octava, cargada de una autoridad oscura—. En mi mundo, yo dicto las reglas. Yo pago, tú obedeces. He contratado esta noche para obtener exactamente lo que quiero, sin rodeos, sin juegos mentales. Así que baja los humos.
Scarlett no pestañeó. Al contrario, acortó la distancia que quedaba entre ambos, obligando a Damiano a clavar los ojos en su escote y en la delicada clavícula que subía y bajaba con su respiración. Levantó una mano de uñas perfectamente cuidadas y, con una lentitud exasperante, rozó el cuello de la camisa de Damiano, acomodando el tejido con la punta de los dedos. El contacto directo de su piel contra la de él fue como una descarga de alto voltaje para el automotriz.
—Tú pagas por mi exclusividad, por mi tiempo y por el acceso a mí —susurró ella, sosteniéndole la mirada con una madurez desafiante—. Pero mi actitud no está en venta. Si quieres un cuerpo vacío que asienta a todo lo que dices, te has equivocado de perfil. Yo sé quién soy, y sé lo que valgo. Tú tienes el control de tu empresa, Damiano... pero en esta habitación, el juego se juega de a dos.
A Damiano se le secó la boca. La mezcla de la audacia juvenil de Scarlett y la cruda atracción física que emanaba de ella lo estaba volviendo loco. Una oleada de deseo puramente posesivo lo dominó. Sin pensarlo, la tomó de la cintura con una mano firme, atrayéndola bruscamente hacia su cuerpo. El impacto de sus pechos contra su torso firme provocó un jadeo ahogado en los labios de Scarlett, pero sus ojos avellana se encendieron con una chispa de pura anticipación.
—¿Ah, sí? Vamos a ver si sostienes esa mirada cuando te tenga debajo de mí —gruñó Damiano, completamente arrebatado.
La llevó de espaldas hacia el enorme sofá de cuero de la suite, cayendo sobre ella en un movimiento ágil. Scarlett entrelazó sus piernas con las de él, acomodándose a la anatomía de Damiano con una naturalidad que le hizo gemir entre dientes. La fricción de la seda contra sus pantalones vaqueros era una tortura deliciosa.
Damiano bajó la cabeza y buscó su boca con una urgencia salvaje. Fue un beso hambriento, cargado de la frustración acumulada de sus días oscuros, del odio a su padre y de la soledad de su penthouse. Pero Scarlett no se limitó a recibir el asalto; ella respondió con la misma intensidad, mordiéndole el labio inferior con suavidad, metiendo sus dedos entre el espeso cabello oscuro de Damiano y guiando el ritmo del beso.
El sabor de ella era dulce, a licor y fruta, una droga inmediata. Las manos de Damiano bajaron por los muslos de Scarlett, levantando la seda del vestido, acariciando la piel suave y ardiente de sus caderas. El encaje negro de su lencería quedó al descubierto bajo sus dedos. Scarlett arqueó la espalda, soltando un gemido ronco contra los labios de él cuando los dedos de Damiano ejercieron una presión firme y posesiva en su cintura.
La tensión sexual en la habitación era tan espesa que casi se podía cortar. El pulso de Damiano latía con fuerza en sus oídos, su masculinidad completamente endurecida y exigiendo el alivio que había ido a buscar. Estaba a un solo movimiento de desgarrar esa lencería y tomarla allí mismo, de poseerla hasta que ambos olvidaran sus nombres.
Y entonces, en el pico más alto de la excitación, la mente de Damiano le jugó una mala pasada.
*«Eres un juguete roto. No puedes ofrecer nada real»*. La voz de sus propios demonios, el recuerdo de su esterilidad y el miedo cerval a que esta mujer descubriera lo defectuoso que estaba por dentro, lo golpearon como un cubo de agua helada. Si iba más allá, si la hacía suya por completo esta primera noche, se volvería adicto. Podía ver en los ojos de Scarlett que ella no era una distracción cualquiera; tenía el poder de desarmarlo por completo, de cruzar la línea de su blindaje emocional.
Con un esfuerzo de fuerza de voluntad sobrehumano, Damiano detuvo sus manos. Se separó de sus labios, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
Scarlett lo miró, con los ojos nublados por el deseo, los labios rojos ligeramente hinchados y las mejillas encendidas. Estaba confundida, esperando el siguiente movimiento.
—¿Damiano? —preguntó, su voz temblando ligeramente por la adrenalina interrumpida.
Damiano se incorporó, dándole la espalda y pasándose las manos por la cara, tratando de estabilizar su respiración. El deseo seguía rugiendo en sus venas, doloroso y urgente, pero el muro de hielo se había vuelto a levantar.
—Suficiente por hoy —dijo con la voz completamente ronca y cortante, sin mirarla.
Scarlett se sentó en el sofá, acomodándose el vestido con movimientos pausados, recuperando su compostura con una dignidad asombrosa. Lo observó con atención, analizando la rigidez de su espalda, los puños cerrados y la evidente lucha interna que el millonario intentaba ocultar.
—Pensé que habías venido por esto —comentó ella, con un tono suave, desprovisto de burla, intentando descifrar el misterio detrás del titán automotriz.
—He obtenido lo que quería —mintió él, girándose finalmente, con la mirada gris fría como el acero, aunque por dentro estuviera ardiendo—. Tu tiempo ha terminado, Scarlett. El pago completo ya está transferido a tu cuenta, con un extra por el retraso. Puedes irte.
Scarlett se puso de pie con elegancia. Lo miró fijamente por unos segundos larguísimos, dándose cuenta de que la frialdad de Damiano era solo un escudo para proteger algo muy profundo y doloroso. No se sintió rechazada; se sintió intrigada. Nadie la había dejado a medias de esa manera. Ningún hombre se detenía cuando la tenía en sus manos.
Caminó hacia el recibidor, tomó su bolso y, justo antes de salir de la suite, se giró hacia él con una sonrisa enigmática.
—Hasta la próxima, Damiano. Porque los dos sabemos que va a haber una próxima vez —sentenció con seguridad, antes de cerrar la puerta tras de sí.
Damiano se quedó solo en la inmensidad de la suite presidencial. Se dejó caer de nuevo en el sofá, impregnado del aroma a vainilla de Scarlett, con el corazón latiendo desbocado y una obsesión ciega echando raíces en su mente. Ella tenía razón. Estaba jodido. Porque a partir de ese instante, ninguna otra mujer en el mundo iba a ser suficiente.