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LA HEREDERA FUGITIVA

LA HEREDERA FUGITIVA

Status: Terminada
Genre:Embarazada fugitiva / Pareja destinada / Amor a primera vista / Amor Campestre / Completas
Popularitas:26k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.

Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.

Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.

Y también a él.

Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.

Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.

Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2.

Manuela apretó el volante mientras pasaba junto a las cercas caídas, los postes podridos, el ganado flaco que pastaba en campos abandonados a su suerte. Cinco años. En cinco malditos años habían destruido lo que tres generaciones construyeron con sangre y sudor. La rabia le quemó la garganta como whisky barato.

Varios autos estaban estacionados frente a la casa principal. El funeral. Gente que vendría a fingir pena por un hombre al que probablemente despreciaban tanto como ella. Pasó de largo sin reducir la velocidad. No estaba lista para las condolencias vacías, para los abrazos hipócritas, para fingir un dolor que no sentía. Lo que necesitaba era aire, espacio, el único lugar donde siempre pudo pensar con claridad.

Condujo directo a los establos. Canela relinchó cuando la vio entrar, moviendo la cabeza como si la regañara por la larga ausencia.

—Hola, chica. Sí, volví. No me mires así.

Montó a pelo, sin molestarse con la silla, como cuando tenía quince años y creía que nada ni nadie podía lastimarla. Qué ingenua había sido entonces.

El caballo eligió el camino como si también guardara sus secretos, llevándola directamente al manantial. El agua de la cascada brillaba bajo el sol del mediodía, cristalina y eterna, y por primera vez en dos días Manuela sintió que podía respirar sin que el pecho le doliera. Y entonces el agua se movió. Un hombre emergió de las profundidades como si fuera parte del río mismo, y Manuela olvidó completamente cómo funcionaban sus pulmones.

Estaba desnudo. Gloriosamente, pecaminosamente desnudo. El agua le corría por el cuerpo en ríos plateados, resbalando por hombros anchos, tenía el pecho marcado, un abdomen definido que desaparecía en el agua donde todavía estaba sumergido hasta la cintura.

Virgen santa y todos los ángeles del cielo.

Manuela sabía que debía girarse, subirse al caballo y largarse de ahí como si el mismísimo diablo la persiguiera. Pero sus pies parecían haberse fusionado con la tierra y su cerebro había dejado de enviar señales coherentes a su cuerpo.

Él la vio entonces, y esos ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que le robó hasta el último átomo de oxígeno. No hizo ningún intento por cubrirse, ni siquiera pareció sorprendido de tener público mientras se bañaba desnudo en el río. Solo sonrió. Lento, peligroso, como si supiera exactamente el efecto devastador que tenía.

—Vaya, vaya. Parece que tenemos una intrusa.

Su voz era profunda y jodidamente varonil.

—Yo... no sabía que había alguien aquí —logró articular Manuela, odiando cómo le temblaba la voz.

—Claramente. —Comenzó a caminar hacia la orilla con pasos lentos y deliberados, sin una pizca de vergüenza—. De lo contrario, supongo que habrías anunciado tu presencia. O quizás no. Quizás disfrutas del espectáculo.

El calor le explotó en las mejillas.

—No seas arrogante.

—¿Arrogante? —Salió completamente del agua y Manuela tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la mirada en su rostro—. Solo estoy constatando hechos. Sigues aquí, sigues mirando, y a menos que esté muy equivocado, estás disfrutando la vista tanto como yo disfruto tenerte como público.

Tenía razón, que lo partiera un rayo. No había apartado la mirada ni una sola vez. Se agachó para tomar una toalla que descansaba sobre una roca cercana, pero no se cubrió inmediatamente. En lugar de eso, la sostuvo entre sus manos como si estuviera considerando si cubrir lo que ella ya había visto en todo su esplendor.

—Este es territorio privado —dijo Manuela, forzando firmeza en su voz.

—Lo sé perfectamente. —Finalmente se enrolló la toalla en la cintura, aunque eso no mejoró mucho la situación—. Mi propiedad limita con esta. De hecho, si no me equivoco, la línea divisoria corre justo por el centro del río. Así que técnicamente, ambos estamos en territorio neutral.

—Entonces deberías quedarte en tu lado.

—Podría decir exactamente lo mismo. —Dio un paso hacia ella y Manuela sintió que el aire se espesaba—. ¿Qué hace una mujer tan hermosa cabalgando sola por tierras desconocidas?

—Estas tierras no me son desconocidas. Son mías.

—¿Tuyas? —La miró con renovado interés, como si acabara de convertirse en algo mucho más fascinante—. ¿Entonces eres de la Hacienda San Rafael?

—No soy "de" la hacienda. Soy la dueña.

Algo brilló en sus ojos. Sorpresa mezclada con cálculo, diversión bailando en las comisuras de sus labios.

—La dueña. Qué interesante giro del destino. —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Y cómo se llama la hermosa dueña de mis tierras vecinas?

—Eso no es de tu incumbencia.

—Oh, pero creo que sí lo es. —Se acercó otro paso, invadiendo su espacio personal de una forma que debería haberla molestado pero que en cambio hizo que su pulso se acelerara—. Acabas de reclamar estas tierras como tuyas. Me parece justo que al menos sepa el nombre de mi vecina más importante.

El aire entre ellos prácticamente crepitaba, electricidad pura corriendo como corriente invisible.

—No vivo aquí. Solo estoy de paso.

—Qué lástima. —La decepción en su voz sonaba genuina—. Justo cuando las cosas comenzaban a ponerse verdaderamente interesantes.

—Tengo que irme.

—¿Tan pronto? Apenas estamos empezando a conocernos.

—No nos estamos conociendo. Ni siquiera sé tu nombre y no tengo ningún interés en saberlo.

—Mentirosa. —Su sonrisa era seductora—. Puedo ver el interés en tus ojos, puedo ver la curiosidad, y si soy completamente honesto, puedo ver algo más también. Pero seré un caballero y no lo mencionaré.

Manuela se giró hacia Canela, necesitando poner distancia entre ella y este hombre antes de hacer algo completamente estúpido.

—Volverás —dijo él, y no sonaba como pregunta sino como certeza absoluta.

—Lo dudo mucho.

—Yo no. Porque esto, lo que sea que acaba de suceder entre nosotros, no pasa todos los días. Y tú lo sabes tan bien como yo.

Sus miradas se sostuvieron durante un momento eterno, y Manuela supo con absoluta certeza que él tenía razón. Pero en lugar de admitirlo, montó a Canela y espoleó hacia el rancho sin mirar atrás, aunque podía sentir esos ojos oscuros quemándole la espalda durante todo el camino de regreso.

Para cuando llegó a los establos estaba sudada, alterada, y comportándose como una adolescente con su primer enamoramiento. Entró por la puerta trasera rezando por poder llegar a su habitación sin encontrarse con nadie, pero el universo claramente tenía otros planes para ella.

—Manuela.

Esa voz. Después de cinco años de no escucharla, aún tenía el poder de helarle la sangre en las venas.

Se giró lentamente y ahí estaba Valentina, parada en el pasillo con expresión cautelosa.

—No pensé que vendrías —dijo Valentina con fingida pena.

—Sorprendida.

El silencio que cayó entre ellas era tan denso que podría haberse cortado con cuchillo.

—Lamento mucho lo de tu padre. Sé que ustedes tenían una relación complicada, pero aun así...

—¿Dónde está? —la interrumpió Manuela.

Valentina parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—Mi padre. ¿Dónde está su cuerpo?

—En una urna en la capilla. Lo cremamos tal como él quería.

—Mentira. —La palabra salió filosa como navaja—. Mi padre siempre dijo que quería ser enterrado junto a mi madre. ¿Por qué demonios lo convertiste en cenizas?

—Cambió de opinión antes de morir. Me lo pidió él mismo, yo solo...

—Qué conveniente que cambiara de opinión justo antes de morir envenenado. ¿Tú decidiste cremarlo? Responde sí o no.

El color abandonó completamente el rostro de Valentina.

—¿De qué estás hablando?

—Estoy hablando de la carta que mi padre me envió. La carta donde me dice muy claramente que alguien lo está envenenando.

—Estaba paranoico en sus últimos meses, decía cosas sin sentido...

—¿Tú decidiste cremarlo? —repitió Manuela, acercándose—. Era una pregunta simple.

—Yo era su esposa. Tenía todo el derecho.

Las palabras tardaron exactamente tres segundos en procesarse en el cerebro de Manuela. Cuando finalmente lo hicieron, sintió como si el piso desapareciera bajo sus pies.

—¿Esposa? Repite eso.

Valentina levantó la mano izquierda y el anillo captó la luz con un brillo obsceno.

—Nos casamos hace tres años.

Algo se cristalizó en el pecho de Manuela, algo que había sido suave y vulnerable se volvió duro y afilado como vidrio roto.

—Déjame ver si entiendo correctamente. Te acostaste con mi novio, y después de que yo desaparecí, te casaste con mi padre.

—No fue así, las cosas son mucho más complicadas de lo que...

—¿Cuánto tiempo esperaste? —la interrumpió Manuela con voz helada—. Después de revolcarte con Diego en su cama, ¿cuánto tiempo tardaste en meterte en la cama de mi padre? ¿Semanas? ¿Meses? ¿O fue más rápido que eso?

—¡Basta! No tienes ningún derecho a juzgarme. Tú nos abandonaste a todos, desapareciste sin decir una sola palabra.

—Me fui porque los vi. Porque los escuché riéndose de mí mientras Diego te devoraba como si fueras su última comida.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Valentina.

—Fue un terrible error. Diego y yo terminamos poco después porque había demasiada culpa. Y tu padre estaba tan solo después de que te fuiste, tan completamente destrozado. Empezamos a hablar, a consolarnos mutuamente, y con el tiempo las cosas simplemente...

—Te aseguraste un futuro cómodo.

—¡Yo lo amaba! Lo amé de verdad hasta su último aliento.

—Claro que sí. Tanto que probablemente lo envenenaste para acelerar la herencia.

El rugido de un motor interrumpió la confrontación. Un motor caro, potente, completamente fuera de lugar en este rancho deteriorado. Manuela se acercó a la ventana y sintió que el mundo se detenía en su eje.

Una camioneta negra reluciente se estacionó frente a la casa como si fuera dueña del lugar.

El hombre que bajó era absolutamente imposible de confundir.

Era él. El hombre del río. Pero ahora vestía un traje negro impecable que probablemente costaba más que todo el ganado del rancho junto. El cabello todavía húmedo estaba peinado hacia atrás, y llevaba un ramo de flores blancas en las manos.

—No puede ser —susurró Manuela, sintiendo que el universo se burlaba de ella.

—Es Damián Cortés —dijo Valentina, limpiándose las lágrimas—. Nuestro vecino. Vino a dar sus condolencias.

Damián Cortés. El vecino. "Mi propiedad limita con esta."Oh, por todos los santos del cielo.

Él caminó hacia la casa con esa confianza irritante que tienen los hombres acostumbrados a conseguir todo lo que quieren. Sus miradas se encontraron a través del cristal y él se detuvo en seco.

La sorpresa cruzó su rostro, seguida inmediatamente por reconocimiento y luego por esa sonrisa lenta y devastadora que hacía cosas peligrosas a su cuerpo. La puerta principal se abrió y Manuela escuchó sus pasos en el vestíbulo, seguros y decididos.

—¿Señorita Hernández?

Esa voz. Esa maldita voz que veinte minutos atrás le preguntaba su nombre junto al río mientras estaba completamente desnudo. Manuela cerró los ojos, respiró profundo, y se giró para enfrentarlo.

Ahí estaba, mucho más alto e imponente de lo que recordaba ahora que estaba vestido. El traje negro le quedaba como si hubiera sido diseñado específicamente para él, y sus ojos la recorrieron de arriba abajo con la misma intensidad que junto al río, pero ahora había algo más. Diversión. Triunfo. Como si hubiera ganado un juego que ella ni siquiera sabía que estaban jugando.

—Señorita Hernández. —La forma en que dijo su nombre debería ser ilegal—. Qué placer finalmente conocerla. Formalmente, quiero decir.

Su sonrisa decía claramente que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Señor Cortés.

—Por favor, llámame Damián. Después de todo, somos vecinos. —Le extendió las flores—. Y los vecinos deberían ser cercanos, ¿no crees?

Cuando Manuela tomó el ramo, él se aseguró de que sus dedos se rozaran, un contacto deliberado que envió electricidad directa por su brazo.

—Mis más sinceras condolencias por tu pérdida. Aunque debo admitir que este día acaba de volverse considerablemente más interesante.

—Gracias por las flores, señor Cortés. Pero como puedes ver, estoy bastante ocupada.

—Lo imagino perfectamente. Perder a un padre es devastador. —Hizo una pausa significativa—. Aunque veo que ya encontraste formas de lidiar con el dolor. El río es un lugar excelente para despejar la mente, ¿verdad?

El calor le quemó las mejillas y supo que se había puesto roja como tomate.

—No tengo idea de qué hablas.

—¿No? Qué extraño. Podría jurar que vi a alguien extraordinariamente parecido a ti hace exactamente veintitrés minutos, cabalgando junto al manantial como si huyera de algo. O de alguien.

—Señor Cortés, agradezco mucho tu visita, pero realmente necesito...

—Tenemos que hablar —la interrumpió, y toda la diversión desapareció de su voz, reemplazada por algo mucho más serio—. Sobre el rancho. Sobre las deudas. Sobre ciertos documentos que tu padre firmó antes de morir.

—¿Qué deudas?

—Dos millones de pesos, para ser exactos. —Se metió las manos en los bolsillos del pantalón—. Vendré mañana al mediodía para discutir los términos. Te sugiero que traigas tu mejor cara de póker, Manuela. Vas a necesitarla.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con esa confianza irritante. Pero antes de salir completamente, la miró por encima del hombro una última vez.

—Por cierto, te ves mucho mejor con ropa seca. Aunque debo admitir que mojada también tenías un encanto especial.

Y se fue, dejándola ahí parada con las flores en las manos y el corazón latiendo como tambor de guerra.

Valentina la miraba con una expresión que mezclaba sorpresa y algo que parecía peligrosamente cercano a la diversión.

—Mierda, Manuela. Te gusta el prestamista de tu padre.

Manuela sintió que el calor le subía al rostro con la fuerza de una llamarada.

—¿De qué demonios hablas?

—Tu cara lo dice todo. —Valentina negó con la cabeza, y por un segundo pareció la chica que había sido su mejor amiga—. Después de todos estos años, sigues siendo exactamente la misma. Te pones roja como tomate cuando algo te afecta.

Algo se endureció en el pecho de Manuela. Una determinación férrea que había construido durante cinco años de luchar sola en un mundo que no le daba concesiones a nadie.

—Te equivocas completamente. —Su voz salió fría como el hielo—. La Manuela que tú recuerdas murió hace cinco años. Y te voy a demostrar exactamente quién soy ahora.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta, con la espalda recta y la cabeza en alto. Tenía que prepararse para la misa de su padre, y aún no había visto a su objetivo principal en todo este maldito circo.

Ernesto.

Era momento de poner orden en el rancho. Y de recordarle a todos exactamente quién era la dueña de ese lugar.

1
Yoly Sambrano
bonita pero para mi gusto un poquito larga mucho redundancia o mucho detalle no se
Corina Galantti
una obra maravillosa! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Lilia Dos Santos
Un trabajo excelente. Muy bien escrito y sumamente interesante que mantiene al lector expectante en cada capítulo.
Lilia Dos Santos
Esta novela esta cada vez mas interesante. Me tiene atrapada. Cada capítulo es un nuevo descubrimiento. Manuela debe confiar mas en Damian y no actuar sola. Esta tratando con criminales peligrosos y ella esta en peligro y sus hijos tambien cuando los descubran.
Lilia Dos Santos
Esta novela esta cada vez mas interesante. Me tiene atrapada. Cada capítulo es un nuevo descubrimiento. Manuela debe confiar mas en Damian y no actuar sola. Esta tratando con criminales peligrosos y ella esta en peligro y sus hijos tambien cuando los descubran.
Isa 🇻🇪
Buen trabajo, el personaje de Manuela fenomenal mujer empoderada que enfrenta las situaciones con inteligencia sin dramas ni llantos, el tema interesante por qué expone lo que algunos seres humanos son capaces de llegar a ser por la ambición, envidia y codicia, incluyendo la traición y el crimen para lograr sus objetivos.
Noiraly Tovar
Que es eso como que lo capturaron y esa noche que lo dejaron libre....me perdí 😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡
Betty Saavedra Alvarado
Ernesto mato a Vale la considero una traiciónera ambos eran culpables
Betty Saavedra Alvarado
Manu quiere justicia la hará si o si para su padre que confío en Ernesto y lo traicionó
Betty Saavedra Alvarado
Manu se fue decepcionada de su padre que no la valoro el confío en Ernesto que lo decepcionó
Betty Saavedra Alvarado
Ernesto entrégate no hagas burradas te vas a ir preso
Betty Saavedra Alvarado
Ernesto eres un cobarde te metiste con Lucia ella es una niña inocente de todo Manu no dejará que nada le pase
Betty Saavedra Alvarado
Ernesto se quiere apoderar de lo que no es suyo Manu lo escucha para ganar tiempo
Betty Saavedra Alvarado
Diego ayudará a rescatar a Lucia el conoce una entrada secreta
Betty Saavedra Alvarado
Lucia ya está en los brazos de sus padres Ernesto está preso ahora hacer justicia para don Héctor
Betty Saavedra Alvarado
Ernesto recibiste tu merecido por traidor y asesino cadena Perpetua ahora morirás en la carcel
Betty Saavedra Alvarado
Manu y Damián se casaron en el manantial donde se conocieron Lucia y Lucas son dos niños que imponen su presencia en la ceremonia ellos son únicos
Betty Saavedra Alvarado
Cin van una gran historia que llegó a su fin a veces los padres nos equivocamos dejamos o confiamos en personas que nos defraudan como Héctor que confío en Ernesto que resultó un ladrón y asesino Manu hizo justicia ahora tiene una familia de seis hijos un esposo que la ama como todos los matrimonios sus hijos los ponen en aprietos Un abrazo desde mi Piura Perú
Betty Saavedra Alvarado: Cinvan que siga la historia de Lucia y Lucas
total 1 replies
Noiraly Tovar
No me dejes así por favor.............😒😒😒😒😒😒😒😒😒😒
Yolanda Plazola Arroyo
ya esta muerto y el todavía no lo sabe 🤭👿👿
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