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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 3

​El gran comedor de la mansión parecía diseñado para empequeñecer a cualquiera que se sentara en él. Una mesa de roble oscuro, lo suficientemente larga como para albergar a veinte comensales, estaba dispuesta solo para dos. La luz de una lámpara de araña de cristal colgaba desde el techo alto, proyectando destellos afilados sobre la vajilla de porcelana fina y la cubertería de plata cepillada. El ambiente estaba impregnado de un silencio denso, interrumpido únicamente por el leve tintineo del metal contra los platos.

​Estefanía movía la comida de un lado a otro sin apetito. Llevaba puesto un vestido de seda negro que José había elegido para ella esa misma tarde; la tela se adhería a su piel con una suavidad casi lasciva, pero la hacía sentir pesada, como si llevara puesta una armadura que no le pertenecía. Frente a ella, José cortaba su carne con una precisión quirúrgica. Sus manos, grandes y pulcras, se movían con una calma que denotaba un control absoluto sobre su entorno. Vestía una camisa blanca impecable, con los puños remangados hasta la mitad del antebrazo, revelando el vello oscuro y la tensión de sus músculos. Cada vez que alzaba la vista para mirarla, sus ojos oscuros la recorrían con una mezcla de adoración y escrutinio que a Estefanía le cortaba la respiración.

​—No has probado el cordero, mi vida —dijo José, su voz profunda y aterciopelada rompiendo la quietud—. El chef lo preparó especialmente para ti. Es tu favorito, ¿recuerdas?

​—Lo siento. No tengo mucha hambre —respondió ella, forzando una sonrisa trémula.

​La palabra "favorito" sonaba como un eco vacío en su mente. Todo lo que José le atribuía como propio —sus gustos, sus prendas, sus hábitos— se sentía como un traje ajeno que se veía obligada a vestir.

​José dejó los cubiertos a un lado con un movimiento pausado. Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa. La luz cenital acentuó las líneas marcadas de su rostro y la sombra de su barba de dos días, dándole un aire de peligro magnético.

​—Estás muy distante hoy, Estefanía —susurró, extendiendo una mano sobre el mantel blanco para rozar los dedos de ella. El contacto de su piel caliente contra los dedos helados de ella provocó una chispa eléctrica—. Sé que el proceso es lento, pero me duele verte tan lejos de mí. Te extrañado tanto en nuestra cama... Extraño a mi esposa.

​El tono de su voz era suave, casi una súplica, pero los dedos de José se cerraron sobre la muñeca de Estefanía con una presión sutil que no permitía retirada. Una corriente de sensualidad oscura y posesiva fluyó entre ambos. Él la deseaba, y la intensidad de ese deseo era una fuerza física que llenaba el espacio. Estefanía sintió que sus propios latidos se aceleraban, no por pasión, sino por la abrumadora sensación de estar acorralada por un depredador que la amaba.

​Para romper la tensión, ella retiró la mano con suavidad, fingiendo alcanzar su copa de cristal.

​—Es solo que todo este espacio me abruma —dijo, intentando mantener la voz firme mientras levantaba la copa llena de un espeso vino tinto de reserva.

​Sus dedos, debilitados por los días de inactividad en el hospital, traicionaron su intención. Al intentar sostener el tallo del cristal, un temblor involuntario la recorrió. La copa se le resbaló de las manos, impactando contra el borde del plato antes de volcarse por completo sobre el mantel inmaculado.

​El líquido oscuro se expandió con una velocidad espantosa, tiñendo el tejido blanco.

​Estefanía se quedó petrificada. El color del vino tinto comenzó a transformarse ante sus ojos. El olor frutal del alcohol desapareció de sus sentidos, sustituido por un hedor metálico y acre que le llenó la nariz. El mantel blanco ya no era tela; era un asfalto frío, gris y agrietado. El vino no era vino; era una sustancia espesa, tibia y brillante que brotaba a borbotones, mezclándose con el agua de una lluvia torrencial que golpeaba su rostro.

​Un dolor agudo le partió el cráneo. Los pitidos de las ambulancias, el sonido de metal retorcido y los gritos ahogados de un hombre —cuya voz era mucho más joven y desesperada que la de José— resonaron con la fuerza de un trueno dentro de su cabeza. ¡Quédate conmigo, por favor, mírame!, suplicaba esa voz desconocida. Estefanía sintió el frío del suelo mojado en la espalda y el calor de su propia sangre empapando sus ropas. El flashback fue tan violento, tan real, que se llevó las manos a la cabeza, ahogando un grito de puro pánico en la garganta. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y sus ojos, abiertos de par en par, se fijaron en la mancha roja del mantel como si estuviera viendo un cadáver.

​—¡No, no, no! —sollozó, arrastrándose hacia atrás en su silla, al borde de la hiperventilación.

​—Estefanía.

​La voz de José la trajo de vuelta, pero no como un bálsamo, sino como un balde de agua helada.

​Estefanía alzó la mirada, temblando. José no se había levantado. No había mostrado sorpresa, ni molestia, ni alarma. Permanecía sentado en la misma postura exacta, mirándola fijamente a través de la mesa. Su rostro era una máscara de serenidad absoluta; ni un solo músculo de su mandíbula se había tensado, ni una sola línea de su frente se había alterado. Con una parsimonia que resultaba antinatural ante la crisis de su esposa, tomó su propia servilleta de lino blanco y se limpió las comisuras de los labios con movimientos lentos y geométricos.

​Esa calma excesiva, esa desconexión total con el caos que acababa de ocurrir, fue más aterradora para Estefanía que el propio flashback. Parecía la reacción de alguien que ya había visto esa escena, o de alguien que estaba tan acostumbrado a controlar las variables de su entorno que un brote de pánico no alteraba sus pulsaciones.

​—Es solo un poco de vino, mi vida —dijo José con una suavidad monocorde, casi hipnótica.

​Se puso de pie con una elegancia felina y rodeó la mesa despacio. El eco de sus zapatos de cuero sobre el mármol negro sonaba como una cuenta regresiva. Al llegar al lado de Estefanía, se inclinó y colocó sus manos sobre los hombros de ella, apretando con una firmeza que pretendía anclarla, pero que se sintió como un grillete. Su cuerpo emanaba un calor denso que la envolvió por completo.

​—Estás a salvo —le susurró al oído, y sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, enviando una descarga de calor y pánico por su columna—. El accidente ya pasó. Estás aquí, en tu casa, conmigo. Nada del exterior puede alcanzarte.

​Estefanía miró de reojo la mancha en el mantel. El flashback se había disipado, pero la certeza de que el accidente no había sido simplemente un "choque en la carretera de la costa" se quedó grabada en su pecho. José continuaba acariciándole el cuello con una sensualidad pausada, obligándola a recostar la cabeza contra su pecho firme. Ella cerró los ojos, atrapada en su abrazo, comprendiendo que la perfecta compostura de su esposo era la primera grieta visible de una estructura hecha de mentiras.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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