Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Capítulo 13: Los limoneros del tercer piso
Cuando llegaron a la residencia Montero, Isabel las esperaba en la puerta con una sonrisa que se agrandó al ver los ojos rojos de Valentina.
—¿Estás bien, mi niña?
—Sí, tía Isabel. Es la alergia.
Isabel miró a Santiago. Él la miró de vuelta con una expresión que no comunicaba nada y lo comunicaba todo. Isabel asintió lentamente, como quien recibe un boletín que ya había predicho.
—Anda, sube al tercer piso. Santi tiene algo que mostrarte.
Valentina frunció el ceño.
—¿Al tercer piso? Pero la regla...
—¿Cuál regla? —Isabel miró a Santiago con ojos que podían cortar acero— ¿Santi, cuál regla?
Santiago se pasó una mano por la nuca.
—Ya no hay regla. Puede subir.
—Eso pensé —dijo Isabel, con la satisfacción de alguien que ha ganado una guerra sin disparar un solo tiro—. Anda, Valentina. Sube. La terraza está preciosa a esta hora.
---
El tercer piso de la residencia Montero era el mundo de Santiago. Valentina lo había visto una vez — la noche de la revelación, cuando lo encontró dormido en el estudio y lo arrastró escaleras abajo creyendo que era el chofer—. Pero nunca había estado ahí con permiso. Nunca había podido mirar sin prisa.
El pasillo era sobrio: paredes blancas, piso de madera oscura, una puerta al estudio, otra al gimnasio, otra a su recámara. Al fondo, una puerta de cristal daba a la terraza.
Santiago la abrió.
La terraza era un rectángulo amplio con piso de piedra y una baranda de hierro desde la que se veía el jardín trasero, los techos de las casas vecinas, y a lo lejos, la línea borrosa de la Sierra de las Cruces. Había dos sillas de madera, una mesa con un platito de barro vacío, y en las cuatro esquinas, cuatro macetas de barro grandes.
En cada maceta había un limonero.
No eran limoneros decorativos. Eran árboles de verdad — troncos gruesos, ramas que se extendían por encima de la baranda, hojas de un verde oscuro brillante, y frutos amarillos que colgaban como pequeños soles entre las ramas. El olor era el mismo que Valentina percibía en toda la casa, el que se metía por las ventanas cuando soplaba el viento, el que impregnaba la chamarra de Santiago y el agua de limón que él preparaba cada mañana.
Valentina se acercó a la maceta más cercana. Tocó un limón con la punta de los dedos. Estaba firme, tibio del sol, perfecto.
—Isabel me dijo que los plantaste de chiquito.
—Tenía diez años.
—¿Por qué cuatro?
Santiago se recargó en la baranda con los brazos cruzados. El sol de la tarde le daba en la espalda y le hacía sombra en la cara, de modo que Valentina no podía leerle los ojos.
—Uno por cada año que viví contigo.
La frase le llegó al pecho como un golpe suave — no de puño, sino de algo blando y pesado, como una ola que te empuja sin lastimarte pero que te mueve del lugar donde estabas parada.
—¿Y los limones del jardín de abajo?
—Esos los planté después. Estos fueron los primeros.
Valentina caminó entre las macetas. Cada limonero era ligeramente diferente: uno tenía más frutos, otro más hojas, otro tenía el tronco más torcido, como si hubiera crecido buscando la luz en una dirección que no era la obvia.
Un recuerdo la golpeó.
No un recuerdo completo — un fragmento, un destello, como esas imágenes que aparecen cuando cierras los ojos demasiado fuerte. Un aeropuerto. Piso de linóleo brillante. Ella llorando. Y un niño arrodillado frente a ella, con los ojos rojos y las manos sobre las rodillas de ella, diciéndole algo que no podía escuchar del todo pero que sonaba como una promesa.
"Voy a plantarte limoneros."
Valentina se agarró de la baranda. Las rodillas le temblaron.
—¿Qué dijiste en el aeropuerto? —preguntó, con la voz ronca—. Cuando nos fuimos.
Santiago la miró. La sombra le cubría los ojos pero no la boca, y Valentina vio que sus labios se apretaron un instante antes de hablar.
—Te dije que iba a hacer algo para que no me olvidaras.
—¿Y plantaste limoneros?
—Planté limoneros.
—¿A los diez años?
—A los diez años.
Valentina se quedó mirando los árboles. Catorce años. Catorce años de regar, podar, cuidar cuatro limoneros en una terraza porque un niño de diez años le prometió algo a una niña de cuatro en un aeropuerto.
—Son tuyos —dijo Santiago—. Siempre lo fueron.
Valentina giró hacia él. La pregunta le salió antes de que pudiera filtrarla, antes de que la parte racional de su cerebro pudiera ponerle un freno o una máscara de indiferencia.
—¿Tú me querías mucho de niña?
Santiago miraba los limoneros. La luz del atardecer les daba a las hojas un tono dorado, y los limones parecían lámparas pequeñas entre las ramas.
—Mucho es poco.
Tres palabras. Tres palabras que contenían catorce años, cuatro limoneros, una casa comprada con el primer cheque de una empresa llamada Limontech, un vaso de agua de limón con miel preparado a las cinco de la mañana, y una cicatriz de mordida en la mano izquierda que nunca se hizo borrar.
Valentina no contestó. No podía. Tenía algo atravesado en la garganta — no un nudo, sino algo más parecido a una puerta que se estaba abriendo después de haber estado cerrada demasiado tiempo.
Santiago se separó de la baranda. Se paró frente a ella con las manos en los bolsillos y una expresión que, por primera vez desde que lo conoció, no tenía capas ni filtros ni defensas. Era Santiago sin la chamarra de cuero. Sin las reglas. Sin el sarcasmo.
—Mis reglas —dijo—. Las anulo.
—¿Qué?
—La segunda y la tercera. Puedes subir al tercer piso cuando quieras. Y puedes buscarme siempre que quieras.
—¿Y la primera?
—La primera se queda. —Su voz se endureció un milímetro—. Lo del compromiso no cuenta. No cambia nada entre nosotros.
Valentina asintió. No porque entendiera del todo qué significaba "lo del compromiso" — la mención le dejó una pregunta flotando en la cabeza como una mosca que no puedes atrapar —, sino porque en ese momento, con los limoneros y el atardecer y la palabra "poco" resonando como una campana, no importaba.
—Acepto —dijo.
Se quedaron en la terraza hasta que el sol se metió detrás de la Sierra y los limoneros se volvieron siluetas negras contra un cielo naranja. No hablaron mucho. No hacía falta. El silencio entre ellos había cambiado: ya no era el silencio tenso de dos desconocidos en un auto, sino el silencio quieto de dos personas que comparten un espacio y no necesitan llenarlo.
Cuando Valentina bajó a su cuarto, se sentó en la cama y se quedó mirando la llave de la casa de infancia, que había puesto junto a la caja de música reparada en el estante alto del closet.
Se sentía rara. No triste. No feliz. Algo intermedio — como si le hubieran devuelto una parte de sí misma que no sabía que le faltaba, y ahora tenía que aprender a caminar de nuevo con el peso extra.
"Mucho es poco."
Valentina apagó la luz. Se quedó dormida pensando en limoneros, en aeropuertos, y en un niño de diez años que cumplía sus promesas.