**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 6
Cap 6: Operación reversa
Santiago tenía el video en pantalla completa.
La grabación de seguridad era en blanco y negro, sin audio, con la calidad granulada de las cámaras que se compran al por mayor. Pero los hechos eran claros: 6:52:33, una chica con blusa de botones entra al elevador VIP. 6:52:51, un hombre de abrigo negro entra detrás de ella. 6:53:47, ambos extienden la mano hacia el panel de botones. Los dedos se tocan. Un destello mínimo —apenas un píxel blanco en la pantalla— aparece entre sus manos.
Santiago pausó la imagen. Amplió el fotograma. El píxel seguía ahí: diminuto, indiscutible.
—Eso es —dijo.
Emilio estaba sentado en la silla giratoria de la sala de monitoreo, con los pies sobre el escritorio y un café que ya se había enfriado.
—Un punto blanco en una grabación de dos megapíxeles. ¿Eso es tu evidencia?
—Es la única variable. Antes de ese contacto, mis signos eran normales. Después, empezaron las anomalías. —Santiago cerró el video—. Si el contacto activó esto, el mismo contacto podría revertirlo.
—O podría no hacer nada. O podría empeorarlo. O podrías desmayarte otra vez y esta vez tardar más de cuarenta minutos. —Emilio giró la silla para mirarlo de frente—. Güey, te caíste como tabla. En un elevador. Frente a una empleada nueva que probablemente ya está redactando su carta de renuncia.
—No va a renunciar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque necesita el trabajo. Lo sé porque lo siento. —Santiago apretó la mandíbula, como si la frase le hubiera costado más de lo que estaba dispuesto a pagar—. Cada vez que ella piensa en perder este empleo, me llega una oleada de pánico que me cierra la garganta.
Emilio se quedó callado. En la sala de monitoreo, las doce pantallas mostraban distintos ángulos de Torre Austral: vestíbulo, elevadores, estacionamiento, azotea. En ninguna de ellas había una explicación para lo que le estaba pasando a su mejor amigo.
—Okey —dijo al fin—. ¿Cuál es el plan?
Santiago ya estaba escribiendo en su teléfono.
El mensaje llegó a la bandeja interna de Valentina a las 14:37:
"Mañana. 6:50. Estacionamiento nivel B2. No llegues tarde."
Sin firma. Sin saludo. Sin contexto. Valentina lo leyó tres veces, se volteó hacia Camila —que estaba a medio metro editando un video de campaña— y se volteó de nuevo hacia la pantalla antes de que Camila la viera.
"El CEO me cita en un estacionamiento subterráneo a las seis de la mañana. Esto es una película de terror. Soy la protagonista que muere en el primer acto."
La smartband vibró. 98 lpm.
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Valentina llevaba exactamente una hora y cuarenta minutos intentando trabajar, y lo único que había producido era un boceto de campaña que parecía hecho por alguien bajo los efectos de un sedante.
El problema no era la falta de talento. El problema era que cada vez que levantaba la vista de la pantalla, alguien la estaba mirando.
No de frente. Nadie en la oficina tenía la valentía de mirarla a los ojos. Pero los reflejos de los monitores la delataban: ojos que se desviaban medio segundo demasiado tarde, murmullos que morían cuando ella pasaba cerca de la impresora, sonrisas que no eran sonrisas sino preguntas disfrazadas.
La versión oficial —cortesía de Emilio, que la había soltado con la casualidad calculada de un profesional de relaciones públicas— era que Valentina había sido "temporalmente asignada a una diligencia urgente de la dirección general." La versión real, la que circulaba por WhatsApp entre los cubículos, era bastante más creativa.
Diego fue el primero en acercarse.
—Oye, Valentina. —Se sentó en la esquina de su escritorio con esa sonrisa que parecía sacada de un catálogo—. Escuché que te tocó apoyar al director esta mañana. Qué buen contacto, ¿no? Si necesitas ayuda para capitalizar esa cercanía, me avisas.
Valentina lo miró. Diego la miró de vuelta con una expresión que decía "estoy siendo amable" pero que en realidad decía "estoy midiendo si eres una amenaza o una oportunidad."
—Gracias, Diego. Solo fue un trámite.
—Claro. —Se levantó. La sonrisa no se movió ni un milímetro—. Un trámite.
Se fue. Valentina sintió algo frío bajarle por la espalda, como si alguien hubiera dejado una ventana abierta en un lugar que no tenía ventanas.
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Camila la emboscó en el baño a las 17:48.
—Valentina Reyes Mora, mírame a los ojos.
Valentina la miró. Camila tenía las manos en la cintura, el cabello perfecto, y la expresión de una fiscal del ministerio público.
—¿Qué pasó esta mañana en ese elevador?
—Ya te dije. El señor Montero dejó caer algo, yo lo recogí y...
—Amiga. —Camila levantó un dedo—. Vi cómo te sacó del área creativa. Vi su cara. No tenía cara de "se me cayó algo". Tenía cara de "necesito a esta persona específica ahora mismo". Y a ti te temblaban las manos.
Valentina se mojó la cara con agua fría. En el espejo, su reflejo le devolvió una expresión de alguien que está mintiendo tan mal que hasta ella misma se da cuenta.
—Fue un susto. Se sintió mal en el elevador y yo estaba ahí. Lo acompañé a que lo revisaran. Eso es todo.
—¿Se sintió mal?
—Sí. Un mareo. El doctor dijo que fue estrés.
Camila la estudió durante cinco segundos que se sintieron como una auditoría. Luego suspiró.
—Okey. Te creo. —Pausa—. Pero si hay algo más, me lo vas a contar. Porque yo no me guardo las cosas, Val, y prefiero enterarme por ti que por el grupo de WhatsApp.
—No hay nada más.
Camila asintió. Se retocó el labial en el espejo, le apretó el brazo y salió del baño.
Valentina se quedó sola frente al lavabo. La smartband marcaba 89 lpm. Bajando. Pero la culpa de haberle mentido a Camila —su única aliada en ese edificio de cristal y acero— no bajaba.
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A las 19:15, Valentina llegó a su departamento en Ecatepec, se quitó los zapatos, se sirvió un vaso de agua y se sentó en la cama.
Abrió WhatsApp.
El grupo del departamento creativo tenía 47 mensajes sin leer. Valentina los recorrió con el pulgar: chismes sobre la junta del viernes, una foto de la canasta de fruta nueva, una queja sobre el aire acondicionado. Y al final, un meme. Una foto genérica de un botón de elevador, con el texto: "Cuando te toca el piso 25 pero no tienes invitación VIP."
Nadie la etiquetó. No hacía falta.
Valentina cerró WhatsApp. Abrió el mensaje de Santiago en la bandeja interna. Lo releyó: "Mañana. 6:50. Estacionamiento nivel B2. No llegues tarde."
Puso una alarma a las 4:30 de la mañana. Sacó del clóset la misma blusa que había usado el lunes —la lavó a mano, la colgó del tubo de la cortina del baño, y rezó para que se secara antes del amanecer.
Se acostó. Cerró los ojos.
La smartband marcó 68 lpm. Casi normal. Pero en Polanco, en un penthouse silencioso con luces automáticas, Santiago estaba sentado en el borde de su cama mirando la gráfica de su Apple Watch. La línea de frecuencia cardíaca de las últimas veinticuatro horas parecía el electrocardiograma de un enfermo: picos, valles, mesetas imposibles, y un patrón que no correspondía a ningún ritmo humano conocido.
Excepto al de ella.
Santiago apagó la pantalla. Se acostó sin desvestirse. Y en algún momento entre las once y la medianoche, soñó con tacos al pastor, con un telenovela que no había visto nunca, y con una smartband ajena que vibraba contra su propia muñeca como un corazón diminuto pidiendo auxilio.