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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3 — Lumina en ruinas

Valentina no usó ninguno de los vestidos.

A la mañana siguiente salió de Las Lomas con pantalón negro, camisa blanca y el saco que Luna había metido en la maleta sin preguntar. El clóset quedó cerrado a su espalda. El pastel de queso también. Si empezaba el día aceptando azúcar de Sebastián Montero, no iba a soportarse a sí misma en la primera junta.

Braulio esperaba junto al auto en la entrada.

—Señorita Reyes.

—Pedí un taxi.

—Don Sebastián pidió que la llevara.

Valentina se detuvo a medio escalón.

—Entonces dígale a Don Sebastián que no soy un paquete.

Braulio no cambió la expresión.

—También me pidió que obedeciera si usted decía que no.

Eso la dejó sin el golpe preparado. Miró el auto negro, luego la reja, luego el celular que vibró en su mano con un mensaje de Luna.

Luna: "Jefa, hay dos renuncias más. Y un proveedor en recepción. Trae cara de cobrarnos hasta el aire."

Valentina guardó el teléfono.

—Llámeme un taxi, por favor.

—Ya viene.

No preguntó cuándo lo había pedido. En esa casa, la eficiencia también podía ser una forma de irritar.

Treinta y cinco minutos después, el taxi la dejó frente al edificio de Lumina Tecnología, en Santa Fe. Vidrio, concreto, tráfico caro y gente con prisa fingiendo que no corría. Valentina pagó con tarjeta y levantó la vista hacia el piso diecisiete.

Durante años, ese letrero pequeño junto al elevador la había hecho enderezar la espalda: LUMINA TECNOLOGÍA. Hoy una esquina estaba despegada.

La recepcionista del edificio le dio una sonrisa incómoda.

—Buenos días, licenciada Reyes.

—Buenos días, Marta.

—Hay unas personas esperando arriba.

—¿Proveedores?

—Uno. Y dos empleados de su área técnica.

Valentina no necesitó preguntar más. Los empleados con cajas no esperaban para quedarse.

El elevador subió demasiado rápido. Cuando las puertas se abrieron, el ruido habitual de Lumina no estaba. No había teclados furiosos, ni llamadas encimadas, ni Luna gritando desde la cocina que alguien se había terminado su café. Había un silencio raro, lleno de sillas vacías.

Luna García apareció desde la sala de juntas con el cabello recogido a medias, dos carpetas contra el pecho y ojeras que ni el corrector había podido negociar.

—Jefa.

Valentina miró las cajas sobre dos escritorios.

—¿Quiénes?

Luna tragó saliva.

—Raúl y Melissa.

Los nombres le dolieron más de lo que esperaba. Raúl había dormido en la oficina tres noches durante el primer prototipo. Melissa había rechazado una oferta mejor el año anterior porque dijo que creía en Lumina.

Ahora ambos estaban junto a sus escritorios, evitando mirarla.

Valentina caminó hacia ellos.

—No tienen que esconderse como si hubieran robado algo.

Raúl levantó la cabeza, avergonzado.

—Vale, yo...

—Está bien.

—No está bien —dijo Melissa, con los ojos rojos—. Pero mi mamá necesita la operación y no puedo seguir cobrando tarde.

Valentina sintió que cada palabra le quitaba piel.

—Lo sé.

Raúl cerró su caja.

—Nos ofrecieron entrar a InovaBit. Empiezan el lunes. Si esto se levanta...

No terminó.

Valentina entendió igual. Si esto se levanta, llámanos. Si esto no se levanta, perdón por salvarnos.

—Gracias por todo lo que hicieron —dijo ella.

Melissa se limpió una lágrima con rabia.

—No quería irme así.

—Nadie quiere irse de un barco cuando todavía recuerda cómo se veía flotando.

Luna la miró de reojo. Valentina supo que había sonado más rota de lo permitido, así que enderezó la carpeta que Melissa sostenía y volvió a ponerse la voz de directora.

—Recursos Humanos les enviará cartas de recomendación hoy. Luna, por favor.

—Ya las tengo.

Claro que las tenía.

Raúl dudó un segundo y luego la abrazó. Fue rápido, torpe. Valentina cerró los ojos apenas. Melissa hizo lo mismo. Después se fueron con sus cajas hacia el elevador, y el sonido de las ruedas sobre el piso pareció más fuerte que cualquier reclamo.

Cuando las puertas se cerraron, Luna soltó el aire.

—Híjole.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Tienes la cara de cuando lloras enojada.

—Pues tú tienes la cara de cuando estás a punto de hacer una tontería elegante.

Valentina casi sonrió. Casi.

—¿El proveedor?

Luna le entregó la carpeta superior.

—Servicios Altamar. Nos cortan servidores el viernes si no pagamos al menos el cuarenta por ciento.

—¿Cuánto?

—Ochocientos veinte mil pesos.

Valentina abrió la carpeta. La cifra estaba ahí, negra, simple, ofensiva.

—Diles que puedo pagar doscientos esta semana y firmar calendario por el resto.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—Dijeron que Diego les prometió pago completo antes de irse.

Valentina alzó la mirada.

El nombre de Diego Paredes ensució la oficina sin necesidad de aparecer en persona. Su exsocio no solo había vendido las patentes base del software de análisis energético; también había dejado promesas como minas bajo el piso. Cada llamada nueva traía una explosión distinta.

—¿Tenemos ubicación de Diego?

Luna negó.

—Su departamento está vacío. Su celular manda a buzón. En LinkedIn puso "consultor independiente" y cerró comentarios. Muy valiente el desgraciado.

—No le digas desgraciado en correos.

—En correos no.

Valentina caminó hacia la sala de juntas. La pared de cristal todavía tenía pegado el mapa de objetivos del trimestre anterior: piloto en Querétaro, expansión industrial, ronda semilla, contratación de cinco ingenieros. Todo escrito con plumones de colores, como si el futuro hubiera sido una lista y no una apuesta.

Sobre la mesa había estados de cuenta, avisos, facturas y dos tazas de café frío.

—¿Quién queda? —preguntó.

Luna dejó las carpetas una a una.

—Tú, yo, Jorge en soporte porque todavía no se entera de todo, Ana de legal medio tiempo y los dos practicantes.

—No les digas medio tiempo a Ana frente a Ana.

—Ana nos cobra como tres personas, jefa.

—Ana ha evitado que nos demanden tres veces.

—Por eso sigue en la lista de vivos.

Valentina apoyó ambas manos sobre la mesa. El vidrio estaba frío.

—Tenemos tres meses.

Luna parpadeó.

—Ayer eran treinta días.

—Treinta días para no cerrar operaciones. Tres meses para encontrar inversión o vender una parte sin que nos despedacen.

—¿"Nos"? —Luna inclinó la cabeza—. ¿Eso significa que sí aceptaste la ayuda de ya sabes quién?

Valentina no respondió.

Luna abrió mucho los ojos.

—¡Ay, jefa!

—No empieces.

—No estoy empezando. Estoy procesando. ¿Dormiste en Las Lomas?

—Eso no es relevante.

—Claro que es relevante. Ayer metí tu ropa en una maleta mientras intentabas sonar como si no estuvieras a punto de colapsar. Además, Doña Esperanza me dijo que tu habitación seguía igual y yo casi me muero.

Valentina levantó la vista.

—¿Hablaste con Doña Esperanza?

—Cinco minutos. Esa señora da más miedo que un auditor del SAT cuando habla bajito.

Valentina soltó una risa breve. Se murió rápido.

—Luna.

—Perdón. Ya.

—No quiero comentarios sobre Sebastián.

—¿Sebastián o Don Sebastián?

La mirada de Valentina bastó.

Luna levantó ambas manos.

—Ok. Entendido. Pero como tu amiga, no como tu COO que todavía no es COO porque no hay dinero ni para imprimirme tarjetas, te digo algo: si ese hombre va a salvar Lumina, que firme todo. Todo, Vale. Hasta la respiración.

—No va a salvar Lumina. Va a ayudar a que yo la salve.

—Me gusta esa versión. Suena menos humillante.

—Es la única versión.

Un golpe en la puerta de cristal interrumpió la respuesta de Luna.

Marta, la recepcionista del edificio, asomó la cabeza con una tarjeta en la mano.

—Licenciada Reyes, hay un señor que pregunta por usted.

Valentina cerró la carpeta de Altamar.

—Si es del proveedor, que espere diez minutos.

—No es proveedor.

Marta le ofreció la tarjeta.

Valentina la tomó.

Rodrigo Ríos.

Dirección Ejecutiva, Grupo Montero.

Luna se acercó para leer por encima de su hombro.

—Eso fue rápido.

Valentina sintió que el poco control recuperado se le deshacía entre los dedos.

—Dígale que pase.

Rodrigo entró treinta segundos después. Traje gris, expresión seca, una carpeta negra bajo el brazo. Saludó a Luna con una inclinación mínima y se detuvo frente a Valentina como si el desastre de la oficina no lo sorprendiera.

—Señorita Reyes.

—Rodrigo.

—Don Sebastián me pidió revisar los libros.

Luna se quedó muda.

Valentina miró la carpeta negra, luego los escritorios vacíos detrás de él.

—Entonces espero que haya desayunado —dijo—. Esto no se va a ver bonito.

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