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La esposa sustituta del comandante

La esposa sustituta del comandante

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amante arrepentido
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Ayu Lestari

Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.

Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.

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Capítulo 06

Sangre en el camino del puesto inferior

Alma salió corriendo del salón con el maletín médico en la mano.

Varias mujeres se levantaron para seguirla, pero ella se volvió enseguida.

—No vengan todas. Noelia, ayude a tranquilizar a las demás. Verónica, si llega algún familiar de la víctima, diríjalo al puesto médico.

Verónica, que solía ser tan habladora, asintió de inmediato.

El joven soldado que había llevado la noticia ya había encendido la motocicleta.

—Suba, doctora.

Alma no hizo más preguntas. Se sentó detrás de él: con una mano sujetó el maletín y con la otra se aferró a la barra de la moto. El camino al puesto inferior descendía con una pendiente pronunciada y estaba cubierto de grava. Avanzaron a toda velocidad, con el viento caliente golpeándole el rostro.

A lo lejos distinguió un pequeño grupo de gente.

Una motocicleta yacía tirada a un lado del camino. Un joven con uniforme de soldado permanecía sentado en el suelo, sujetándose un brazo. Cerca de él, una mujer de mediana edad estaba tendida, con la tela de su falda empapada de sangre a la altura del muslo.

—¡Háganse a un lado! ¡Déjenle espacio! —gritó el soldado que la había acompañado.

Alma bajó antes de que la motocicleta se detuviera por completo.

Se arrodilló junto a la mujer.

—Señora, ¿puede oírme?

La mujer gimió. Tenía el rostro pálido y respiraba con rapidez. La sangre seguía brotando de una profunda laceración en el muslo derecho.

Alma presionó la herida con una gasa gruesa.

—¿Cómo se llama?

—Lucía —respondió un anciano con voz temblorosa—. Se cayó de la moto. El conductor esquivó un camión.

—¿Hace cuánto ocurrió?

—Apenas... apenas diez minutos.

Era demasiada sangre para solo diez minutos.

Alma se volvió hacia el soldado herido.

—¿Puedes caminar?

—Sí, doctora. Solo son unos raspones.

—Entonces ayúdame. Presiona aquí, con fuerza. No sueltes aunque ella grite.

El soldado vaciló apenas un segundo antes de apretar la gasa como le habían indicado.

Lucía lanzó un grito.

Alma le sostuvo la muñeca.

—Señora, escúcheme. Primero tenemos que detener la hemorragia. Respire. Míreme.

Los ojos de la mujer se movían sin control.

—¿Yo... voy a morir?

—No, si me ayuda.

Aquellas palabras hicieron que la mujer le apretara el brazo.

—Tengo hijos...

—Por eso tiene que resistir.

Alma abrió el maletín, se puso unos guantes nuevos y examinó la herida. Era un desgarro largo y profundo; quizá había afectado algún vaso sanguíneo de menor calibre alrededor del muslo. No era algo que pudiera resolverse por completo en medio del camino.

—Necesitamos evacuarla ya. Comuníquense con el puesto y pidan una ambulancia. Preparen el traslado al hospital público regional de Santa Esperanza.

El joven soldado alzó enseguida la radio.

La respuesta no le trajo ningún alivio.

—La ambulancia está llevando a un paciente con fiebre al laboratorio del distrito. Calculan que volverá en cuarenta minutos.

Cuarenta minutos podían ser demasiado.

Alma recorrió el camino con la mirada.

—¿No hay otro vehículo?

—La patrulla del comandante está en el puesto superior.

—Pida que la traigan.

El soldado se tensó.

—Es un vehículo de operaciones, doctora.

—Esta paciente también es una operación: una para que siga viva.

Volvió a comprimir la herida.

Algunos vecinos empezaron a cuchichear.

—Ha perdido demasiada sangre.

—¿Y si la llevamos primero con un curandero?

—No. Solo empeoraríamos las cosas.

Sin volver el rostro hacia ellos, Alma elevó la voz.

—Nadie mueva a la paciente hasta que yo lo indique. No le den de beber ni le pongan nada sobre la herida. Si tienen una tela limpia, tráiganla.

La gente se puso en movimiento.

En medio del caos, una voz firme sonó a su espalda.

—¿Qué ocurrió?

Damián llegó en un jeep verde oscuro. Una nube de polvo se levantó detrás de él. Dos soldados bajaron de inmediato.

Alma no se volvió.

—Mujer de unos cincuenta años. Laceración en el muslo derecho, sangrado activo y probable choque hipovolémico inicial. No hay ambulancia disponible. Necesito su vehículo para evacuarla.

Damián examinó la sangre sobre el camino y luego a la paciente.

—¿Cuál es su presión arterial?

—Aún no he podido medirla. Clínicamente está empeorando: piel fría, pulso acelerado.

—Súbanla al jeep.

Uno de los soldados se acercó.

—Un momento. Primero vamos a inmovilizarla.

Alma señaló dos tablas de madera frente a un pequeño puesto al otro lado del camino.

—Traigan esas. También necesitamos tiras largas de tela.

Damián hizo una seña. Sus soldados se movieron sin protestar.

En poco tiempo improvisaron una camilla rígida. Alma siguió dando instrucciones, serena pero rápida.

Damián permaneció al otro lado de la paciente, observándola.

Cuando Lucía estuvo a punto de desvanecerse, Alma le dio unas palmaditas suaves en la mejilla.

—Lucía. Quédate conmigo.

—Duele...

—Lo sé.

—Mis hijos...

—Haré que alguien los llame. Ahora mírame a mí.

La mirada de la mujer recuperó el enfoque.

Damián vio la forma en que Alma le hablaba. No se excedía con dulzura ni entraba en pánico. No prometía lo que no podía cumplir. Solo lograba que la paciente siguiera allí, respiración tras respiración.

Una vez que acomodaron a Lucía en la parte trasera del jeep, Alma subió con ella.

Damián se quedó junto a la puerta.

—Yo conduzco.

—Bien. Vaya rápido, pero no la sacuda.

Uno de los soldados tosió para contener la risa.

Damián clavó los ojos en Alma.

—¿Me está dando órdenes?

—Le estoy dando indicaciones médicas.

—Sujétese.

El jeep arrancó.

Durante todo el trayecto, Alma mantuvo la presión sobre la herida. La sangre se filtraba a través de la gasa. Renata, la partera, ya las esperaba en el puesto médico con una vía intravenosa preparada. Solo se detuvieron cinco minutos para canalizarla y recoger equipo adicional; después siguieron hacia el hospital público regional de Santa Esperanza, hasta que la ambulancia regresó y tomó el relevo a mitad del camino.

Alma acompañó a la paciente hasta urgencias.

La entregó al médico de guardia con un informe rápido y ordenado. Solo cuando se cerraron las puertas de la sala de procedimientos reparó en que tenía la ropa cubierta de sangre.

Le temblaban un poco las manos.

Renata se colocó a su lado.

—¿Doctora?

—Estoy bien.

—No lo parece.

Alma observó sus palmas. Ya se había quitado los guantes, pero el olor a sangre parecía seguir adherido a ellas.

—Sigue viva.

—Por usted, doctora.

Alma negó con la cabeza.

—Porque todos actuaron rápido.

Fuera de urgencias, Damián hablaba con el personal del hospital y con los soldados. Su expresión continuaba imperturbable, aunque de vez en cuando buscaba a Alma con la mirada.

Cuando terminaron los trámites, volvieron al puesto al caer la noche.

El camino estaba oscuro. Solo los faros del jeep cortaban el asfalto.

Alma iba sentada en el asiento delantero. Tenía el cuerpo agotado hasta los huesos.

Damián no habló durante casi veinte minutos.

Luego rompió el silencio.

—Debió esperar a que aseguraran la zona antes de entrar al lugar.

Alma cerró los ojos un instante.

—Si hubiera esperado, quizá habría muerto.

—Si otro vehículo las hubiera embestido o hubiera habido una amenaza en el lugar, usted también habría podido morir.

—No había una amenaza armada. Fue un accidente de tránsito.

—¿Y decidió eso en tres segundos?

Alma se volvió hacia él.

—¿Quiere reprenderme por salvar a una paciente?

La mandíbula de Damián se tensó.

—Quiero que entienda que aquí una decisión imprudente puede matarla.

—Lo entiendo.

—No. Usted solo está acostumbrada a correr hacia quien está sangrando.

La frase dejó a Alma en silencio.

Damián mantuvo la vista en el camino.

—He visto a mucha gente así. Creen que basta con ser valientes. Después mueren porque olvidan dónde están parados.

—No soy soldado.

—Precisamente.

Alma contuvo el aliento.

—Entonces, comandante, déme un mapa de riesgos de la zona. Dígame qué rutas usan con frecuencia los contrabandistas, qué áreas son peligrosas y a quién debo contactar antes de una evacuación. No se limite a ordenarme que me quede callada cuando una paciente ya está a punto de morir.

Damián giró la cabeza con brusquedad.

Sus miradas se encontraron durante un instante.

Luego él volvió a mirar la carretera.

—Mañana por la mañana, preséntese en el puesto de mando.

—¿Para que vuelva a reprenderme?

—Para una sesión informativa.

Alma guardó silencio.

No esperaba que Damián aceptara su propuesta.

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Ana Veronica Pineda Gonzalez
Dios mío ya póngale un alto a esa Sabrina me está haciendo arre....
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que orror soy de Venezuela y hace mes y medio ocurrió lo mismo y fue muy triste y doloroso ver cómo temblaba la tierra y caían los edificios 😥
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que fuerte es ser medico y tener esa responsabilidad y más en esos pueblos de bajo recursos
Brenda Angulo
Cada vez más entrada en la historia 🥰
Ana Veronica Pineda Gonzalez
bellos mis protagonistas
Ana Veronica Pineda Gonzalez
hay mi Damián pensaste mal de mi Alma y ahora te das cuenta de quién es en realidad
Brenda Angulo
Mendigo Ramiro canijo, Ramiro te tenías que llamar 🤭
Ana Veronica Pineda Gonzalez
así es Alma pon Carácter y no te dejes y enséñales quien manda
Ana Veronica Pineda Gonzalez
empecé a leer se ve interesante
Kayra Villavicencio
Dos tornados enfrentados.
Jeniffer Rodriguez Valencia
Me llegan a hablar asi, ese mismo día se queda sin descendencia 🥰
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