En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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El Camino Prohibido
El silencio se apoderó del puente.
Nadie habló durante varios segundos.
El río continuó fluyendo bajo ellos mientras el sol desaparecía lentamente en el horizonte.
Akira no podía apartar la mirada de Hana.
—¿Es verdad?
La voz apenas le salió.
Hana bajó la cabeza.
Las lágrimas caían silenciosamente sobre sus mejillas.
—Sí.
Aquella única palabra dolió más que cualquier explicación.
—¿Cuántas almas? —preguntó Akira.
Hana cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Nunca quise averiguarlo.
La culpa en su voz era insoportable.
—Tenía miedo de la respuesta.
Kuro observó la escena sin mostrar emoción.
—Por eso vine.
Ya no puedes seguir aquí.
Hana apretó los puños.
—Solo necesito un poco más de tiempo.
—No.
—Por favor.
—Las reglas existen por una razón.
Akira dio un paso al frente.
—¿Y si existe otra solución?
Kuro sonrió por primera vez.
Pero no era una sonrisa amable.
Era una sonrisa amarga.
—Existe.
Hana levantó la cabeza de inmediato.
—¡No!
Kuro la ignoró.
—Hay una forma de mantenerla en este mundo.
Akira sintió una chispa de esperanza.
—¿Cuál?
—Está prohibida.
El viento comenzó a soplar con más fuerza.
Las nubes oscurecieron el cielo.
Incluso el ambiente parecía haber cambiado.
Como si el propio mundo rechazara aquella conversación.
Kuro miró directamente a Akira.
—Puedes entregarle parte de tu tiempo de vida.
El corazón de Akira se detuvo.
—¿Qué?
—Tu existencia y la suya estuvieron conectadas desde niños.
Por eso ella pudo regresar.
Por eso puede verte.
Por eso tus recuerdos están despertando.
Hana dio un paso adelante.
—¡No lo escuches!
—Déjalo terminar.
—¡Akira!
—Quiero saber la verdad.
Ella comenzó a temblar.
Porque ya sabía lo que venía.
—Cada ser humano nace con un tiempo determinado —explicó Kuro—. Años. Décadas. Un destino escrito.
Si transfieres parte de ese tiempo a Hana...
Ella podrá existir nuevamente.
—¿Volvería a estar viva?
—No completamente.
Pero tampoco estaría muerta.
Sería algo entre ambos mundos.
Akira sintió cómo la esperanza crecía.
Pero Kuro aún no había terminado.
—Sin embargo...
Siempre existe un precio.
El miedo regresó inmediatamente.
—¿Qué precio?
Kuro clavó sus ojos plateados en él.
—Cada año que entregues desaparecerá de tu vida.
No metafóricamente.
Literalmente.
Morirás antes.
El silencio cayó otra vez.
Hana comenzó a llorar.
—Por eso no quería que lo supieras.
Akira la observó.
Por primera vez entendió por qué había ocultado tanto.
Porque conocía la respuesta.
Sabía perfectamente qué elegiría.
—¿Cuánto tiempo necesitaría?
Kuro respondió sin vacilar.
—Diez años.
El mundo pareció detenerse.
Diez años.
Diez años de vida.
Diez años que jamás volverían.
—No.
Hana negó repetidamente.
—No.
No.
No.
—Hana...
—¡No te atrevas siquiera a pensarlo!
Su voz se quebró.
—Ya te perdí una vez.
No pienso destruir tu futuro para salvarme.
Akira recordó entonces aquella fotografía.
Aquella espera de doce años.
Aquella promesa infantil.
"Aunque pasen cien años."
Y algo dentro de él tomó una decisión.
—¿Y si acepto?
Hana quedó paralizada.
Kuro permaneció en silencio.
—Akira...
—¿Y si lo hago?
La voz de Hana se rompió.
—Entonces serías un idiota.
Él sonrió.
—Eso también me lo habías dicho cuando éramos niños.
Por primera vez en mucho tiempo, Hana soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Pero Kuro no compartía aquella emoción.
Porque algo en su expresión había cambiado.
Algo oscuro.
Algo preocupado.
—Hay un problema más.
Akira sintió un escalofrío.
—¿Qué problema?
El hombre observó el cielo.
Las primeras estrellas comenzaban a aparecer.
—No eres el único conectado a Hana.
El rostro de Hana perdió todo color.
—No...
—¿Qué significa eso? —preguntó Akira.
Kuro guardó silencio unos segundos.
Como si dudara.
Y luego pronunció unas palabras que hicieron temblar a Hana.
—El día que ella murió... alguien más hizo una promesa.
Akira frunció el ceño.
—¿Quién?
La respuesta cayó como un rayo.
—La persona responsable de su muerte.
El mundo se congeló.
Y por la expresión de Hana, Akira comprendió algo aterrador.
Ella sabía exactamente de quién estaba hablando.