Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 16: Un nuevo rival.
A la vuelta de las vacaciones, el instituto parecía haber vuelto a su ritmo habitual: pasillos llenos de gente, timbres que sonaban sin descanso, profesores que intentaban imponer orden y el rumor constante de las conversaciones. Pero para mí, todo se sentía diferente. Antes, caminaba por ahí sintiéndome la reina absoluta, sí, pero también la única portadora de un secreto inmenso. Ahora, al caminar, sabía que a pocos pasos de mí iba la única persona en todo el mundo que entendía cada parte de lo que yo era.
Cada vez que miraba a Alexandro —y lo hacía mucho más de lo normal—, él ya me estaba mirando. Y en sus ojos ya no veía solo al compañero vigilante, ni al amigo paciente. Veía al guardián de siglos, al que había estado a mi lado en mil vidas, al que sabía mis historias antiguas y mi poder sin límites. Nos bastaba una sola mirada, un movimiento casi imperceptible de cejas o una sonrisa leve, para entendernos perfectamente. Era como hablar sin palabras, un lenguaje que solo nosotros conocíamos. Me sentía invencible, maravillosa y, por primera vez en mucho tiempo, acompañada de verdad.
O al menos, me sentía así… hasta que llegó él.
Fue una mañana cualquiera, cuando el director subió a la tarima del salón de actos para hacer los anuncios semanales. —Y, para terminar —dijo, golpeando el micrófono suavemente—, tenemos el placer de dar la bienvenida a un nuevo alumno que se une a nosotros este año. Viene de una familia muy distinguida, ha estudiado en los mejores colegios del extranjero y estamos seguros de que será una gran adición para nuestra comunidad. Chicos, les presento a Santiago del Valle.
Y entonces, él subió al escenario.
Si yo soy la reina del lugar, Santiago parecía decidido a ser el príncipe. Era alto, de cabello oscuro y rizado, ojos color avellana que brillaban con inteligencia y una sonrisa que, sin duda, había sido practicada frente al espejo mil veces. Se movía con una elegancia natural, la elegancia de quien ha crecido rodeado de lujos, palacios y privilegios, igual que yo. Vestía ropa que se notaba de inmediato que costaba más que el sueldo de cualquiera de los presentes, y llevaba esa seguridad en sí mismo que solo tienen quienes saben que son el centro del mundo.
Habló con voz clara, educada y encantadora, saludando a todos con esa facilidad para caer bien que tienen muy pocos. Y yo, claro, lo observé con interés. Vaya, pensé, arqueando una ceja. Por fin alguien que está a la altura. Alguien que no es… común.
En cuanto bajó del escenario, Santiago empezó a caminar entre las filas de asientos, saludando aquí y allá, respondiendo a los saludos con amabilidad. Y adivinen hacia dónde se dirigió directamente. Sí. Hacia mí.
Se detuvo justo a mi lado, inclinó ligeramente la cabeza con una cortesía antigua y exquisita, y me regaló su mejor sonrisa, esa que seguramente hacía suspirar a todas las chicas dondequiera que iba. —Mariam De la Vega, ¿verdad? —dijo él, con una voz agradable y profunda—. Me han hablado mucho de ti. Dicen que eres la alumna más brillante, la más hermosa y, sobre todo, la más… especial de todo el instituto. Tenía muchas ganas de conocerte.
Yo, por supuesto, enderecé la espalda, pasé una mano por mi cabello para asegurarlo de que estuviera perfecto y le devolví la sonrisa más deslumbrante que tenía. Me encantaba la atención, me encantaba que me reconocieran, y me encantaba que alguien nuevo llegara y supiera exactamente quién era yo. —Veo que tienes buenas fuentes de información —respondí con dulzura, mirándolo de arriba abajo con aprobación—. Y tienes buen gusto. Es un placer, Santiago. Bienvenido a mi… digo, a nuestro instituto.
Él se rió, como si hubiera captado el matiz de propiedad en mis palabras, y se sentó en el asiento vacío que estaba justo al otro lado del mío, dejando a Alexandro, que estaba a mi izquierda, de repente en un segundo plano.
Y fue ahí cuando lo noté.
Mientras yo charlaba animadamente con Santiago, respondiendo a sus cumplidos y devolviéndole los halagos con la misma elegancia —porque, al fin y al cabo, ¿quién era yo para rechazar la admiración? —, sentí una presencia pesada, silenciosa y extrañamente fría a mi otro lado.
Me giré un poquito y vi a Alexandro.
Estaba sentado con la espalda recta, las manos entrelazadas sobre el pupitre y la mirada fija al frente, hacia el director que seguía hablando. Pero su mandíbula estaba tensa, sus labios apretados en una línea recta y severa, y esa calma infinita que siempre lo caracterizaba parecía haberse esfumado, sustituida por una atmósfera densa, oscura y… molesta. Muy molesta.
—¿Te ocurre algo? —le pregunté en voz baja, inclinándome hacia él, sorprendida por esa actitud suya.
Él me miró de reojo, solo un segundo, con unos ojos más oscuros y profundos de lo habitual. —No —respondió secamente, sin ninguna de esa suavidad o complicidad que habíamos tenido desde el fin de semana—. Nada. Absolutamente nada. Disfruta de tu nuevo admirador, Mariam. Se nota que es justo lo que te gusta: rico, guapo, encantador… y dispuesto a decirte todo lo que ya sabes de ti misma.
Se quedó callado después de eso, ignorándome por completo, mientras yo me quedaba con la boca entreabierta, totalmente confundida. ¿Qué le pasa?, pensé, frunciendo el ceño. ¿Por qué está así? ¿Acaso le cae mal el chico nuevo?
Pero la verdad era que yo no le di demasiada importancia en ese momento. Santiago era fascinante. Sabía de arte, de historia, de viajes, de todo lo que a mí me gustaba. Tenía conversaciones interesantes, tenía dinero, tenía estilo… y, sobre todo, me trataba como si fuera una reina, algo que, por otro lado, era lo que yo merecía.
Durante los siguientes días, Santiago no se separó de mí. Caminábamos juntos por los pasillos, almorzábamos juntos, me abría las puertas, me cargaba los libros si tenía demasiados, me compraba dulces y flores, y me decía cosas maravillosas de forma constante. Todas las chicas me miraban con envidia —lo cual me encantaba— y todos los chicos parecían admirarlo a él. Era la pareja perfecta, la unión de dos mundos iguales, dos fortunas, dos bellezas.
Y mientras tanto, Alexandro… bueno, Alexandro se había convertido en una estatua de hielo.
Seguía estando ahí, sí. Seguía siendo mi compañero de clase, seguía siendo el hijo de los amigos de mis padres, seguía caminando cerca de mí. Pero ya no me miraba con esa ternura antigua ni con esa complicidad secreta. Ahora me miraba con frialdad, con distancia, con silencios largos y respuestas cortantes. Cuando yo le contaba algo divertido que había hecho con Santiago, él solo asentía con la cabeza, decía "Qué bien" o "Me alegro" con un tono que dejaba claro que no se alegraba en absoluto, y se iba a otro lado.
Una tarde, salimos de clase y Santiago se quedó un momento hablando con el profesor, así que aproveché para acercarme a Alexandro, que estaba esperando afuera apoyado en la pared con las manos en los bolsillos, mirando hacia la nada con el ceño fruncido.