Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 6
Capítulo 6: La bofetada
Renata no se sentó.
—Voy a decirlo una sola vez, para que quede claro delante de todos. —Mantuvo la voz firme, aunque por dentro temblaba—. Rodrigo y yo estamos divorciados. Ya me divorcié. No hay nada que reconsiderar, ni que arreglar, ni que rezar en la parroquia. Se acabó.
—Renata. —Rubén dejó la sonrisa en la mesa—. Siéntate.
—Seamos prácticos, corazón. —Rodrigo giró la copa entre los dedos—. Tú me debes una fortuna. Trescientos millones no se pagan con turnos de hospital, ni en esta vida ni en la otra. Pero yo soy un hombre generoso. Vuelves conmigo, firmamos de nuevo, y esa deuda… —chasqueó los dedos— desaparece. Borrón y cuenta nueva. ¿No es un buen trato? La mayoría de las mujeres en tu situación me besarían los pies.
—Es un trato excelente, mija —se apresuró Rubén—. Piénsalo. Se acaban las deudas, vuelves a tener una posición, la gente deja de hablar. Hasta tu abuela tendría sus medicinas sin que tú te mates trabajando. ¿No quieres eso para ella?
Ahí estaba. La cadena de siempre, eslabón por eslabón: el dinero, la abuela, el qué dirán. Sabían exactamente dónde apretarle.
—Y otra cosa, papá. —No se sentó—. La deuda que tanto les preocupa es mía, no de la familia. Yo la pago, peso por peso, hasta el último. No tienen que venderme otra vez para cubrirla. Ya lo hicieron una vez. No habrá una segunda.
El golpe llegó tan rápido que no lo vio venir.
La mano abierta de Rubén le cruzó la cara con un chasquido seco que apagó todos los demás ruidos de la casa. La cabeza de Renata se fue de lado. El sabor metálico de la sangre le subió por dentro del labio. Daniela soltó un gritito y se tapó la boca. La abuela se aferró a los brazos de su silla.
—¿Vender? —La voz de Rubén tembló de furia, pero más que furia era vergüenza, la vergüenza del hombre al que acaban de desnudar delante de los suyos—. ¡Desagradecida! Todo lo que esta familia hizo por ti, ¿y así nos pagas? ¡Avergonzándonos! ¿Qué van a decir cuando se enteren de que la doctora Salas anda divorciada y endeudada como una cualquiera? —Señaló a Rodrigo con el mentón—. Te está ofreciendo arreglar las cosas. Arrodíllate. Pídele que te perdone. Ahora.
—No.
—¡Que te hinques!
—No me voy a arrodillar. —A Renata le ardía la mejilla, le zumbaba el oído, pero levantó la cara y lo miró—. Nunca más, papá. Ni ante ti, ni ante él, ni ante nadie.
Rodrigo, recostado en la silla, sonreía como quien ve un espectáculo pagado. Imelda murmuraba algo de "malagradecida". Y Rubén levantó otra vez la mano.
Pero no llegó a bajarla.
—¡Rubén Salas!
La voz de la abuela Lupe cortó el aire como un latigazo. La anciana se había levantado de la silla, algo que no hacía sin ayuda desde hacía meses, y cruzaba la sala con los ojos encendidos.
—¿Tú le vas a pegar a mi nieta? ¿En mi cara? —Llegó hasta él temblando—. ¿Sabes por qué esta muchacha se casó con ese… con ese hombre? ¿Lo sabes?
—Abuela, no —dijo Renata—. Por favor.
Pero la abuela ya no la escuchaba. Años de tragar saliva se le desbordaron de golpe.
—Se casó por mí. —Le señaló el pecho a Rubén con un dedo huesudo—. Cuando los médicos dijeron que yo no pasaba del invierno sin ese trasplante, cuando tú no tenías ni para las medicinas, ¿quién puso el cuerpo? Ella. Se vendió, sí, como tú dices, ¡pero se vendió para salvarme a mí, porque tú no fuiste capaz! Y ahora le pegas. La quieres volver a vender. —La voz se le rompió—. Dios me perdone por lo que voy a hacer.
Y la abuela Lupe le soltó a su yerno una bofetada con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo.
El silencio que siguió fue total. Rubén se llevó la mano a la cara, más pasmado que dolido, incapaz de creer lo que acababa de pasar.
—Recoge tus cosas, mija —dijo la abuela, jadeando, sin apartar los ojos de su yerno—. Tú y yo nos vamos de esta casa hoy mismo. No vuelvo a dormir bajo el techo de un hombre que le pega a una mujer.
—Mamá, usted no puede… —empezó Imelda.
—Le hablé de usted una vez, en la boda. —La abuela ni la miró—. No me dirija la palabra. Renata. Vámonos.
Nadie las detuvo. Rubén se quedó clavado en su silla, la marca de la mano de su suegra subiéndole roja en la mejilla, sin atreverse a mirar a nadie. Rodrigo había perdido la sonrisa; un negocio que se desarmaba ante sus ojos. Imelda apretaba los labios. Solo Daniela se movió: siguió a Renata hasta el cuarto donde la abuela guardaba algunas cosas y, en silencio, le ayudó a meter en una bolsa la ropa, las fotos viejas, el rosario de la mesita.
—Perdón —murmuró la niña, sin levantar la vista—. Yo no sabía que iban a… Yo no quería esto.
—Ya sé, Dani. —Renata le apretó el hombro flaco—. Tú no hiciste nada. Cuídate ese corazón. Si te sientes mal, lo que sea, me hablas. A mí. ¿Me oíste?
Daniela asintió con los ojos llenos de lágrimas, y por un segundo las dos fueron solo dos muchachas atrapadas en la misma casa rota.
Salieron a la calle. Renata paró un taxi, ayudó a la abuela a subir con cuidado, y mientras el coche arrancaba y dejaba atrás la reja y los geranios de lámina, la anciana le tomó la mano y se la apretó. Ninguna dijo nada. No hacía falta.
—
El departamento de Renata en Coyoacán tenía una sola recámara, paredes delgadas y una cañería que cantaba de noche. Nunca había sido para dos.
Acomodó a la abuela en su cama, la arropó, le midió el pulso con dos dedos en la muñeca por puro reflejo de médica y por puro miedo de nieta. Latía rápido, pero firme. Le dio su pastilla. Le besó la frente.
—Me asustaste, abue. Pudiste haberte puesto mala.
—Bah. —La anciana le acarició la mejilla golpeada, la que ya empezaba a hincharse—. A mí no me da nada hasta verte feliz. Esa es mi medicina. —Le apartó un mechón de la cara—. Perdóname, mija. Yo debí haberte sacado de esa casa hace años. Te dejé sola con ellos.
—No estuve sola. La tuve a usted.
La abuela cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había en ellos esa lucidez antigua que a Renata siempre la desarmaba.
—Mija, yo ya estoy vieja. No me voy a ir tranquila sabiendo que te quedas cargando el mundo tú sola. —Le tomó la mano—. Algún día vas a tener que dejar que alguien te cuide a ti. No todo en esta vida se paga con sacrificio. A veces el sacrificio también es soberbia, ¿sabes? Creer que una sola puede con todo.
—No empiece, abue.
—No empiezo. Ya terminé. —Sonrió cansada y le palmeó la mano—. Solo te pido que, cuando llegue el momento, no le cierres la puerta en la cara al que venga con las manos llenas de vainilla.
Renata se quedó muy quieta. Nunca le había contado lo del congelador. La abuela, simplemente, sabía cosas, como saben las abuelas.
Esperó a que la abuela se durmiera. Después se sentó en el suelo de la cocina, con la espalda contra la alacena, en el único rincón donde la luz no molestaba, y por fin se permitió temblar. La mejilla le latía. El labio le sangraba. No había llorado delante de ellos; no les iba a regalar eso. Pero ahí, sola, en el piso frío, dejó que dos lágrimas le rodaran y se las limpió con rabia.
Una recámara. Dos personas. Una abuela con el corazón delicado que no podía dormir en un sillón, que necesitaba reposo, calor, un cuarto sin humedad. Renata lo sabía mejor que nadie: era médica, había visto lo que una mala noche le hacía a un corazón cansado. Y no tenía nada que ofrecerle más que esa cama angosta y ese piso que olía a cañería. No había espacio. No había dinero para algo más grande. No esta semana, no este mes.
Por primera vez, la coraza con la que aguantaba todo se le agrietó. No por ella. Por la mujer que dormía en la otra habitación, la única que la había querido sin cobrarle.
Sacó el teléfono. Marcó a Fernanda. Buzón. Otra vez. Tres veces. Su comadre estaba de viaje de trabajo hasta el lunes; lo había olvidado. La única persona en el mundo a la que podía pedirle ayuda sin que le costara un pedazo de orgullo estaba a mil kilómetros y con el teléfono apagado.
Renata bajó el aparato y se quedó mirando la pantalla, la lista de contactos, ese hueco enorme que se le abría en el pecho.
Y entonces, sin decidirlo del todo, el pulgar empezó a bajar por la lista.
Hasta que se detuvo.
Sobre un nombre.
Max.
Marcarle sería abrir una puerta que llevaba seis años clausurando con las dos manos. Sería deberle algo. Sería dejarlo entrar, aunque fuera un centímetro, en una vida que ella había envenenado a propósito para que él se quedara afuera, a salvo, lejos de Rodrigo, lejos del apellido Salas, lejos de la verdad que lo destrozaría. Cada instinto le gritaba que bajara el teléfono y se aguantara, como se había aguantado todo lo demás.
Pero en la otra habitación dormía su abuela. Y una abuela vale más que el orgullo, más que los juramentos, más que el miedo.
El dedo se quedó ahí, suspendido sobre las cuatro letras, mientras afuera la cañería cantaba y la abuela respiraba despacio en la penumbra, y Renata, por primera vez en seis años, sintió la tentación terrible de marcarle al único hombre del que había jurado mantenerse lejos para siempre.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭