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Me casé con mi peor enemigo y ahora no me suelta

Me casé con mi peor enemigo y ahora no me suelta

Status: En proceso
Genre:Centrado emocionalmente / Mujer poderosa / Mujer despreciada / Reencarnación / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:15.6k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.

Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.

Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.

Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

Abril se llevó una mano a la frente.

Dios mío.

¿Quién le iba a explicar a Luna que a los hombres no se les usaba como florero?

La pobre tenía a un tipo guapísimo sentado al lado y lo único que hacía era verlo tomar.

Abril sonrió de pronto.

Sus ojos brillaron con una idea.

—Ahorita volvemos.

Jaló al hombre que tenía al lado y salió del privado.

Antes de cerrar la puerta, le guiñó un ojo a Luna.

Hermana, te lo dejo. Aprovéchalo.

Luna se quedó con la cara tiesa.

Abril había entendido todo mal.

Ella no quería "aprovechar" a nadie.

Solo quería confirmar si ese hombre era Damián.

La puerta se cerró.

El privado quedó enorme.

La música seguía golpeando las paredes, pero entre Luna y el hombre con máscara se abrió un silencio raro. Denso. Peligroso.

Luna todavía le sujetaba la muñeca.

O eso creyó.

Porque él giró la mano y ahora era él quien la tenía atrapada.

—Suéltame.

Su voz salió fría.

Damián no se movió.

Sentado en el sofá, con la espalda recta y la máscara negra cubriéndole medio rostro, parecía cualquier cosa menos un acompañante de bar. Tenía esa calma de quien está acostumbrado a mandar. Sus ojos oscuros la observaban como un animal paciente antes de atacar.

Cuando Héctor le dijo que Luna y Abril habían pedido hombres para el privado, Damián casi manda cerrar La Hiedra.

Héctor, que apreciaba poco su integridad física, le soltó:

El jefe siempre dice que su pequeña mentirosa lo evita o le hace berrinche. Tal vez esta es la oportunidad. Si no puede acercarse como Damián Alcázar, acérquese como un desconocido.

Damián quiso romperle la cara.

También quiso romper el bar.

Y luego llevarse a Luna sobre el hombro para que aprendiera qué pasaba cuando una mujer casada buscaba hombres el mismo día de su boda.

Pero se contuvo.

Quería ver.

Quería saber si Luna de verdad se atrevía a ponerle el cuerno el primer día.

Por eso se puso esa máscara negra, fea, ridícula, que ya odiaba.

Si ella lo miraba con deseo.

Si ella escogía a otro.

Si ella se atrevía...

Damián no sabía qué iba a destruir primero.

Por suerte, Luna no escogió.

Aunque Héctor, ese imbécil, se había puesto a tocar a Abril frente a ella como si quisiera darle clases malas.

África necesitaba encargado.

Héctor podía ir.

—Dije que me sueltes.

Luna tiró de su mano.

Damián apretó un poco más.

La fuerza en su muñeca, el calor de la palma, la forma dominante de no ceder, le trajeron a Luna el recuerdo del auto.

Damián sujetándole la barbilla.

Damián besándola hasta dejarla sin aire.

El pánico le subió por la garganta.

Este hombre era demasiado peligroso.

Damián la miraba.

Y mientras más la miraba, peor se ponía.

El vestido negro le marcaba cada línea del cuerpo. Los labios rojos brillaban bajo la luz baja. Los ojos, por el antifaz y el maquillaje, parecían húmedos, más grandes, más provocadores. La piel blanca del cuello y los hombros todavía guardaba marcas que él había dejado.

¿Se había vestido así para venir a seducir hombres?

La idea le mordió el pecho.

Celos.

Rabia.

Una comezón amarga, insoportable, que le subía por las venas.

—Es la tercera vez que te lo digo —dijo Luna—. Suelta mi mano.

Sus ojos buscaron de reojo la botella sobre la mesa.

Si no la soltaba, iba a romperle algo.

Damián la soltó.

Luna recuperó la mano y se frotó la muñeca. La piel le dolía.

Le lanzó una mirada fría.

—Ya puedes irte.

Damián se quedó quieto.

—¿Te haces la difícil?

La voz era baja. La música tapaba el tono, pero no la burla.

Luna soltó una risa corta.

—Si quisiera un hombre, me bastaría mover un dedo. No te creas tanto.

Tomó un fajo de billetes de su bolsa y lo dejó en una esquina de la mesa.

—Puedes irte.

Lo hizo por Abril.

La cara de su amiga no la iba a dejar mal.

Pero ese hombre no era nadie para ella. No tenía por qué darle más explicaciones.

Damián miró el dinero.

El rojo de los billetes le picó los ojos.

—¿Pago por la noche?

La frase salió entre dientes.

Héctor le había contado alguna vez que algunas mujeres ricas iban a clubes, escogían hombres y ponían dinero sobre la mesa cuando querían llevárselos a dormir.

No era pago para que se fueran.

Era una invitación.

Un código.

Luna Salcedo, recién casada, había aprendido rápido.

Luna lo miró como si estuviera loco.

¿Pago por la noche?

¿Este hombre tenía aserrín en la cabeza?

—Sí —dijo, molesta—. Pago por la noche. Quédatelo y vete a pasar la noche donde quieras. Aquí no te necesito.

No vio cómo los ojos de Damián se apagaron.

El hombre no se movió.

Luna se levantó.

Si él no se iba, se iba ella.

Tal vez venir con Abril fue un error. El día había sido demasiado largo. Damián la alteró en el auto, Mateo la asqueó en la capilla y ahora un desconocido con complejo de rey le hablaba de pagos por noche.

No estaba para eso.

Dio un paso.

El mundo giró.

La muñeca le quedó atrapada otra vez. Un jalón fuerte la hizo caer sobre el pecho del hombre.

El olor frío la envolvió.

Menta.

Alcohol.

Algo limpio y peligroso.

Familiar.

Luna levantó la cabeza.

La máscara.

La altura.

Los hombros.

La proporción exacta del cuerpo.

¿Estaba perdiendo la cabeza?

¿Por qué un hombre de bar le recordaba a Damián una y otra vez?

Damián vio su mirada.

Esa mirada fija, casi aturdida.

Y se enfureció más.

La maldita mujer miraba a "otro hombre" como si estuviera fascinada.

Muy bien.

Entonces iba a darle una lección que no olvidara.

El cuerpo de Luna estaba pegado al suyo.

Damián le sujetó la espalda con una mano y la presionó contra él, sin dejar espacio. Con la otra mano le tomó el cabello por la nuca y le obligó a levantar la cabeza.

Luna abrió los ojos.

El beso cayó.

Frío al principio.

Después ardiente.

Fuerte.

Castigador.

No era caricia. Era reclamo.

—Mmm...

Luna forcejeó. Golpeó su pecho con las manos, intentó girar la cara, pero él no la soltó.

El miedo subió.

Luego la vergüenza.

Luego todo lo demás.

La mesa de operaciones.

Mateo eligiendo a Renata.

Su padre vendiendo su vida.

La muerte.

El regreso.

El beso furioso de Damián en el auto.

Y ahora un hombre que ella creía desconocido besándola a la fuerza.

La humillación y la soledad le reventaron por dentro.

Las lágrimas salieron sin permiso.

Primero una.

Luego muchas.

Damián estaba cegado por la rabia.

La imaginó entrando a La Hiedra vestida así, con todos esos hombres mirándola como si pudieran tocarla.

Quiso cubrirla.

Quiso esconderla.

Quiso arrancarle los ojos a cada hombre de la pista.

La besó con más fuerza, robándole ese olor frío y dulce que siempre lo volvía loco.

Hasta que probó sal.

Lágrimas.

Damián se quedó quieto.

La rabia se le rompió en el pecho.

La soltó.

Luna lo empujó con todas sus fuerzas.

Sus ojos parecían los de un venado acorralado.

No dijo nada.

Solo salió corriendo.

Corrió por el pasillo, bajó las escaleras, cruzó la entrada y no se detuvo hasta estar en la calle.

La lluvia fina le cayó en la piel.

El viento frío la hizo reaccionar.

Luna miró alrededor.

Estaba en la banqueta, lejos de la puerta de La Hiedra.

Ni siquiera le avisó a Abril.

Se llevó una mano a la frente y se dio un golpe suave.

—Qué cobarde.

Había huido otra vez.

Qué vergüenza.

Pero el corazón le seguía golpeando demasiado fuerte.

Y los labios...

Los labios le ardían.

El beso del privado se mezclaba con el del auto.

Misma fuerza.

Misma forma de dejarla sin aire.

Misma sensación de peligro.

En su vida anterior fue esposa de Mateo, pero nadie sabía algo ridículo: Mateo nunca la besó de verdad. Apenas la frente, la mejilla, gestos suaves que ella confundía con respeto.

Ahora un desconocido la había besado como si quisiera marcarla.

Y ese desconocido se parecía demasiado a Damián.

La emoción en el pecho se volvió un nudo.

Luna empezó a caminar bajo la llovizna.

El frío se le metió por los hombros descubiertos. Se abrazó a sí misma.

Por un momento, se sintió sola.

La ciudad era enorme.

Y ella no tenía a dónde volver.

La casa Salcedo ya no era casa. Después de la boda, rompió con ellos por completo.

Tenía un departamento pequeño, sí. Pero Mateo se lo había comprado. Cada rincón estaba lleno de recuerdos falsos.

No quería verlo.

La casa de Abril tampoco parecía opción en ese momento.

¿Entonces dónde?

Luna se limpió la cara.

No supo si era lluvia o lágrimas.

Respiró hondo.

No.

El cielo le dio una segunda oportunidad. No iba a desperdiciarla sintiéndose miserable en la calle.

Tenía que levantarse.

Investigar la verdad de la muerte de su madre.

Manejar Grupo Rivas.

Vivir para ella.

Solo se permitiría hundirse esta vez.

Una vez.

Nada más.

—Bip, bip.

El claxon de un auto la hizo girar.

El conductor bajó la ventanilla y le hizo una seña.

Luna lo reconoció.

Era el chofer que por la mañana la llevó con Damián.

—Señora Alcázar, ¿va a casa? Suba, está lloviendo.

Luna dudó.

Al final sonrió con educación.

—Yo... ¿podría llevarme al Hotel Brisa Marina?

—Claro, señora. Suba rápido, mire nada más esta lluvia.

Luna no quiso hacerse la fuerte.

Abrió la puerta trasera y entró.

El auto estaba cálido. Olía a madera fina, a un aroma suave que le calmó el cuerpo. La lluvia golpeaba los vidrios con un ritmo lento.

No supo cuánto tiempo pasó.

Casi se quedó dormida.

—Señora Alcázar, llegamos.

Luna abrió los ojos y agradeció. Bajó del auto.

Luego se quedó inmóvil.

Eso no era el Hotel Brisa Marina.

Era la residencia de Damián.

La conocía.

En la vida anterior vino varias veces, siempre borracha, siempre empujada por Renata, siempre para hacerle escenas a Damián.

Luna miró al chofer.

El hombre sonrió con culpa.

—Señora, el señor dijo que en la familia Alcázar, si hay casa, no se duerme en hotel.

Antes de que Luna respondiera, el mayordomo salió con un paraguas.

Don Ramiro bajó la cabeza con el mismo respeto de la mañana.

—Señora, pase por favor. Parece que la lluvia va a ponerse más fuerte. Su habitación ya está lista.

Luna miró la casa.

Legalmente, ya estaba casada con Damián.

Decir que no podía quedarse ahí sonaba demasiado fingido, incluso para ella.

Así que entró.

—¿Dónde está Damián?

La pregunta salió apenas cruzó la puerta.

—El señor está en el estudio, atendiendo asuntos de trabajo —respondió don Ramiro—. También pidió que le preparáramos cena. ¿Desea comer algo?

Luna soltó el aire sin darse cuenta.

Damián estaba trabajando.

Bien.

Todavía no sabía cómo enfrentarlo después de lo ocurrido en el auto.

Y, peor, acababa de tener un contacto íntimo con un hombre desconocido en La Hiedra.

Por alguna razón, eso la hacía sentirse culpable. Como una alumna que hizo algo malo y teme que el maestro la descubra.

—No, gracias. Quiero descansar primero.

No tenía hambre.

Quería bañarse.

Quitarse de la piel el olor del bar.

Y de la boca ese sabor fuerte a alcohol que el hombre de la máscara le dejó.

Don Ramiro la llevó al segundo piso y se detuvo frente a una habitación.

—Señora, esta es su habitación. Tiene artículos básicos preparados. Si necesita cualquier otra cosa, me avisa y se la consigo de inmediato.

—No hace falta. Está muy bien. Gracias, don Ramiro.

El mayordomo levantó la vista.

Pareció sorprendido.

Tal vez no esperaba que Luna recordara su nombre.

Después sonrió apenas. La formalidad de su voz se suavizó.

—No tiene nada que agradecer, señora. Todo esto lo ordenó el señor. Hasta en estos detalles pequeños se fija cuando se trata de usted. Usted es inteligente. Espero que pueda entender su intención.

Luna no supo qué responder.

Antes de entrar al cuarto, algo le cruzó la cabeza.

Se volvió hacia él.

—Don Ramiro, ¿Dónde duerme Damián?

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elizabeth jaimes
por favor más capitulos
Yohelis López cabarca
x fa más capitulos ❤️
Adriana Ruiz
excelente novela 👏👏👏 xfa más capítulos 🙏🙏
Yohelis López cabarca
x fa más capitulos
Adriana Ruiz
Xfa más capítulos 🙏💚
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHHH dame más capítulos necesito un maratón
Yohelis López cabarca
hay siempre lo mismo rompen la seguridad x que no miden el peligro
Yohelis López cabarca
jajajaja hay Damián
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHHH necesito más capítulos plis no dejes de actualizar 😭😭😭😭
Yohelis López cabarca
esa Lina renació sabe cómo le fue en el pasado y mete las patas hasta el fondo da rabia pero me gusta la novela
Adriana Ruiz
Excelente novela 👏👏👏 más capítulos xfa 🙏🙏💚
Adriana Ruiz
más capítulos xfa 🙏🙏 excelente novela 👏👏👏
🦋Mica Amaro🦋
autora podría actualizar porfavor 😭
MARIANGEL O VALDEZ
El libro es genial pero cuando habrá actualización?
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