Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 5
# Capítulo 005: Cachetada
Emilio se rió.
La risa le salió más nerviosa que antes, pero todavía tenía público. Tres chicos de la última fila soltaron carcajadas bajas. Una muchacha junto a la ventana levantó el celular medio centímetro, lo justo para fingir que no estaba grabando.
Aurora no apartó la mirada de Emilio.
—Repite la pregunta —dijo.
Emilio se acomodó la mochila en un hombro.
—¿Ahora te haces la ofendida?
—Te estoy dando otra oportunidad para que la digas bien.
El salón se quedó tan quieto que se escuchó el zumbido de la lámpara.
Emilio miró alrededor. Quería apoyo. Quería risas. Quería que alguien le recordara que seguía siendo chistoso.
Nadie dijo nada.
Camila tenía el celular alto, grabando su cara completa.
Valeria sonreía como si estuviera esperando permiso para romper algo.
Sofía estaba pálida, pero no se movió del lado de Aurora.
Emilio tragó saliva.
—Dije que cuánto cobras.
La cachetada sonó en todo el salón, seca y fuerte.
La cabeza de Emilio se giró hacia un lado y su mochila cayó al suelo. Durante un segundo se quedó con la boca abierta, más sorprendido que lastimado.
Aurora sintió el ardor en la palma.
Le gustó.
Le dio vergüenza que le gustara.
Luego recordó la foto, el pasillo del hotel, Bruno acercándose, Mariana sonriendo con esa cara de niña buena que usaba para mentir.
La vergüenza se quemó sola.
—Vuelves a hablar de mi cuerpo —dijo Aurora— y la próxima no va a ser en la cara.
Un murmullo recorrió el salón.
Emilio se tocó la mejilla, rojo de rabia.
—Estás loca.
—Y tú estás grabado.
Camila agitó el celular.
—En HD, bebé.
Alguien soltó una risa.
Emilio la oyó y perdió el poco control que le quedaba.
—¿Crees que por hacerte la digna se nos va a olvidar que saliste de un hotel con un tipo? Todos vimos la foto.
Aurora dio un paso hacia él.
Emilio retrocedió.
Eso también quedó grabado.
—Viste una foto donde un hombre me seguía por un pasillo —dijo Aurora—. Y tu primer pensamiento fue preguntarme cuánto cobro. Eso dice más de ti que de mí.
El chico abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Una muchacha de la segunda fila bajó la mirada.
Otro estudiante guardó el celular.
No todos.
Nunca eran todos.
Pero algunos dejaron de mirarla como espectáculo.
Eso bastó para que Emilio se sintiera acorralado.
—Pinche dramática —murmuró.
Valeria se movió primero.
Aurora no alcanzó a detenerla.
Valeria agarró la botella de agua que traía en la mano, la abrió y se la vació a Emilio encima.
—Y ahora también estás bañado —dijo.
El salón explotó.
Algunos gritaron.
Otros se rieron.
Emilio levantó los brazos empapado.
—¡Están locas!
—Te falta vocabulario —dijo Camila, sin dejar de grabar.
Emilio avanzó hacia Aurora.
Sofía se metió en medio.
—No la toques.
—Quítate.
—No.
Aurora agarró a Sofía del brazo para apartarla, pero una mano le jaló la sudadera desde atrás.
Otra chica, Daniela, amiga de Mariana desde primer semestre, se levantó con una sonrisa venenosa.
—Ay, sí, todas santas ahora. Si no quería que hablaran de ella, no hubiera ido a abrir las piernas en Polanco.
Aurora sintió que algo frío le bajaba por la espalda.
La frase pegó distinto en boca de una mujer.
Tal vez porque Daniela sabía exactamente dónde dolía.
Valeria se giró.
—¿Qué dijiste?
Daniela levantó la barbilla.
—Lo que todos piensan.
—Entonces todos necesitan una lavada de hocico.
Valeria saltó sobre ella.
El salón se volvió caos.
Sillas arrastrándose.
Gritos.
Alguien diciendo "¡profe, profe!" aunque el profesor todavía no llegaba.
Daniela intentó jalarle el cabello a Valeria. Valeria le agarró la muñeca y la empujó contra una banca. Emilio quiso aprovechar para acercarse a Aurora, pero Camila le metió el celular casi en la cara.
—Tócala y este video llega a rectoría, a tu mamá y a la página de becas donde finges ser voluntario.
Emilio se congeló.
—¿Cómo sabes eso?
Camila sonrió.
—Porque tus contraseñas son una vergüenza.
—¡Eso es ilegal!
—Y tú acabas de acosar sexualmente a una compañera frente a treinta testigos. ¿Jugamos?
Emilio cerró la boca.
Aurora quería respirar, pero todo iba demasiado rápido. Alguien la empujó por la espalda. Su cadera chocó contra una mesa. El dolor le subió por el cuerpo, recordándole la noche del hotel con una precisión cruel.
Se le nubló la vista.
No podía caer.
No delante de ellos.
Agarró el borde de la mesa, apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos y se obligó a mantenerse de pie.
Sofía la vio.
—Aurora.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Estoy de pie.
Sofía no discutió. Se colocó a su lado y levantó el brazo para impedir que alguien más la empujara.
En ese momento entró el profesor.
El profesor Raúl Mendoza, encargado de Química Orgánica II, era un hombre delgado, de bigote perfectamente recortado y paciencia muy corta. Se quedó en la puerta mirando el salón como si hubiera entrado en una pelea de mercado.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Todos empezaron a hablar al mismo tiempo.
Emilio señalaba su cara.
Daniela gritaba que Valeria la había atacado.
Valeria sostenía un mechón de cabello ajeno entre los dedos y parecía orgullosa.
Camila guardó el video en la nube antes de bajar el celular.
Aurora se quedó callada.
El profesor la miró primero.
Claro.
Siempre la miraban primero a ella.
—Señorita Rivas, explique.
Aurora soltó una risa seca.
—¿Yo?
—Usted está en medio del problema.
—Yo soy el problema para ustedes desde que entré al salón.
El profesor frunció el ceño.
—Cuide su tono.
Camila levantó el celular.
—Profesor, tengo grabado cómo Emilio la acosa sexualmente frente a toda la clase.
Emilio abrió los ojos.
—¡No fue acoso!
Camila lo miró.
—Di "cuánto cobras" otra vez, entonces. Para que quede clarito.
Emilio bajó la mirada.
El profesor se puso rígido. No porque le importara Aurora, sino porque la palabra "grabado" había cambiado el tamaño del problema.
—Todos a sus lugares —ordenó—. Ahora.
Nadie se movió.
Valeria cruzó los brazos.
—¿También le va a pedir a Aurora que se disculpe?
—Señorita Fuentes, siéntese.
—Pregunté algo.
Sofía, que casi nunca levantaba la voz, habló desde el lado de Aurora:
—Si la escuela protege a los que suben fotos y hacen comentarios sexuales, también queremos que quede grabado.
El profesor miró las caras a su alrededor.
Calculó.
Aurora lo vio calcular.
Había visto esa misma expresión en Ricardo muchas veces: no era culpa, no era justicia, era miedo a quedar mal parado.
—Vamos a dirección —dijo al fin—. Todos los involucrados.
Emilio protestó.
—Pero ella me pegó.
Aurora levantó la mano todavía roja.
—Sí. Y lo volvería a hacer.
El profesor abrió la boca.
Aurora no le dio tiempo.
—Antes de que me amenace con sanciones, revise el video. Revise la página que publicó una foto mía sin permiso. Revise quién la compartió. Y si quiere que me disculpe por defenderme, dígamelo frente a la cámara.
Camila, obediente como un ángel peligroso, volvió a grabar.
El profesor se tragó la respuesta.
—A dirección —repitió, más bajo.
Aurora recogió su libreta.
Le temblaban las piernas.
El golpe de adrenalina empezaba a bajar y el dolor volvía con intereses. Pero cuando salió del salón, no salió sola.
Camila iba a su derecha.
Sofía a su izquierda.
Valeria detrás, todavía con la botella vacía como trofeo.
En el pasillo, varios estudiantes se apartaron.
Aurora sintió sus miradas, pero esta vez no agachó la cabeza.
En dirección, la hicieron esperar cuarenta minutos.
Tiempo suficiente para que el video de la cachetada llegara a media universidad.
Tiempo suficiente para que la página de chismes borrara la publicación original.
Tiempo suficiente para que alguien subiera una versión editada donde solo se veía a Aurora golpeando a Emilio.
Camila lo encontró primero.
—Hijos de...
Sofía le tapó la boca.
Aurora miró el video editado.
Ahí estaba ella, levantando la mano.
Ahí estaba Emilio, recibiendo el golpe.
Sin pregunta.
Sin insulto.
Sin contexto.
La historia volvía a cambiar de dueño.
Aurora se sentó en la silla de plástico frente a dirección y sintió una risa amarga subiéndole por la garganta.
—Son rápidos.
Valeria pateó la pared.
—Déjame romperle algo a alguien.
—Todavía no.
Camila la miró.
—¿Todavía?
Aurora le devolvió el celular.
—Sube el video completo.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Va a crecer.
—Que crezca.
Camila sonrió, esta vez con orgullo.
—Eso quería oír.
Subió el video completo desde una cuenta nueva, con hora, lugar y una descripción seca:
"Acoso sexual en aula de UAM Xochimilco. Contexto completo."
En menos de diez minutos, el video empezó a moverse.
Primero entre estudiantes.
Luego en grupos de WhatsApp.
Después en Twitter.
Aurora veía los números subir sin sentir triunfo; lo único que le quedaba en el cuerpo era cansancio.
Entonces llegó el primer mensaje privado a la cuenta nueva.
"Borra eso o te va a ir peor."
Camila se lo enseñó.
Valeria sonrió.
—Mariana.
Aurora miró la pantalla.
El número era desconocido, pero el tono no.
Había aprendido a reconocer a Mariana incluso cuando se escondía detrás de otra cara.
Aurora tomó el celular y escribió:
"Te estoy esperando."
No envió nada más.
La directora auxiliar abrió la puerta.
—Aurora Rivas.
Aurora se levantó.
Sofía le apretó la mano.
—Entramos contigo.
—No.
—Aurora...
—Necesito hacerlo yo.
Camila quiso protestar, pero se detuvo. Valeria resopló. Sofía asintió con los ojos húmedos.
Aurora entró sola.
La oficina olía a café recalentado y papeles viejos. La directora auxiliar, una mujer de unos cincuenta años con lentes delgados, señaló la silla frente al escritorio.
—Siéntate.
Aurora se sentó.
—Señorita Rivas, hay una situación grave circulando en redes.
—Sí.
—La universidad no tolera violencia física.
Aurora apoyó las manos sobre sus rodillas.
—¿Tolera acoso sexual?
La mujer apretó los labios.
—Estamos revisando todos los elementos.
—Entonces revise rápido.
—Cuide su actitud.
Aurora se inclinó un poco hacia delante.
—Mi actitud es lo único que me queda después de que alguien subió una foto mía tomada durante una agresión. Si quieren sancionarme por una cachetada, háganlo. Pero pongan por escrito que la universidad reaccionó más rápido a mi mano que a los comentarios sexuales de sus estudiantes.
La directora auxiliar la miró durante unos segundos.
Aurora sostuvo la mirada.
La puerta se abrió de golpe.
Un hombre entró con el celular en la mano.
—Licenciada, esto ya está en Twitter.
La mujer palideció.
Aurora no sonrió.
No hacía falta.
El mundo acababa de recordar que las víctimas también podían grabar.
Una hora después, Aurora salió de dirección con una advertencia verbal, una investigación abierta y el permiso de retirarse por el resto del día.
En el pasillo, sus amigas la esperaban.
Valeria fue la primera en hablar.
—¿Nos expulsaron?
—No.
—Qué aburrido.
Sofía abrazó a Aurora con cuidado.
—¿Estás bien?
Aurora pensó en mentir.
Luego negó con la cabeza.
—No. Pero gracias.
Camila le enseñó el celular.
El video completo ya tenía miles de reproducciones. Los comentarios estaban divididos, pero algo había cambiado. Algunas chicas empezaban a escribir sus propias historias sobre Emilio. Otras decían que la página de chismes llevaba meses subiendo fotos sin permiso.
La mentira seguía viva.
Pero ahora tenía competencia.
Aurora respiró hondo.
—Gracias —dijo.
Valeria le pasó una servilleta.
—Tienes sangre en la boca.
Aurora se tocó el labio. Durante el empujón, debió golpearse con una mesa.
La servilleta salió roja.
Camila maldijo.
Sofía quiso llevarla a enfermería.
Aurora miró la mancha de sangre y recordó, de golpe, la mordida en el hombro de Damian.
El recuerdo le calentó la cara.
—No es nada.
—Claro —dijo Valeria—. Sangrar por la boca es súper normal.
Aurora apretó la servilleta.
—Esto no ha terminado.
Camila dejó de revisar el celular.
—¿Qué cosa?
Aurora miró hacia la salida del edificio, donde varios estudiantes seguían fingiendo no mirarla.
—Mariana empezó esto. Bruno la ayudó. Felipe también.
Sofía tragó saliva.
—¿Qué vas a hacer?
Aurora dobló la servilleta manchada y la guardó en el bolsillo de la sudadera.
—Primero voy a conseguir un teléfono.
Valeria parpadeó.
—Pensé que ibas a decir algo más dramático.
—Sin teléfono no puedo grabar pruebas.
Camila sonrió.
—Eso sí me gusta.
Aurora salió del edificio con las tres detrás.
El sol de mediodía le pegó en la cara.
Le dolía el cuerpo, le ardía la palma de la mano y tenía la boca partida.
Pero caminaba.
Y por primera vez desde el hotel, no estaba huyendo.
En Santa Fe, dentro de la oficina principal de Grupo Montero, Marco puso una tableta frente a Damian.
—Alfa.
Damian levantó la vista del informe de Ricardo Rivas.
—¿Qué?
—Encontré a Aurora.
Damian tomó la tableta.
El video empezó con un chico diciendo:
"¿Cuánto cobras?"
Damian no se movió.
Marco, que había visto a ese hombre romper mármol con dos dedos, retrocedió medio paso.
En la pantalla, Aurora levantó la mano.
La cachetada sonó incluso a través del altavoz.
Damian miró el video completo sin respirar.
Vio el empujón.
Vio a Sofía cubrirla.
Vio a Camila grabar.
Vio sangre en la boca de Aurora cuando salió de dirección.
Entonces la tableta crujió entre sus dedos.
Marco se la quitó rápido.
—Necesitamos esa evidencia.
Damian cerró la mano vacía.
Sus ojos brillaron dorados.
—¿Dónde está?
—UAM Xochimilco.
Damian tomó el saco de la silla.
—Vamos.
—Alfa, si aparece ahí ahora, va a llamar la atención.
Damian se detuvo en la puerta.
—Ese es el punto.
Marco suspiró.
—Voy por la camioneta.
Damian volvió a mirar la pantalla, congelada en el rostro de Aurora justo antes de la cachetada.
Tenía miedo.
Tenía dolor.
Pero estaba de pie.
Su lobo bajó la cabeza, no por sumisión, sino por reconocimiento.
Esa humana no sabía todavía lo que era una Luna.
Pero ya peleaba como una.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭