una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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dos caminos, un destino
El agua caliente llenaba lentamente la vieja bañera de hierro mientras el vapor cubría el pequeño baño de la planta superior. Nataly permanecía de pie junto a la puerta, observando a Zonia en silencio. Sus manos temblaban tanto que tuvo que apoyarse unos segundos contra la pared antes de poder respirar con normalidad.
La muchacha seguía inmóvil, esperando una orden.
Siempre esperaba una orden.
—Podés entrar —murmuró Nataly con la voz quebrada.
Zonia asintió y comenzó a desabrochar lentamente el vestido gris que usaba para limpiar. Sus movimientos eran cuidadosos, casi automáticos, como si hubiera aprendido a desconectarse de su propio cuerpo hacía muchos años. Cuando la tela cayó al suelo, las cicatrices de su espalda quedaron expuestas bajo la luz amarillenta del baño. Algunas eran antiguas, líneas blancas y deformes que el tiempo no había borrado. Otras eran más recientes, marcas rojizas que todavía tardaban en desaparecer.
Nataly sintió un nudo en la garganta.
Había visto esas heridas cientos de veces, las había limpiado, curado y vendado desde que Zonia era apenas una niña, pero aquella noche dolían más que nunca.
La joven entró en la bañera sin pronunciar palabra. El agua le llegó hasta la cintura y cerró los ojos cuando Nataly comenzó a mojarle el cabello negro. Había intentado quitarle el grillete del cuello, pero había sido imposible sin contar con la llave del candado.
—Perdoname… —susurró de pronto.
Zonia abrió los ojos y la miró con confusión.
Nataly apartó rápidamente el rostro para secarse una lágrima antes de que ella pudiera verla.
—No me hagas caso —intentó sonreír—. Estoy cansada, nada más.
Pero las lágrimas siguieron cayendo igual.
Tomó una esponja y empezó a lavar con cuidado los hombros de la muchacha. Cada vez que sus dedos rozaban una cicatriz, sentía que el corazón se le partía un poco más.
Zonia permanecía quieta, observándola en silencio. Finalmente extendió una mano y sujetó suavemente la muñeca de Nataly.
Ese pequeño gesto terminó de derrumbarla.
—Ojalá pudiera llevarte lejos de acá —murmuró entre sollozos—. Ojalá hubiera encontrado la forma de sacarte de este lugar cuando todavía eras una nena.
Zonia negó despacio con la cabeza, como si intentara consolarla a ella.
Eso hizo que Nataly llorara aún más.
Cuando el baño terminó, la ayudó a salir y la envolvió en una toalla limpia. Después abrió el viejo armario de su habitación y sacó un vestido color azul oscuro que llevaba años guardado en el fondo.
—Era de una chica que se fue hace mucho tiempo —explicó mientras lo extendía sobre la cama—. Siempre pensé que algún día podría servirte.
Zonia observó la prenda sin expresión alguna.
Nataly la vistió con movimientos lentos, acomodando cada pliegue con el mismo cuidado con el que una madre prepara a su hija para una ocasión importante. Luego tomó el cepillo y comenzó a desenredar el larguísimo cabello negro.
Las hebras brillaban bajo la luz tenue mientras el cepillo descendía una y otra vez desde la coronilla hasta la cintura.
—¿Te acordás cuando te enseñé a leer? —preguntó de pronto Nataly, intentando distraerse—. Tenías siete años y te enojabas cada vez que confundías las letras.
Los ojos verdes de Zonia se suavizaron apenas.
Nataly sonrió entre lágrimas.
—Después terminaste leyendo más rápido que todas nosotras. Ya no recuerdo tu voz, pero aun comprendo tus miradas.
Comenzó a trenzarle el cabello. Sus dedos trabajaban con precisión, separando mechones negros y entrelazándolos lentamente. Era un gesto que había repetido durante años, pero aquella noche sentía que cada movimiento podía ser el último.
Cuando terminó la trenza, apoyó la frente contra la espalda de la muchacha y cerró los ojos.
—Quédate cerca de mí esta noche, ¿sí? —susurró.
Zonia respondió tomando su mano y apretándola con suavidad.
Muy lejos de aquella habitación, un automóvil negro se detuvo frente al burdel.
La puerta se abrió y descendió un hombre alto, vestido con un impecable traje oscuro. Su cabello rubio oscuro estaba peinado hacia atrás y sus ojos grises recorrieron el edificio con una expresión fría y calculadora.
Erik Schneider no necesitaba levantar la voz para imponer respeto.
Dos hombres lo acompañaban mientras avanzaba hacia la entrada principal. Los guardias del burdel se apartaron inmediatamente al reconocerlo.
Brakaj los esperaba en el salón. Tenía el rostro cubierto de moretones y la mano izquierda vendada hasta la muñeca. La pérdida de los tres dedos lo obligaba a mantener el brazo apoyado contra el pecho.
—Señor Schneider —saludó con una sonrisa forzada.
Erik ni siquiera respondió al gesto.
—Mi jefe quiere el dinero completo —dijo sin rodeos.
La sonrisa de Brakaj se tensó.
—Ya le expliqué a sus hombres que tuve algunos inconvenientes.
—No nos interesan sus inconvenientes.
El silencio cayó sobre el salón.
Brakaj observó a los hombres que acompañaban a Erik y comprendió que aquella visita no era una cortesía.
—No tengo esa cantidad ahora mismo —admitió finalmente—. Pero puedo ofrecer algo mucho más valioso.
Erik frunció apenas el ceño.
—¿Qué intenta negociar?
La expresión de Brakaj cambió por completo. Una sonrisa lenta y desagradable apareció en su rostro golpeado.
—Una mercancía que guardé durante dieciocho años.
Los ojos grises de Erik se endurecieron.
—Explíquese.
—Una muchacha. Nunca fue ofrecida a ningún cliente. La crié para este momento. Vale mucho más de lo que les debo.
Erik permaneció inmóvil unos segundos. Había visto hombres desesperados ofrecer joyas, armas, propiedades e incluso información para salvar el pellejo. Pero aquello era distinto.
Sacó el teléfono de su bolsillo y marcó un número.
La llamada fue atendida al segundo tono.
—¿Qué ocurre? —preguntó la voz grave de Kai.
Erik mantuvo la mirada fija en Bracagh mientras respondía:
—Tenemos un problema. El deudor dice que no tiene el dinero… pero quiere saldar la cuenta entregando una chica.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—¿Vale lo que afirma que vale? —preguntó Kai finalmente.
Erik observó el despacho del segundo piso, donde una tenue luz seguía encendida detrás de una ventana.
—No lo sé —respondió con honestidad.
La voz de Kai se volvió aún más fría.
—No aceptes nada. Voy para allá.
La llamada terminó.
Erik guardó el teléfono y volvió a mirar a Bracagh.
—Mi jefe viene en camino.
Por primera vez en toda la noche, la sonrisa del dueño del burdel pareció sincera.
Creía haber encontrado la forma de salvarse.
Y mientras él sonreía, en el piso superior Nataly terminaba de acomodar la trenza de Zonia sin saber que el hombre que cambiaría el destino de la muchacha ya se dirigía hacia el burdel.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte