"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.
La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente
NovelToon tiene autorización de Astrid Osorio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 6: El Velo del Silencio
El amanecer llegó al castillo de Beaumont con una luz dorada y fría que disipó los restos de vapor de la práctica nocturna de Elaria. Elena, atrapada en el cuerpo de la niña de cinco años, se despertó con el corazón acelerado. Hoy era el día. La evaluación del Duque Alistair.
La puerta se abrió y Lucía entró apresuradamente, trayendo un vestido sencillo pero elegante de seda azul pálido. Mientras la vestía, Elaria notó la tensión en las manos de la doncella. Nadie hablaba. El silencio en el castillo era absoluto, solo roto por el sonido distante de los cascos de los caballos en el patio.
Cuando Elaria bajó al salón principal, escoltada por Cedric (quien vestía su uniforme formal y lucía una expresión de pura angustia contenida), el Duque Alistair ya estaba allí. Estaba de pie junto a la gran chimenea apagada, vestido con su jubón de terciopelo oscuro y bordados de oro
Su presencia llenaba la habitación, imponente y severa. A su lado estaba una mujer mayor, con túnicas de sanadora de la corte, sosteniendo un pequeño y brillante cristal de diagnóstico.
—Elaria —dijo el Duque. Su voz era baja, un barítono que resonaba en el aire frío—. Acércate.
Elaria caminó lentamente hacia él. Sentía la mirada de su padre y la de Cedric grabadas en ella. Su pequeño cuerpo temblaba, pero la mente de Elena la mantenía firme. Ella sabía lo que tenía que hacer.
La sanadora dio un paso adelante.
—Milady, por favor, ponga su mano sobre este cristal —dijo con voz suave.
Elaria extendió su pequeña y pálida mano. El cristal estaba frío al tacto. Inmediatamente, sintió una suave pero intrusiva oleada de energía que entraba en su cuerpo. Era el maná de la sanadora, buscando su núcleo mágico.
El pulso de Elaria se disparó. La energía intrusa avanzaba hacia el centro de su ser, donde el vasto, universal y omnipotente "Weave Celestial" yacía escondido. Si la sanadora lo encontraba, sabrían que su poder no era inestable; era absoluto.
"Ocultarlo," había dicho Cedric. "No puedes dejar que se manifieste."
Elena tomó el control. Visualizó el Weave voraz que había manipulado la noche anterior. Pero en lugar de pedirle que se manifestara, le pidió que se escondiera. Imagino una muralla de obsidiana gruesa y opaca que rodeaba su núcleo. Imagino que el Weave se replegaba en sí mismo, convirtiéndose en un punto infinitesimal de luz atrapado detrás de la muralla.
La energía de la sanadora chocó contra la barrera mental de Elaria. Se detuvo, confundida. La sanadora frunció el ceño y empujó más fuerte. Elaria sintió un dolor agudo detrás de sus ojos mientras su mente luchaba por mantener la supresión. El Weave Celestial, voraz por naturaleza, luchaba por escapar de su confinamiento. Podía sentir el calor del fuego, la fluidez del agua, la dureza de la tierra y la ligereza del aire luchando por emerger.
Pero ella resistió. Usando cada gramo de la fuerza mental de Elena Vega, mantuvo el velo de obsidiana.
El cristal en la mano de la sanadora brilló con una luz tenue y errática, de color gris pálido, antes de apagarse por completo.
La sanadora suspiró y miró al Duque.
—Mi Señor... el núcleo de Milady está... inactivo. Casi completamente vacío de maná residual. Hay rastros de la inestabilidad previa, pero... no hay un flujo activo. Es como si el Weave se hubiera... replegado.
El Duque Alistair se tensó. Su mirada severa se clavó en Elaria.
—¿Inactivo? —preguntó él, su voz cargada de una mezcla de alivio y fría decepción.
—Sí, Mi Señor. Es... inusual para alguien que casi se consumió por su propia magia hace solo unos días. Podría ser un efecto secundario de la fiebre, o... —dudó la sanadora— o que el núcleo se ha sellado naturalmente debido al trauma. No representa un peligro inmediato para ella ni para el castillo.
El Duque guardó silencio un momento, procesando la información. Cedric soltó un suspiro audible, el alivio visible en su rostro.
—¿Y el Emperador? —preguntó Alistair.
—Dado el diagnóstico... el Emperador no tendrá motivos para intervenir. Elaria de Beaumont no es una amenaza política ni mágica, Mi Señor.
El Duque asintió lentamente.
—Muy bien. Retírense —ordenó.
Mientras la sanadora salía y Cedric se acercaba para abrazarla, Elaria bajó la mirada a sus pequeñas manos, que aún temblaban. Había funcionado. Había ocultado su poder absoluto detrás del velo del silencio. Estaba a salvo del Emperador y de la Duque. Pero mientras Cedric la abrazaba con alivio, Elaria notó cómo el Duque la miraba. No con miedo, sino con una profunda y fría fijeza que no lograba descifrar. ¿Había sospechado algo? ¿O estaba decepcionado porque su heredera "ya no tenía poder"? El juego de política voraz de los Beaumont acababa de volverse mucho más complejo.