Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Capítulo 10: Cara nueva en la puerta
Entró por la puerta de servicio a las cuatro de la mañana.
La casa estaba en silencio. Un silencio limpio, sin respiraciones ni pasos ni el chasquido del anillo de Nicolás contra el cristal. Valentina se quitó los zapatos mojados, los cargó en una mano y subió las escaleras descalza, pisando solo los bordes de los escalones donde la madera no crujía.
El saco de Damián lo escondió al fondo del clóset, detrás de una caja de zapatos de invierno que no usaba desde hacía dos años. La tarjeta blanca la apretó entre los dedos un momento largo, mirándola en la oscuridad como si fuera un mapa.
"Cuando decidas que ya no quieres tener miedo, llámame."
Necesitaba un lugar mejor que un bolsillo.
Sacó su cartera vieja —la de cuero café que Nicolás le había regalado cuando cumplió quince y que ya no revisaba porque le había comprado una nueva— y con un par de tijeras de costura abrió un centímetro del forro interior. Deslizó la tarjeta adentro. La cosió de vuelta con hilo negro, puntadas pequeñas, casi invisibles.
"Nadie busca lo que no sabe que existe."
Se lavó la cara. Se cambió. Se metió a la cama con el pelo todavía húmedo y cerró los ojos.
No soñó con nada. O si soñó, no lo recordó. Solo sabía que cuando abrió los ojos, había luz gris en la ventana y el olor a café recién hecho subía por las escaleras.
Y la voz de Nicolás.
—Buenos días, mi niña. Baja cuando estés lista. Quiero presentarte a alguien.
Valentina se quedó inmóvil bajo las sábanas. El corazón le latió una vez, fuerte, como un puño golpeando una puerta.
"Sabe. Sabe todo. El café, Santiago, la lluvia, el auto negro, el beso."
Se vistió despacio. Cada botón fue un acto de voluntad. Se puso la pulsera ancha en la muñeca izquierda por costumbre y bajó.
Nicolás estaba en el comedor, sentado en la cabecera con una taza de café y el periódico abierto. Vestido impecable, como siempre: camisa azul marino, reloj, cabello peinado. La imagen de un hombre civilizado. La imagen que el mundo veía.
No mencionó la noche anterior.
No mencionó los mensajes. Ni los veinte minutos. Ni las consecuencias. Ni la llamada. Era como si la tormenta no hubiera existido, como si los últimos doce horas fueran un sueño que solo Valentina había tenido.
Y eso era peor. Mucho peor que un grito.
—Siéntate —dijo Nicolás con una sonrisa—. ¿Café?
—Sí.
Él sirvió. La taza tenía un anillo de espuma perfecta. Le acercó el azúcar.
—Hice algunos cambios en la casa —dijo, doblando el periódico—. El personal anterior no estaba cumpliendo con mis estándares.
Valentina envolvió la taza con ambas manos. El calor le quemaba los dedos pero no la soltó.
—¿Qué personal?
—Doña Carmen, Lupita, el jardinero. Todos. Los liquidé ayer por la tarde.
Doña Carmen. La cocinera que a veces le guardaba fruta en la cocina. Lupita, que le dejaba la puerta de atrás sin seguro cuando Valentina necesitaba salir sin que nadie la viera.
"Lupita."
El estómago se le apretó.
—Pero Doña Carmen llevaba ocho años...
—Ocho años de malos hábitos —cortó Nicolás. Le dio un sorbo al café—. Necesitamos gente nueva. Gente de confianza.
"Confianza de quién."
Como si hubiera escuchado la señal, dos mujeres aparecieron en la puerta de la cocina.
La primera era baja, ancha, con el pelo recogido en un chongo apretado y una sonrisa que parecía ensayada pero no desagradable. Llevaba un delantal limpio y las manos cruzadas al frente, como quien se presenta a una entrevista de trabajo que ya ganó.
—Esta es Rocío —dijo Nicolás—. Nueva ama de llaves. Se encarga de la cocina, la limpieza, la organización de la casa. Rocío, ella es Valentina.
—Mucho gusto, señorita —dijo Rocío con una inclinación breve.
Valentina asintió. La mujer no le generó alarma. Había algo cálido en sus ojos, algo que no cuadraba del todo con el tipo de gente que Nicolás solía contratar.
La segunda mujer era diferente.
Alta. Delgada pero con la postura de alguien que sabía dónde estaban todas las salidas de un cuarto antes de entrar en él. Cabello corto, oscuro, cortado con precisión. Ojos grises que registraron a Valentina en medio segundo: su cara, sus manos, su pulsera, la distancia entre ella y la puerta.
—Y esta es Sasha —dijo Nicolás—. Tu nueva asistente personal.
—¿Asistente personal?
—Alguien que te ayude con tu agenda, tus salidas, tus compras. Para que no tengas que andar sola por la calle con este clima. —Sonrió. Esa sonrisa de cortesía perfecta que cubría cada jaula con pétalos—. Sasha va a acompañarte a donde necesites ir.
"Acompañarte." No "ayudarte." "Acompañarte."
Sasha no sonrió. Asintió una vez.
—Mucho gusto, Valentina.
No dijo "señorita". No dijo "señora". Solo su nombre, seco, sin adornos, como si ya la conociera de antes.
Valentina la miró a los ojos. Los ojos grises le devolvieron la mirada sin pestañear.
"Tú no eres una asistente. Tú eres una guardiana."
—Encantada —dijo Valentina con voz plana.
Nicolás se levantó. Le puso una mano en el hombro al pasar junto a ella, un gesto que pretendía ser paternal pero que pesaba como una cadena.
—Ahora todo va a ser más ordenado en esta casa —dijo—. Vas a ver que es mejor así.
Salió del comedor. La puerta de su oficina se cerró con un clic suave.
Valentina se quedó sola con las dos mujeres nuevas, el café enfriándose en sus manos y la tarjeta cosida en la cartera vieja del clóset de arriba.
"Lupita ya no está. La puerta de atrás ya no va a quedarse abierta."
El día pasó en un silencio de reconocimiento. Rocío cocinó un caldo de pollo que llenó la casa de un olor que le recordó a Valentina otra cocina, otra vida, y le sirvió sin preguntar si tenía hambre. Sasha se instaló en una silla junto a la entrada de la sala como un mueble que respira, con un libro que no leía y unos ojos que no dejaban de moverse.
Valentina subió a su cuarto después de cenar. La cartera vieja seguía en el mismo lugar. Pasó los dedos por la costura del forro y sintió el borde rígido de la tarjeta adentro.
"Sigue ahí."
Se acostó. Las sábanas olían a detergente nuevo —Rocío ya había lavado todo— y la almohada era la misma pero se sentía diferente. Todo se sentía diferente. Como una casa que se parece a tu casa pero tiene las cerraduras cambiadas.
A las once de la noche, Sasha tocó la puerta.
—Buenas noches, Valentina. ¿Necesitas algo?
—No. Gracias.
—Está bien. Voy a cerrar las puertas de abajo. Descansa.
Los pasos se alejaron por el pasillo. Valentina escuchó las cerraduras de abajo: una, dos, tres. La puerta principal. La puerta del jardín. La puerta de servicio.
Luego los pasos subieron. Se detuvieron frente a su puerta.
Valentina contuvo la respiración.
El picaporte no se movió. No hubo clic. No hubo llave.
Los pasos siguieron de largo y una puerta se cerró al final del pasillo.
Valentina esperó cinco minutos. Luego se levantó en silencio, caminó descalza hasta la puerta y bajó el picaporte.
Se abrió.
Sin llave. Sin seguro. Abierta.
Se quedó ahí, con la mano en el picaporte y el corazón latiéndole despacio, mirando el pasillo oscuro como si fuera una pregunta que no sabía cómo responder.
"¿Lo olvidó? ¿O lo dejó así a propósito?"
Cerró la puerta sin hacer ruido y volvió a la cama.
No durmió en mucho rato.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?