En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 24
Xenia permaneció unos segundos inmóvil mientras escuchaba las voces de los guardias acercarse. Su corazón todavía latía demasiado rápido y no estaba segura de si era por la caída, por el susto del oso o por los pocos centímetros que habían separado sus labios de los de Clark.
Sacudió la cabeza.
No era momento para pensar en eso.
Se incorporó rápidamente y tomó el vestido húmedo que había dejado a un lado. Mientras terminaba de colocárselo, algo llamó su atención en una de las grietas de la pared de la cueva.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—No puede ser... —murmuró acercándose.
Entre las rocas húmedas crecían varias pequeñas flores de pétalos azul violáceo, delicadas y brillantes por las gotas de agua que caían constantemente desde el techo de la cueva.
Xenia sintió que el corazón le daba un salto.
—¡Xenia! —la llamó Clark desde la entrada.
—¡Voy! —respondió ella sin apartar la vista de las flores.
Con rapidez sacó una pequeña tijera de su bolso y cortó varios ejemplares con extremo cuidado, guardándolos dentro de una bolsa especial para muestras.
Solo entonces salió de la cueva.
Clark la observó con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Qué estabas haciendo?
Xenia ocultó la bolsa detrás de la espalda y sonrió como una niña que acaba de cometer una travesura.
—Nada importante.
Clark no le creyó absolutamente nada.
A lo lejos comenzaron a escucharse pasos apresurados.
—¡Su Alteza!
—¡Lady Xenia!
Los guardias finalmente aparecieron entre los árboles. Al verlos sanos y salvos, varios soltaron suspiros de alivio.
—Gracias a los dioses —murmuró uno de ellos.
Clark se pasó una mano por el cabello todavía húmedo y levantó la vista hacia el cielo.
—Al final no encontramos nada —dijo con resignación.
—¿Quién dijo eso?
La sonrisa que apareció en el rostro de Xenia hizo que varios guardias se miraran entre sí.
Ella sacó triunfalmente la pequeña bolsa.
—Encontramos exactamente lo que vinimos a buscar.
Clark arqueó una ceja.
—¿Qué?
Xenia abrió la bolsa y le mostró las flores.
—La planta.
Los ojos de Clark se abrieron con auténtica sorpresa.
—¿La encontraste?
—Estaba creciendo dentro de la cueva.
—¿Dentro de la cueva?
—Claro. Tiene sentido si lo piensas.
Clark ya reconocía ese tono. Era el tono que utilizaba cuando estaba a punto de explicar algo relacionado con alquimia.
—La humedad constante, la sombra permanente y los minerales que arrastra el agua de la cascada crean un entorno perfecto para su crecimiento —explicó mientras observaba una de las flores con fascinación—. En mi... en algunos libros leí que ciertas plantas solo prosperan cuando las condiciones son extremadamente específicas.
Clark sonrió.
—Así que todo este desastre terminó siendo útil.
—Exacto.
—Casi nos mata un oso.
—Y aun así conseguimos la planta.
—Nos lanzamos por una cascada.
—Y aun así conseguimos la planta.
—Estuvimos a punto de morir congelados.
—Pero conseguimos la planta.
Los guardias observaron el intercambio en silencio.
Uno de ellos terminó acercándose a otro.
—¿Lady Xenia siempre es así?
—Peor.
Clark soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza.
—Definitivamente estás loca.
—Tal vez —admitió Xenia encogiéndose de hombros—, pero ahora tengo el ingrediente principal.
Y mientras comenzaban el camino de regreso, Xenia no pudo evitar sonreír.
Después de todo, había valido completamente la pena empaparse.
El regreso a la mansión fue mucho más tranquilo de lo que había sido la búsqueda.
Los guardias avanzaban alrededor del grupo mientras el sol comenzaba a descender lentamente detrás de las montañas. El sonido de los cascos de los caballos acompañaba el recorrido, mezclándose con el murmullo del viento entre los árboles.
Xenia cabalgaba con una pequeña bolsa cuidadosamente guardada dentro de su bolso. De vez en cuando bajaba la vista hacia ella para asegurarse de que seguía allí.
Habían encontrado la planta.
Después de todo lo ocurrido, seguía sintiéndose satisfecha.
A unos metros de distancia, Clark la observó de reojo.
—¿Piensas mirar esa bolsa todo el camino?
Xenia levantó la cabeza.
—Sí.
—Al menos eres honesta.
—Siempre lo soy.
Clark soltó una risa baja.
—No, no siempre.
—¿Cuándo no lo soy?
—Cuando finges que no te agrado.
Xenia giró el rostro inmediatamente hacia adelante.
—Príncipe, le recomiendo vigilar el camino.
—Eso no fue una negación.
—Eso fue una sugerencia por su seguridad.
—Qué considerada.
Xenia decidió ignorarlo.
Los guardias que cabalgaban detrás de ellos intercambiaron miradas divertidas, aunque ninguno tuvo la valentía de decir nada.
Al llegar a la mansión alquilada, las doncellas acudieron enseguida a recibirlos.
—¡Lady Xenia!
—¡Su Alteza!
—¿Qué ocurrió?
—¡Están empapados!
Xenia apenas tuvo tiempo de responder antes de que dos doncellas la arrastraran prácticamente hacia el interior.
—Necesita un baño caliente inmediatamente.
—Y ropa seca.
—Y té.
—Y sopa.
—Y descansar.
—Puedo caminar sola —protestó ella.
Nadie le hizo caso.
Clark observó cómo desaparecía escaleras arriba y no pudo evitar sonreír.
Una de las doncellas se acercó entonces.
—Su Alteza, también hemos preparado agua caliente para usted.
—Gracias.
La sonrisa del príncipe desapareció ligeramente al recordar la escena de la cueva.
El vestido mojado.
La cercanía.
La manera tan despreocupada en que ella había dicho "solo eres tú".
Clark se pasó una mano por el rostro.
Aquella mujer realmente iba a volverlo loco.
A la mañana siguiente, Xenia ya estaba instalada en una habitación que había convertido temporalmente en laboratorio.
Frascos.
Libretas.
Morteros.
Hierbas.
Flores.
Todo estaba cuidadosamente distribuido sobre varias mesas.
La joven observaba una de las flores azuladas mientras anotaba algo en su cuaderno.
—Interesante...
Tomó una pequeña pinza y separó uno de los pétalos.
Después colocó una gota de agua sobre él.
Esperó.
Y esperó.
Finalmente sonrió.
—Tal como pensaba.
La puerta se abrió.
Xenia ni siquiera levantó la cabeza.
—No.
Clark se quedó inmóvil.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Porque ya sé que eres tú.
—Eso ha sonado extrañamente agradable.
—No lo era.
El príncipe entró igualmente.
—¿Qué estás haciendo?
—Trabajando.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no preguntes.
Clark tomó una silla y se sentó frente a ella.
Xenia decidió que discutir era inútil.
Continuó observando los pétalos.
—¿Sabías que algunas plantas pierden propiedades si se almacenan incorrectamente?
Clark apoyó el mentón sobre una mano.
—No.
—Estas flores son especialmente delicadas. La humedad las mantiene vivas, pero también altera ciertos componentes.
—¿Componentes?
—Sustancias que contienen naturalmente.
Clark la observó mientras hablaba.
Cuando se trataba de alquimia, la expresión de Xenia cambiaba por completo. Sus ojos parecían iluminarse mientras explicaba cosas que para ella eran fascinantes.
—Si me equivoco en la preparación —continuó ella mientras anotaba algo— podría obtener un resultado completamente diferente.
—¿Qué tan diferente?
—Podría funcionar.
—Eso suena bien.
—O podría causar efectos secundarios desagradables.
—Eso ya no suena tan bien.
—Por eso investigo antes de mezclar cosas.
Clark sonrió.
—Me tranquiliza escuchar eso.
Xenia ignoró el comentario.
Tras unos minutos de trabajo, tomó otra muestra.
Pero algo llamó su atención.
Frunció el ceño.
Volvió a observarla.
Repitió el procedimiento.
Y luego una tercera vez.
Clark dejó de sonreír.
—¿Qué ocurre?
Xenia no respondió de inmediato.
Su mirada permanecía fija sobre la muestra.
—Eso es raro...
—¿Qué es raro?
La joven tomó su cuaderno y empezó a revisar varias anotaciones.
Mientras más comparaba los resultados, más sorprendida parecía.
Clark se incorporó ligeramente.
—Xenia.
Ella levantó la vista.
—Creo que encontré algo.
—¿Algo bueno?
—No lo sé todavía.
Sus ojos brillaban de emoción.
—Pero esta planta no parece servir solamente para la fertilidad.
El silencio se instaló entre ambos.
Clark arqueó una ceja.
—¿Y para qué más sirve?
Xenia volvió a mirar sus apuntes.
Una pequeña sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Eso es justamente lo que pienso averiguar.
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