Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Sol terminó el ensayo en media hora.
Tecleó, revisó dos citas de Jane Eyre, corrigió tres errores y guardó el archivo con un nombre que Renata jamás aprobaría: `ensayo_final_final_ahora_si.docx`.
—Dos créditos menos —murmuró, satisfecha.
Bruno escuchaba el golpeteo del teclado, las hojas que ella pasaba, sus comentarios sueltos sobre Rochester y Jane. Era ridículo, pero lo entretenía.
Estaba cómodo. Demasiado cómodo. Le dieron ganas de abrir los ojos para ver qué clase de chica podía hablarle a un muerto en vida mientras escribía sobre Jane Eyre.
Sol miró la hora y se levantó de golpe.
—Uy, se me hizo tarde. Me voy al sanatorio. Usted coma bien, ¿sí? Mañana vuelvo. En vacaciones lo saco al parque.
Lo acomodó en la cama, le tapó los pies y salió.
El cuarto volvió a cerrarse.
La soledad cayó como una manta pesada.
Bruno no pensaba comer.
Desde que los médicos lo declararon en estado vegetativo, sólo podía recibir comida blanda. Al principio Marta ponía verduras licuadas, jugos, algo de fruta. Después empezó a traer arroz aguado. Mal cocido, con granos duros, tibio tirando a frío. Él probaba una cucharada, la rechazaba, y Marta se iba sin insistir.
Por eso estaba así de flaco.
Un rato después, Marta apareció con una bandeja. Media taza de arroz aguado, casi frío.
Sol la interceptó en el pasillo.
—¿Eso es la cena?
—Sí.
—¿Sólo eso?
Marta levantó una ceja.
—El señor Bruno no puede comer cualquier cosa.
Sol tocó el cuenco.
Frío.
—Esto está helado.
—Le hace bien a la garganta.
Sol la miró fijo.
—¿Se lo indicó un médico?
—Yo trabajo acá hace años. Usted llegó ayer.
Marta quiso sacarle la bandeja. El cuenco cayó sobre la alfombra.
Ramiro subió al escuchar el ruido.
—¿Qué pasó?
Marta se adelantó.
—Yo venía a darle de comer al señor Bruno y la señorita me armó escándalo.
Sol respiró hondo.
—La comida estaba fría y era media taza. Si esto es lo que come, no me sorprende que esté así.
Marta alzó la barbilla.
—Si tan fácil le parece, hágalo usted.
Sol bajó la bandeja.
—Perfecto. Desde hoy, la cena la hago yo.
Entró en la cocina como si fuera otro examen.
Marta la siguió de cerca.
—No toque eso. Ese horno es delicado. Esa olla no.
Sol sacó dátiles, ñame, mijo, arroz, unos porotos colorados y un puñado de arroz negro. No eran ingredientes elegantes, pero conocía sus efectos. Mercedes había pasado meses con dietas suaves; Sol sabía qué alimentaba sin destruir el estómago.
—¿Me va a dejar cocinar o no?
Ramiro apareció detrás.
—Marta, déjela.
La mujer se apartó a regañadientes.
Mientras la licuadora trabajaba, lavó una manzana, le sacó el centro y la puso a cocinar al vapor. Ramiro observó cómo se movía sin quedarse quieta: lavaba, cortaba, probaba temperatura, acomodaba platos.
Veinte minutos después, una crema tibia de cereales, espesa y perfumada, estaba lista. La manzana cocida quedó en un cuenco chico, con una cucharadita de miel al costado y una cucharita de plata.
Veinte minutos después, el aroma dulce subía por el pasillo.
Bruno, que llevaba horas rechazando la idea de comer, estaba contando ovejas por aburrimiento. Iba por una cifra absurda cuando la puerta se abrió y entró un olor dulce, a dátil y manzana.
Esas cosas, antes, ni las habría mirado. Él comía cortes traídos de afuera, pescado carísimo, caviar, platos con nombres ridículos.
Pero en ese momento quiso comer.
Mucho.
Qué humillación.
Sol le limpió las manos y la cara antes de incorporarlo.
—Perdón por la demora. No sabía que su cena era tan triste. Fue mi descuido. Desde ahora, la cena la hago yo. Hoy tenemos crema tibia de cereales y puré de manzana. Primero manzana.
Le acercó media cucharada.
Bruno tragó.
La manzana estaba tibia, dulce, simple. Con la puntita de miel, entraba suave.
Quiso otra.
Sol sonrió.
—¿Vio? No era tan difícil.
Ramiro, desde la puerta, parecía a punto de rezar.
—El señor Bruno no la rechazó.
—Porque tenía hambre —dijo Sol.
Bruno hubiera levantado una ceja si pudiera.
La insolencia de esa chica empezaba a resultarle entretenida.
La media manzana desapareció rápido. La miel también.
Sol probó la crema en la muñeca para revisar la temperatura y empezó a dársela.
La textura era suave, espesa, sedosa. Bruno distinguía sobre todo el dulzor del dátil, pero el resto le caía al estómago como una manta tibia.
Comida de pobres, habría dicho antes.
En ese momento le pareció comida de otro mundo.
Sol no lo forzó. Cuando vio que era suficiente, le limpió la boca.
—En dos horas alguien tiene que masajearle el abdomen. Trescientas vueltas en sentido horario y trescientas en sentido contrario. Suave.
Ramiro asintió varias veces.
—Sí, señora.
—Yo tengo que irme al sanatorio. En cuanto empiecen mis vacaciones, lo hago yo.
Marta recibió la orden con una sonrisa torcida.
Ramiro llamó a Marta antes de bajar la voz.
—Marta, por ser antigua en esta casa le doy una oportunidad. Mire cómo atiende la señora Sol al señor Bruno. Usted no está poniendo cuidado.
Marta casi se arrodilló.
—Señor Ramiro, yo seguía lo que dijeron los médicos. Comida blanda, nada más. Qué cabeza la mía, tendría que haber pensado mejor.
Ramiro la miró frío.
—En dos horas, masaje abdominal. Trescientas vueltas en un sentido y trescientas en el otro. Suave. Sin mañas.
—Sí, sí.
Marta bajó la cabeza.
Ramiro no vio el odio en esos ojos chicos.
sino tienen idea de como escribir una novela
mejor no lo aga
se nota que la autora es nueva
una Novela se empieza y se termina
me estoy aburriendo 😡